MADRID / Gatti firma un emocionante Requiem verdiano en el segundo concierto de la Staatskapelle Dresden

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 21-V-2026. Ibermúsica 25-26. Staatskapelle Dresden. Director: Daniele Gatti. Solistas: Eleonora Buratto, soprano; Elīna Garanča, mezzo; Benjamin Bernheim, tenor; Riccardo Zanellato, bajo. Orfeó Català (director: Xavier Puig). Verdi: Misa de Requiem.
El segundo de los conciertos de la Staatskapelle de Dresde presentaba una partitura sobrecogedora, la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi. El Requiem de Verdi, de principio a fin, supone un tránsito de emociones realmente difícil de resistir. Una misa de difuntos escrita por un agnóstico, que nos llega de forma profundamente humana, con un impacto emocional tremendo, que trasciende la creencia, y en la cual, sin embargo, no es difícil encontrar rasgos de oración. Se ha dicho a menudo que el Requiem es la mejor ópera de Verdi. Hay quien, como Riccardo Muti, intérprete distinguido de la partitura, expresa su desacuerdo. Para quien firma estas líneas es realmente difícil evitar recordar al teatro en momentos tan arrolladoramente dramáticos como el apabullante Dies Irae, una representación terrorífica del juicio final. Pero es cierto también que ese dramatismo se da la mano con momentos de devota súplica (sí, devota pese a proceder de un agnóstico), como en el Ingemisco, el Hostias o el propio Agnus Dei. Súplica que también se torna angustiosa, urgente, cuanto Verdi lo considera procedente, como en el emocionante Libera me. También es evidente que el dolor, el sufrimiento, subyace por toda la partitura; el Lacrimosa es, en ese sentido, un momento particularmente sobrecogedor.
Considera Muti que el Requiem es, en alguna medida, casi imposible de interpretar, precisamente porque los extremos demandados en cuanto a dinámica por el compositor parecen inalcanzables. Más aún, se exige a los cantantes que, sin perder sus voces “operísticas” no canten como si estuvieran cantando ópera. Lo expresa de forma inequívoca cuando se refiere al tenor en el Ingemisco. “Es una oración, no un aria de ópera… tienes que decir que estás llorando, pero sin llorar tú mismo… es extremadamente difícil… los pianissimi tienen que ser extremos… pero deben tener cuerpo, sustancia”.
Citemos, como ejemplo de esos extremos, que ya el comienzo lleva el adelgazamiento del sonido casi al límite: Verdi prescribe ppp sottovoce y, como si le pareciera poco exigente, apunta inmediatamente después, il più piano possibile, sobre las palabras requiem aeternam. Más tarde hay pasajes en los que demanda hasta 6 p, como en los susurrados coros durante el Liber scriptus, yendo más allá del mero matiz para entrar en el color (“con voz sombría y tristísima”, subraya). En el polo opuesto, el apabullante retrato de la ira de Dios en el arrollador Dies Irae, con orquesta y coro en unos tutti devastadores en su contundencia, inclementes como el propio juicio final que anticipa el texto: hasta 5 f demanda Verdi, que en este momento no escatima recursos para demoler al oyente. Y luego, en estos primeros números, el golpe, sin duda muy teatral, del Tuba mirum. Prescribe Verdi para él 8 trompetas: 4 en escena, 2 más “fuera de escena e invisibles”, y otras dos “fuera de escena, en otro lugar y también invisibles”. La fanfarria resultante, que crece hasta que se suma todo el metal (se añaden las 4 trompas, los tres trombones y el oflcleido, fff con tutta forza) antes de la explosión del coro, también a pleno pulmón) tiene un efecto dramático devastador.
Sí, el Requiem es una obra profundamente emocionante, desgarradora, una “interpretación hecha por un agnóstico del drama del día del Juicio Final, magnífica por su intensidad y por la compasión de su trágica visión de la condición humana” por utilizar las palabras de Charles Osborne, y, extraordinariamente difícil para cantantes, coro y orquesta, por no hablar, por supuesto, de quien preside la interpretación, que no solo ha de gobernar la imponente masa orquestal y coral, sino ser capaz de dibujar con precisión esos inverosímiles extremos dinámicos citados, y de llevar a los cantantes a esa suerte de contradicción en la que, sin renunciar a su vena operística en su carácter vocal, eviten una línea de canto que les aleje de la expresión deseable en esta partitura, que no es una ópera, aunque en muchos aspectos lo parezca. En lo que toca al cuarteto solista, por resumir, o es de plena garantía o es fácil que la costuras salten a la primera de cambio.
Fue de garantía, por fortuna, el elenco de la ocasión. La soprano Eleonora Buratto lució su gran presencia vocal, bello timbre, finos matices y gran expresividad. Se movió sin problemas en todo el registro, incluyendo la exigente excursión al sobreagudo (el momento culminante del Salvame durante el Rex tremendae). Emocionante su Libera me, bien traducida la urgente angustia del pasaje. Ascendió con seguridad al inclemente si bemol agudo sobre la palabra Requiem, justo antes del retorno del urgente motivo inicial del Libera me, pero no logró el inverosímil pppp sobre esa nota, otra de esas exigencias casi imposibles prescritas por el compositor de Busseto, al alcance de muy pocas voces.
Imponente, de principio a fin, la prestación de Elina Garança, que ya emocionó desde su intervención en el Kyrie y siguió poniéndonos los pelos de punta hasta el final. Preciosa voz, con graves de gran presencia, agudos poderosos y exquisita capacidad de matiz. Conmovedores su Liber scriptus y Quid sum miser (aquí apoyada por un solo de fagot realmente formidable), pero todas y cada una de sus intervenciones fueron admirables. ¡Qué cantante!
De todos los miuras que Verdi pone en la partitura, el que ha de afrontar el tenor es particularmente astifino. El francés Benjamin Bernheim empezó algo frío en el Kyrie, pero salvó su papeleta con notable general, aunque mostró alguna tirantez en el agudo, emitido con seguridad cuando el matiz era forte, pero con algún apuro cuando Verdi lo exige apianado (algo en lo que insiste con pertinaz inclemencia). Sus momentos más comprometidos, el Ingemisco y, sobre todo, el Hostias, llegaron con buena línea de expresión, presencia y adecuado color lírico.
El bajo Riccardo Zanellatto lució una voz noble, de presencia suficiente, pero sin llegar a imponer como lo hizo la semana pasada el coreano Jongmin Park, que nos metió el miedo en el cuerpo. Expresivo y con buenos matices, su Mors stupebit llegó con convincente color ominoso y muy logrado pp. Consiguió buena presencia en el Confuntatis y muy logrados pp en el Hostias.
Verdi tampoco ahorra exigencias para el coro, llevado también al límite (por ambos extremos) en muchas ocasiones, y con la complicación de la fuga a doble coro en el Sanctus. Respondió a las mil maravillas el Orfeó Català, admirablemente preparado por Xavier Puig. Empastado, seguro, maleable y preciso, capaz de sutilísimos matices que despertaban profunda emoción, desde ese ppp sottovoce del inicio o el ya mencionado pppppp con voz sombría y tristísima del Liber scriptus a la contundente fuerza (ff) demandada en muchos momentos del Dies irae. Respondieron con un susurro que era casi un parlato (de inquietante y tenebroso color, por cierto) en el ppp sottovoce del Quantus tremor est futurus y dibujaron con perfecta cuadratura la complicada fuga del Sanctus. Magnífica prestación la del coro catalán.
Sobre la orquesta hay que reiterar lo apuntado ayer. Por resumir: la formación sajona es un portento. La cuerda volvió a deslumbrar en todas sus secciones, y los metales mostraron un poderío tremendo. Apabullante el crescendo de la fanfarria de trompetas en el Tuba mirum, con cuatro de ellas situadas, como demanda Verdi, fuera del escenario, en este caso en las esquinas de las tribunas del segundo anfiteatro. Realmente imponente y apropiadamente aterrador. Pero junto a eso, qué maravilla de solos de madera. El oboe en el Ingemisco, los cuatro fagots (se habló ya del solista) en el Libera me. Cómo no admirar los siniestros trombones y el oficleido en el Lux aeterna, donde la anchura de los crescendi de la cuerda parecía no tener límites. Lo dicho, una orquesta realmente prodigiosa.
Pero los estupendos mimbres necesitaban un gobierno firme, preciso y capaz de llevar con fluidez y convicción a orquesta, coro y cantantes por esta obra singular, llena de teatralidad, pero también, como antes se apuntó, de un carácter muy cercano a la oración. Lo tuvo la interpretación escuchada en el titular de la Staatskapelle, Daniele Gatti. Mando seguro, de indiscutible claridad, flexibilidad y capacidad de matiz el del maestro italiano, atento siempre a los más finos detalles y cuidados matices, con un manejo sobresaliente de la agógica, la línea de canto y la expresión. Trabajo previo sin duda concienzudo el de Gatti, que llegó a confiar tanto en la cohesión y precisión de quienes estaban a sus órdenes que, por momentos (la reiteración del Dies irae durante el Libera me), hubo fases en que apenas dirigió con la mirada, brazos caídos e inmóviles.
Otra vez consiguió Gatti crear la atmósfera adecuada, y los segundos que, brazos en alto, mantuvo el oportuno silencio tras el morendo final que corona la obra, se respetaron antes de una ovación calurosa del público que llenaba el auditorio y recibió con muy justificado entusiasmo la intensa, emocionante interpretación. Este Requiem de Verdi anticipaba ser uno de los grandes momentos de la temporada de Ibermúsica. Y lo ha sido, no cabe duda.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Markenfotografie / Jörg Simanowski)


