MADRID / Garaiz Ensemble: Lirismos de altos vuelos

Madrid. Casino. 8-IV-2025. Aita Donostia: Cuatro Preludios vascos. Mario Carro: Der Mutter Erde. Johannes Brahms: Quinteto con clarinete. Garaiz Ensemble.
En la gran sala del histórico Casino madrileño se ha celebrado este concierto ante un público no muy numeroso, pero fiel y atento. Había sin duda motivos para no perder ojo ni oído por cuanto lo que se nos ofrecía albergaba un indudable interés. Se estrenaba una composición de Mario Carro, un músico ya avezado, nacido en Madrid en 1979. Sigue un camino muy personal, un poco a espaldas o en paralelo de algunas de las corrientes más en boga en los últimos cincuenta años, a rebufo de la herencia dejada por las consecuencias del serialismo y el atonalismo de las que están ya de vuelta tantos creadores.
Se reconoce siempre en la música de Carro un prurito de buscar la belleza intrínseca por caminos a veces hollados pero adornados de nueva savia. Sus pentagramas son siempre transparentes y cálidos y buscan una rara simbiosis entre la tradición renovada y elementos de una vanguardia muy personal. La obra estrenada es un quinteto con clarinete titulado Der Mutter Erde (A la madre tierra), estructurado en un solo movimiento de poco más de 10 minutos de duración que se organiza a partir de un trabajo sobre varias secciones diferenciadas.
“Su inspiración”, comenta el compositor, “proviene de la primera estrofa del poema del mismo título de Friedrich Hölderlin, que evoca imágenes sonoras y referencias musicales como la vibración de las cuerdas, la apertura del sonido y la elevación de la armonía”. Una armonía que el compositor toma como punto de partida para el desarrollo musical, que es fluido, elegante, sin fisuras a lo largo de una corriente desarrollada con un perfecto legato. Tras un acorde inicial sostenido el clarinete dibuja una escala ascendente y da paso a figuraciones melódicas de las cuerdas enhebradas a una base rítmica de tres notas ascendentes que será el discreto soporte de un desarrollo permanente y bien trabajado.
Todo va evolucionando casi sin sentir mientras las ondas calurosas y líricas nos envuelven. Música fantasiosa con leves modulaciones y pasajeros pizzicati. La música se hace más delgada y llegamos a un pasaje con aire danzable. No hay puntos muertos, lo que ayuda a penetrar en el fragmento elegido del poema de Hölderlin que termina con estas bellas palabras: “Los sonidos se abren y se vuelven alados, de tantos que son y suenan juntos bajo el toque de quien los despierta, y rotunda se eleva, como del mar, interminable en los aires, la nube de la armonía”.
Armonía, pues, trazada con mano de hoy que recoge, y esto es interesante, elementos armónicos y en parte temáticos, sobre todo evocativos, de la escritura brahmsiana, reconocible en el magistral Quinteto con clarinete interpretado a continuación. Una composición maravillosa y plena de significados. Por eso choca hoy leer la opinión que Weingartner tenía de la obra, para él “vacía de sentido”. Pero, a poco que se escucha, y más allá de cualquier otra cuestión, se aprueba su “agradable sonoridad y su euritmia”, como reconocía Landormy. Y otro estudioso como Fuller-Maitland consideraba que en ciertos instantes del Adagio “el clarinetista parece expresar los más insondables secretos del corazón humano a través de un apasionado éxtasis”.
Palabras que encajan bien con la interpretación escuchada en este caso, en la que el clarinete de Salinas sonó con efusividad, con calor, con un juego de matices ejemplar. Lo secundaron estupendamente las cuatro cuerdas, tañidas respectivamente por Anne-Marie North, que es concertino de la Orquesta de la Comunidad de Madrid y también primer violín del Cuarteto Bretón, Dobrochna Banaszkiewicz (2º violín), Rocío Gómez (viola) y Susana Stefanovic (chelo), Salinas por su parte sabe respirar, apianar y frasear con inteligencia.
Al principio de la sesión se tocaron cuatro Preludios vascos del Padre Donostia: Canto del joven pastor, En la puerta del establo, Dolor y Baile infantil. Tuvieron el aire popular y la intencionalidad rítmica exigidos. El nivel se mantuvo con el regalo postrero tras los aplausos y los ramos de flores: una página del siempre socorrido Piazzolla.
Arturo Reverter


