MADRID / Formidable Sinfónica de la Radio de Baviera con Rattle para obras de Janácek y Bruckner

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Ibermúsica 25-26. 19-XI-2025. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Director: Sir Simon Rattle. Obras de Janácek y Bruckner.
Quien esto firma ha de remontarse nada menos que a 1981 para recordar la primera vez que vio a Simon Rattle dirigir en Madrid, al frente de la Philharmonia Orchestra, en un concierto memorable que aún guardo en la memoria, con la Sinfonietta de Janácek, el Concierto en sol de Ravel (con la inolvidable Rosa Sabater al piano) y las Variaciones Enigma de Elgar. El maestro de Liverpool contaba entonces 26 años y deslumbraron su soltura y madurez. La obra de Janácek obtuvo una traducción espectacular, y con Janácek ha abierto el primero de sus dos conciertos en su nueva visita a Madrid, cumplidos los 70, esta vez al frente de una de las mejores orquestas del planeta, la Sinfónica de la Radio de Baviera, cuya titularidad asumió (ahora nacionalizado alemán y residente en Berlín) en la temporada 2023-24, tras el shock que supuso para la agrupación la muerte de su anterior titular, ese gran director que fue Mariss Jansons, del que el mismo Rattle llegó a decir: “es el mejor de todos nosotros”.
Del compositor checo escogió el británico esta vez la otra obra sinfónica más conocida, la rapsodia que escribió sobre la novela de Gógol, Taras Bulba. Obra de patente carácter épico, dedicada a “nuestro ejército, protector armado de la nación”, tiene en sus tres episodios tintes declaradamente trágicos. No puede ser de otra manera cuando cada uno de ellos narra la muerte de los dos hijos de Taras Bulba y del propio protagonista. La obra transpira tensión por todos lados. Ritmos a veces frenéticos, obsesivos, cambios de tempo frecuentes, muchas veces abruptos, y timbres de ácida agresividad o generadores de un ambiente rotundamente trágico (como los trombones en el primer movimiento, La muerte de Andréi). La cuerda se mueve con mucha frecuencia en el registro más agudo, lo que introduce un cierto tinte hiriente al discurso. Como casi todo lo de Janácek, la escritura es endemoniada para la orquesta, exigida al máximo en todas y cada una de sus secciones.
Dirigió Rattle de memoria (como todo el programa), y evidenció que tiene la partitura absolutamente absorbida. El discurso y lenguaje de Janácek se presenta con rotundidad, toda crudeza y nitidez. El británico es, siempre lo fue, un excelente dominador de los ritmos (como buen percusionista que era en origen), y se encuentra en los cambiantes dibujos de Janácek como pez en el agua. La cruda y trágica intensidad de Taras Bulba nos llegó así en toda su plenitud. Lo de la formidable respuesta de la orquesta merece capítulo aparte y lo tendrá después.

La Séptima de Bruckner (que muchas veces se ofrece como obra única), una de sus tres sinfonías más conocidas e interpretadas, ocupaba la segunda parte. Como he comentado en otras ocasiones, estamos ante un colosal edificio sinfónico, una monumental arquitectura cuyo primer movimiento tiene ya una coda que pone a prueba la capacidad de graduación de tensión de batutas y orquestas. Pero pocos discutirán que es el Adagio el núcleo expresivo de la obra. Concebida como homenaje a Wagner, cuya muerte impregnó sin duda la escritura, es difícil resistir la densa carga emotiva de una música que, transida de dolor, conmueve inmediatamente. Estos dos primeros movimientos demandan un espacio importante para que la expansión de la sonoridad permita que la profunda, densa expresión del discurso musical llegue con el impacto adecuado. Celibidache era, en este y otros muchos sentidos, único, y ensanchaba ese discurso con lentitudes tremendas, que si bien conseguían una singular elevación del espíritu y una grandeza especialísima, llevaban el discurso al borde mismo del abismo (abismo al que otros, con menos habilidad que el rumano, habrían caído a buen seguro). No es menos cierto, sin embargo, que otros planteamientos más livianos, de tempi más aligerados, pueden ser perfectamente plausibles, y plantear un acercamiento más, si se quiere, pasional y decidido. La cosa se vuelve más luminosa, hasta festiva en los dos últimos tiempos (aunque hay quien, como Barbirolli, veía en el comienzo del Scherzo cierto tinte ominoso).
También he apuntado anteriormente que situarse en el pandemónium que es el mundo de la edición de las Sinfonías del compositor de Ansfelden es todo un reto, porque entre la manía revisionista de su autor y la intervención (uno llega a preguntarse sí también tiene algo de maniático) de terceros, la elección de qué partitura utilizar tiene su miga, y las diferencias entre las versiones son, con alguna frecuencia, más que notables. Por si no fuera suficiente con que tras la primera edición de 1885 hayamos tenido la revisión de Haas en 1944 y la ulterior, bendecida por la Sociedad Internacional Bruckner, de Leopold Nowak en 1954, los años recientes han visto nacer un nuevo empeño editorial: la Edición Completa Anton Bruckner “Urtext” (Anton Bruckner Urtext Gesamtausgabe, más conocida en los ambientes por su abreviatura, ABUGA), presidida por el director Benjamin Gunnar-Cohrs. La iniciativa contó con el patronazgo de Nikolaus Harnoncourt, y tras el fallecimiento de este, Sir Simon Rattle aceptó reemplazar al fundador del Concentus Musicus. Dentro de este proyecto, la nueva edición, publicada en 2015 por Verlagsgruppe Hermann en Viena, con la referencia Cohrs A07, fue estrenada por Rattle y llevada al disco por el propio maestro británico con la Sinfónica de Londres en 2022. Pensé inicialmente, por ello, que sería esta edición la que escucharíamos en el concierto que se comenta. Sin embargo, en esta ocasión el británico se decantó por la versión revisada de 1885 editada por Kalmus.
Rattle se ha acercado a la música de Bruckner en una fase relativamente avanzada de su carrera, pero lo ha hecho con gran convicción, como ese patronazgo de la nueva edición Gunnar-Cohrs demuestra, al igual que su intento (con el mismo editor) de presentar una Novena completada del compositor de Ansfelden. Lo que escuchamos ayer dejó bastantes muestras de buen manejo de la arquitectura general (con alguna excepción, como veremos) y dominio excelente de dinámica, finamente graduada y explotando al máximo las posibilidades de la orquesta, que son extraordinarias, y agógica. Excelente juego general de tensiones, bien trazadas transiciones y buena planificación sonora. Es plausible, como antes se apuntó, acercarse al Scherzo desde el ánimo de una nerviosa agitación. Lo hizo Rattle, con un tempo indiscutiblemente vivo, pero con una contagiosa vibración en el ritmo y una energía de las que engancha. Antes, habíamos escuchado una notable lectura del movimiento inicial, Allegro moderato, de tempo relativamente animado, pero sin excesos. El que suscribe hubiera favorecido algo más de moderato justamente en busca de la expansión antes apuntada, tan necesaria. Con todo, lo que Rattle logró, con esos reguladores magistralmente dibujados y consiguiendo matices asombrosos de una orquesta que no dejó de asombrar desde el primer compás, fue admirable, y quedó coronado en una coda con apropiada grandeza.
También pareció algo ligero el tempo para el Sehr langsam prescrito por Bruckner en el segundo movimiento, pero en todo caso el dibujo estuvo muy bien trazado, con la respiración adecuada y, de nuevo, sacando el mejor partido a matices, contrastes y pausas, siempre bien marcadas. Construyó con acierto el gran arco de este movimiento nuclear, y lo culminó en un clímax (platillos incluidos) de apabullante grandeza. Logró posteriormente que tubas wagnerianas, trompas y tuba recordaran ese otro componente tan necesario en Bruckner, el órgano, con unos acordes de hermosa solemnidad que, adelgazados hasta un inverosímil (pero maravillosamente conseguido) ppp pusieran los pelos de punta.
La de arena vino, por desgracia, en un movimiento final en el que Rattle decidió olvidarse de la segunda parte de la indicación de Bruckner (Bewegt, doch nicht schnell, que podría traducirse por “movido, pero no rápido”). El tempo fue decididamente rápido, y ahogó en buena medida esa expansión y grandeza que la música reclama. La cosa incluso se agravó en una coda que pareció demasiado precipitada, cuando su carácter parece pedir más grandeza que arrebato.

Y llega el capítulo aparte de la orquesta. Una agrupación, no nos cansaremos de repetirlo, realmente formidable. Sin ninguna duda, entre las primerísimas del mundo. Un lujo en todas y cada una de sus familias. Asombró desde la obra de Janácek el color, empaste y sonoridad de una cuerda capaz de la más rutilante presencia (si lo de los contrabajos es para enmarcar, no le va a la zaga el resto) y de una respuesta de increíble precisión en una escritura que es endemoniada. Pero pronto se sumaron los demás: los solistas de madera, desde el corno inglés a los clarinetes, pasando por fagots y flautas, Cuando comparecieron los trombones en el primer movimiento fue para dejarnos sin habla. Pero ¿cómo no aplaudir luego al organista o a la solista de arpa (sensacional en el segundo tiempo)? Con estos mimbres, capaces de matices amplísimos, de responder con agilidad inverosímil a la más exigente demanda, es difícil que la cosa no impresione.
Y, como era de esperar, la impresión se prolongó en la Sinfonía de Bruckner. Otra vez una cuerda imponente, grandiosa, redonda, empastada y entregada con un entusiasmo y cohesión que hacían de cada pasaje bruckneriano una delicia para paladear. Otro tanto puede decirse de la madera. Merece mención especial el metal, que en tantas otras orquestas flaquea en este repertorio y en esta formación, con un cuarteto de tubas wagnerianas realmente formidable, despachó la demanda bruckneriana de ancha dinámica con una facilidad y perfección asombrosas. Igualmente extraordinaria la percusión, precisa e impecablemente matizada.
El éxito fue grandísimo y Rattle, siempre atento y cercano, se desplazó a cada atril de los solistas para felicitarlos y reconocer públicamente su extraordinaria prestación. Lo merecían. Formidable.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: BR/Astrid Ackermann)


