MADRID / Gimeno dirige el debut español de la Sinfónica de Toronto, con Liu como solista

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 27-I-2026. Ibermúsica 25-26. Orquesta Sinfónica de Toronto. Director: Gustavo Gimeno. Solista: Bruce Liu, piano. Obras de Rachmaninov y Prokofiev.
El primero de los dos conciertos de la Sinfónica de Toronto en Madrid suponía el doble debut de la propia orquesta en España y en Ibermúsica, y también la presentación, en la capital, del flamante ganador del Concurso Chopin del año 2021 (la versión “retrasada” del concurso previsto en 2020 por culpa de la pandemia): el canadiense Bruce Liu (París, 1997), que sí había aparecido con Ibermúsica anteriormente, pero en Oviedo. El repertorio de este primer programa era bastante habitual en la primera parte, con el conocidísimo Concierto nº 2 para piano y orquesta de Rachmaninov (escuchado en la serie por última vez en 2022, a cargo de un excelente Behzod Abduraimov), y no tanto en la segunda, porque aunque la Quinta Sinfonía de Prokofiev (autor por el que Gimeno siente indudable inclinación) es, junto a la Clásica, la más conocida del ciclo, lo cierto es que en Ibermúsica no se escuchaba desde el año 2009, y ya ha llovido desde entonces.
El Segundo Concierto de Rachmaninov pasa por ser su obra más popular, además de marcar su vuelta (exitosa) a la composición tras la depresión que sufrió por el fiasco del estreno de su Primera sinfonía. Al neurólogo Nikolai Dahl, que consiguió la recuperación del deprimido compositor, le dedicó éste la obra. La belleza de los motivos, la brillante escritura de la parte solista, la intensa efusión lírica que impregna la partitura (especialmente los dos primeros movimientos), la vibrante trepidación del final y los muy conseguidos diálogos entre solista y orquesta son solo algunos de los ingredientes que explican la enorme popularidad de esta obra entre pianistas y público.
Bruce Liu ganó, como apuntamos antes, la edición del Chopin celebrada en 2021 (hubiera debido celebrarse en 2020). Ya en aquella edición hubo una cierta controversia, porque Liu era discípulo de Dang Thai Son (ganador del certamen en 1980), lo que no hubiera sido un problema si no hubiera sido porque el vietnamita… estaba en el jurado. Para quien esto firma en aquella ocasión resultó extraña la eliminación del polaco Szymon Nehring y más aún la de la rusa Eva Gevorgyan. Curiosamente, el bueno de Dang Thai Son también estaba en el jurado del certamen 2025… año en el que ha ganado otro discípulo suyo, Eric Lu. Dejémoslo ahí, porque el asunto daría para más, pero no es el objeto de esta reseña.
Liu, que es de los que utiliza silla con respaldo (nada que reprochar, es solo una observación), afrontó el inicio del concierto con serenidad y buenos matices. Los medios técnicos, faltaría más, son excelentes, con un mecanismo ágil, capaz de nítidas articulaciones y el pedal siempre bien mesurado. El sonido, hermoso y redondo, pareció al firmante pero al firmante algo corto de peso y presencia (Rachmaninov demanda en unas cuantas ocasiones unos fff que no terminaron de parecerlo), de forma que en muchos tutti quedaba un tanto tapado. Probablemente su forma de tocar (y así pareció en la primera propina, una muy rápida pero finamente delineada Fantasía-Impromptu op. 66 de Chopin) se integra más en una escritura más dada a la ágil filigrana en leggiero que al musculado poderío que demandan los muchos y densos acordes del ruso. Tampoco el acompañamiento, con cierta tendencia bombástica en algunos momentos, ayudó en este aspecto.
Los mejores momentos del canadiense llegaron en un Adagio sostenuto muy bien dibujado, cantado con delectación, con buen y elegante rubato, y en los pasajes de cadencia, en los que se expresó con soltura y sin contienda alguna con la orquesta. El clímax de este tiempo llegó con fluidez e intensidad, y el final fue trazado con gran delicadeza. Tuvo brillantez la cadencia en el principio del Allegro scherzando y, como también había ocurrido en el primero, lo mejor llegó cuando recogió el segundo motivo, más lírico, expuesto inicialmente por oboe y violas (éstas, por cierto, excelentes). Lució también un virtuosismo felino en el pasaje Presto, y expuso de forma muy notable la cadencia poco antes del Maestoso.
La Sinfónica de Toronto acompañó con notable precisión (algún ataque conjunto con el solista no cuadrado por completo no es óbice para esa afirmación), pero con cierta tendencia, ya apuntada, al exceso decibélico, especialmente por una percusión y metales rotundos. Desde el punto de vista orquestal, lo más conseguido llegó, como con el solista, en el movimiento lento.
El éxito de Liu fue grande, y no tardó en regalar la primera propina, ya citada: una versión muy viva de la Fantasía Impromptu op. 66 de Chopin dibujada con elegancia y exquisito toque leggiero pero que quizá hubiera ganado en claridad, sin merma de la intensidad, con un punto menos de velocidad, compatible en todo caso con la indicación Allegro agitato. No se hizo tampoco mucho de rogar la segunda, ofrecida con el concurso del concertino de la orquesta, Jonathan Crow: la bella, muy lírica séptima de las Romanzas op. 21 de Rachmaninov, titulada Zdes’ khorosho, en arreglo para violín y piano.

Pocos, quizá nadie, dirían que la Quinta Sinfonía de Prokofiev fue escrita en pleno horror de la Segunda Guerra Mundial, en 1944. Hay muchos momentos, además del plácido inicio, en el que dominan bonitas melodías de carácter lírico, y la obra encuentra también ocasión para el reciclaje (el trio del allegro marcato está tomado de su propio ballet, La Cenicienta). También hay espacio para la espectacular, brillante grandeza (el tramo final del primer movimiento), el misterio, un punto lúgubre (tercer movimiento) y una exuberancia que se mezcla con momentos en los que se sugiere una grotesca amargura. La coda, tremenda, es de arrebatadora intensidad.
Apuntamos al principio de Gimeno tiene indudable afinidad por Prokofiev. La mostró bien clara en su debut en el Real, con una intensa dirección de El Ángel de Fuego. El valenciano se mueve con soltura en el colorido orquestal del ruso, con su especial intensidad rítmica. Construyó con solidez y buena línea de expresión el edificio sinfónico, consiguiendo los climas adecuados en cada movimiento, para labrar una versión que creció en intensidad hasta alcanzar un voltaje considerable en el tramo final de la obra.
La Sinfónica de Toronto se mostró como una formación notable, con buena cohesión y empaste. Cabe quizá destacar una cuerda grave y unas violas de bella sonoridad y presencia, una madera muy notable (lucieron especialmente los solistas de flauta, clarinete y oboe) y unos trombones y tubas de gran presencia y precisión. Excelentes, aunque con una cierta tendencia el exceso de volumen, las trompetas, y con algunos momentos de relativa aspereza las trompas, por lo demás precisas en su cometido.
El éxito, tras el espectacular cierre de la sinfonía, fue grande. Tras reconocer individualmente los méritos de solistas y secciones, Gimeno ofreció una primera propia, también de Prokofiev, la Gavota de la Sinfonía Clásica. Ante los insistentes aplausos, llegó una segunda: la Marcha en si bemol mayor op. 99, también de Prokofiev. Un buen debut en España, el de la formación canadiense.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: TSO.CA / Allan Cabral)


