MADRID / Gran éxito de Agnew en ‘El Mesías’ con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Concierto sinfónico 9 de la temporada 24-25 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. 20-XII-2024. Miriam Allan, soprano. Xavier Sabata, contratenor. Levy Sekgapane, tenor. José Antonio López, bajo. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Director: Paul Agnew. Handel: El Mesías HWV 56.
Todavía sobrevolando en el ambiente la más reciente novedad sobre la Nacional (el anuncio de quien será el próximo titular de los conjuntos nacionales, Kent Nagano, materia de la que nos ocuparemos en breve), llegó el noveno sinfónico del conjunto, último del año, que nos trae, en época considerada habitualmente propicia (aunque el ámbito de la obra no es propiamente navideño, sino mucho más genéricamente religioso), El Mesías, de Handel. Si hace un par de semanas lo escuchábamos en versión “participativa”, con un coro aficionado y masivo como parte del evento (que, como señalé en la reseña correspondiente, se desarrolla en un contexto y con unos objetivos bien distintos, precisamente por el componente participativo), esta vez hablamos de una interpretación estrictamente profesional, dirigida por un especialista en la materia.
Lo es, sin duda, el tenor escocés Paul Agnew (Glasgow, 1964), que tiene una distinguida carrera en el canto del repertorio barroco y ha sido miembro, entre otros, de The Sixteen o The Tallis Scholars, pero mantiene también, hace años, una trayectoria en clara progresión como director, especialmente desde que fuera nombrado co-director de Les Arts Florissants por su fundador, William Christie. Con él lleva años colaborando, además, como cantante y director de Le Jardin des Voix, la academia de cantantes de la famosa agrupación francesa.
Ya comentamos sobre esa partitura colosal que es El Mesías, con ocasión del participativo mencionado. Recordemos, simplemente, que estamos ante el sexto empeño de Handel en el género del oratorio sacro, escrito a una velocidad que ya es intrínsecamente asombrosa (24 días) pero lo es más aún si se tiene en cuenta la increíble belleza y perfección alcanzadas. Música, como comenté entonces, que es una verdadera maravilla de invención y nos lleva por toda una variedad de sensaciones y emociones, desde la solemnidad y devoción hasta la tristeza (ese inolvidable He was despised), el júbilo triunfal de la resurrección (el archiconocido Aleluya) o la grandeza postrera del coro final, Worthy is the Lamb, con el majestuoso Amén fugado. Verdadero icono de la música occidental, como señala acertadamente Luis Gago en sus notas al programa de mano.

La obra se estrenó en Dublín en abril de 1742, pero fue luego interpretada varias veces en Londres entre 1743 y 1749. Aunque ha habido, y sigue habiendo, interpretaciones y grabaciones de versiones específicas (la de Dublin, especialmente), lo cierto es que la partitura sufrió cambios considerables y hoy los directores suelen decantarse por una edición más global, que no hace referencia a una interpretación en un lugar o fecha concretos.
Hizo lo propio Agnew, partiendo del urtext, pero con bastantes cortes en las partes II y III, además de elecciones (estas, lógicas, porque hay que decantarse en unos cuantos números por una de las varias versiones existentes). El resumen de los números que se eliminaron es el siguiente: En la segunda parte, el recitativo Unto which of the angels y los números siguientes: Coro Let all the angels of God, Aria Thou art gone up high, Coro The lord gave the word, Dueto y coro How beautiful are the feet of him (aunque este se ejecutó en la versión alternativa para soprano) así como el arioso y coro Their sound is gone out.
En la tercera parte, se eliminaron el recitativo Then shall be brought to pass y los nº 44-46: Duo O death, where is thy Sting?, coro But thanks y Aria If God be for us. Como apreciará cualquiera que conozca bien el oratorio, son unos cuantos y algunos de ellos, bastante significados, especialmente Thou art gone up high, The lord gave the Word y, sobre todo, esa aria preciosa que es If God be for us. Hay que decir, no obstante que, dado que la hora de comienzo fue la habitual, los cortes eran inevitables teniendo en cuenta que, pese a ellos, el concierto terminó pasadas las 10 de la noche. Y aún más lógicos si pensamos en el tiempo de ensayo disponible (ya comentamos sobre el asunto con ocasión del anterior sinfónico con música de Wagner).
En el terreno de las versiones elegidas, Agnew se decantó por las del contratenor para But who may abide y Then shall the eyes (no las del bajo y soprano, respectivamente, como se apuntaba en el programa de mano) y la de tenor en Behold and see y But thou didst not leave. En los breves recitaivos del número 14, se escogió el 14b, And lo, the angel of the lord. De las versiones de la hermosa aria de soprano Rejoice greatly, se escogió la final, que es además la más completa.
Agnew evidenció una vez más ser un gran músico y un excelente director. En su haber hay que anotar que consiguió una bella sonoridad de la orquesta, alejada del vibrato y con buena levedad y agilidad en los arcos. Desde el mismo inicio, solemne pero rotundo en el ritmo, de la obertura, fue evidente que iba a emplear una muy variada paleta de matices, inflexiones y acentos, dotando a su acercamiento de una riqueza de expresión realmente envidiable. Mucho más interesante que el escuchado a Bicket hace unas semanas. Que una orquesta sinfónica moderna acostumbrada al gran repertorio romántico se emplee con tanta competencia en este repertorio es mérito, claro está, de los excelentes músicos de la Nacional, pero también, qué duda cabe, de quien sabe llevarlos por ese camino.

Cabría poner muchos ejemplos de la sutileza con que la batuta manejó muchos detalles de expresión. Mencionemos solo los acentos incisivos de la cuerda sobre las palabras for he is like a refiner’s fire en la mencionada But who may abide, los acertados crescendi sobre la interrogación reiterada del coro Who is the King of glory en Lift up your heads, el vibrante acompañamiento del aria de bajo Why do the nations, la rotundidad rítmica del coro Surely, o, en fin, la muy conseguida grandeza del conocido Aleluya o los dos números finales.
Quien esto firma debe, sin embargo, anotar su relativa sorpresa ante la decisión tomada por el escocés respecto a la plantilla. Me he expresado en otras ocasiones en contra de llevar el historicismo hasta extremos excesivos. Justamente con ocasión del citado Mesías participativo, señalé que el orgánico de cuerda utilizado por Bicket en aquella ocasión (4/4/2/4/1) parecía corto para una sala tan grande, como también lo era el del coro profesional (apenas 20 voces, y no precisamente sobresalientes). Agnew se fue casi al otro extremo. Su orgánico de cuerda se fue a 12/8/6/6/3, más del doble. Curiosamente, muy cercano al que el nuevo titular de la Nacional, Kent Nagano, empleó hace no muchos meses para su interpretación de La Creación de Haydn (12/10/8/6/4). También muy nutrido el coro, de más de 70 voces. El que suscribe cree que un coro de medio centenar y un orgánico algo más reducido de cuerda (tal vez algo como 8/6/3/3/1) hubiera traído mejor equilibrio con los solistas y más fácil manejo de la agilidad que Handel pide (exige, más bien, porque la escritura se las trae) en muchos coros. Una pena, también, que no se recurriera a las trompetas naturales (lo que sí hizo, por cierto, Nagano en la ocasión mencionada), aunque sí se emplearon timbales de época. Pareja de oboes y fagot, modernos, y órgano positivo (magnífico, por cierto, Daniel Oyarzábal en su contribución).
Más allá del contingente, la orquesta ofreció una prestación magnífica, muy ágil, bien empastada y respondiendo con presteza a la demanda expresiva de Agnew. Alguna pequeña confusión en el inicio de ciertos números, rápidamente resuelta, no empaña una labor sobresaliente. Estupenda la ejecución de Manuel Blanco en las partes de trompeta solista, muy especialmente en The trumpet shall sound, de impecable perfección y buena variedad de adornos, más allá de la tendencia al exceso de volumen.
Aunque la entrada del primer número coral, And the glory of the lord, no fue la más precisa, y hubo algún que otro momento de confusión (el inicio de He trusted in God, por ejemplo, luego muy decidido y vibrante), bien puede decirse que el coro Nacional salvó la papeleta con suficiente solvencia, incluso de menos a más (mejor en las partes II y III), en cuanto a la precisión en la articulación de las agilidades (así, por ejemplo, en For unto us a child is born o el siempre comprometido His yoke is easy) y atinada matización, más allá de algunas tiranteces de las sopranos en la región más alta (en el La agudo) y ciertas articulaciones (tenores y bajos en All we like sheep) que pudieron haber sido más precisas.
El cuarteto solista se movió en un nivel discreto. La soprano australiana Miriam Allan, sustituta de la prevista Mari Eriksmoen, tiene una voz de presencia suficiente y excelente manejo de las agilidades, pero su timbre tiende a la estridencia por encima del mezzoforte. Gestionó bien la siempre comprometida Rejoice greatly, muy bien resuelta en la coloratura, pero con alguna tirantez en las notas más agudas, algo que se reiteró en una cadencia bastante fea al final de I know that my redeemer liveth. Región en la que, cuando no fuerza el volumen, matiza con gusto y mejor timbre (así en la segunda parte de He shall feed his Flock).

El catalán Xavier Sabata mostró también un buen manejo de las agilidades y matices, pero el volumen, especialmente en el registro medio-grave, no es grande, y frente a la nutrida plantilla, sufrió más de lo debido en cuanto a presencia vocal. Un ejemplo de ello fue la conocida He was despised, bien cantada en su sección principal, pero que adoleció de falta de presencia en la parte central, cuando la cuerda se desempeña con más agresiva incisión (como debe ser, por otra parte). Esto abre otro asunto debatible en el acercamiento de Agnew. Tanto la edición de la partitura por John Tobin para Bärenreiter, como la de Clifford Bartlett para Oxford University, anotan en muchos momentos, con toda lógica, creo, para la práctica de la época, la indicación senza ripieno. Puede quizá obviarse ese apunte cuando la plantilla es muy reducida, y reducirla aún más en ciertos momentos no tiene sentido. Pero con un orgánico como el usado por Agnew, creo que hubiera tenido todo el sentido emplearlo en su totalidad para los coros (no olvidemos, más de 70 voces) y recortarlo en muchas, o todas, las arias, siguiendo esa indicación de “sin refuerzo”. El equilibrio, creo, habría salido favorecido, pero Agnew prescindió de seguir dicha indicación y utilizó, en todo momento, el contingente íntegro.
El sudafricano Sekgapane no tiene el más atractivo de los timbres de tenor, y tampoco favorece a ese atractivo un vibrato un tanto tembloroso, especialmente en su recitativo y aria inicial (Comfort ye, Ev’ry valley). Mejoró un tanto en la segunda parte, pero no fue la suya una contribución para el recuerdo. El bajo José Antonio López ha demostrado repetidas veces su solvencia. La materia es sólida y con buena presencia. Salvó con suficiente precisión la comprometida agilidad de Why do the nations, y su prestación en The trumpet shall sound fue notable, aunque, enfrentado a un solista de trompeta de mucha presencia y una cuerda nutrida, no se terminó de alcanzar el mejor de los balances sonoros.
En todo caso, interpretación de Agnew globalmente muy considerable, con muchos detalles de gran belleza, una excelente respuesta orquestal, solvencia coral y un cuarteto solista discreto. Gran éxito para todos, y como siempre muy sonado para el coro (siempre lo más celebrado) y Manuel Blanco por su brillante prestación. Aprovecho la ocasión para desear muy feliz navidad y 2025 al excelente equipo de la OCNE y a todos los aficionados.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


