MADRID / Flórez en su salsa

Madrid. Auditorio Nacional. 11-III-2026. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Arias, canciones y piezas pianísticas de Mozart, Rossini, Boieldieu, Chapí, Vives, Serrano, Lecuona, Massenet, Gounod, Liszt y Verdi.
Nueva y gozosa ocasión de ver y escuchar al tenor peruano Juan Diego Flórez, que anda ya por las 53 primaveras recién cumplidas. Y sigue como una rosa. Con algún que otro matiz, que comentaremos. Continúa manejando una técnica de canto de gran naturalidad, que podríamos considerar la ideal en una voz de tenor: no hay suturas entre los tradicionales registros de la voz —o los tres, según las épocas—, el de pecho, medio o cabeza (falsete-cabeza, que decían los García): la emisión es una y el sonido, por tanto, también.
La columna de aire, que nace de la presión subglótica, de un adecuado trabajo del diafragma y de los músculos intercostales, es una e indivisible; en su recorrido a través de la tráquea, laringe —donde vibran a su paso las cuerdas vocales— y faringe —donde se engrandece y enriquece—. No se plantea con este tipo de emisión ningún cambio, ningún salto, ninguna presión muscular indeseada; ningún pasaje de registro. El sonido circula libremente, con nula intervención de la gola. Es un canto en este sentido abierto, no cubierto o cupo. Es la apoteosis de la voz clara; un canto que mantiene el equilibrio, que no modifica el timbre y que da posibilidades para cambiar el color mediante el empleo de los reguladores de intensidad, en lo que Alfredo Kraus era maestro y en lo que Flórez le sigue desde hace años.
La voz del cantante no ha evolucionado demasiado desde que, en 1996, se presentó en el Festival Rossini de Pesaro. El espectro sonoro sigue siendo muy claro, el que corresponde a un tenor hoy podríamos decir que lírico-ligero. Algo que mantiene el instrumento muy lozano, quizá con un metal menos brillante, menos bruñido, lo que, pese a sus deseos, no le permita abordar, como quisiera, partes operísticas de mayor enjundia dramática, que ha cantado en todo caso con una línea y una musicalidad innegables, pero sin cubrir todos los aspectos expresivos requeridos: Werther, Il Duca, Fausto, Romeo, Edgardo…
En todo caso, lo que nos ha ofrecido en este recital ha sido más que notable. Comenzó con la imponente y exigente aria de concierto de Mozart K 431, “Aura che intorno”, perfectamente impostada y dicha, a falta de una mayor enjundia dramática, de un mayor juego de contrastes, con la voz quizá algo fría, lo que empequeñeció un volumen que no es ni ha sido grande, aunque, en virtud de la correcta impostación, se siguió sin problemas la línea cantabile y las agilidades previstas en su final. Dos páginas de La clemenza di Tito del mismo Mozart dieron de nuevo cuenta de la línea y trazado exquisitos.
Rossini, con Le Sylvain de Los pecados de vejez, un aria de La pietra del paragone, mostraron la agilidad y la destreza en el silabeo, algo presente asimismo en la interpretación de la exquisita “Viens, gentil dame” de La dame Blanche de Boieldieu, que exige afinación intachable, reguladores, medias voces y filados. Todo en su sitio pese a la falta de enjundia tímbrica. Tras el descanso el tenor bordó con finura la nada fácil “Flores purísimas” de El milagro de la Virgen de Chapí, una de las grandes interpretaciones de Fleta. “Te quiero, morena”, de El trust de los tenorios de Serrano, fue dicha con garbo. A falta de una mayor corpulencia escuchamos a continuación una muy bien enfocada recreación de la famosa “Por el humo se sabe donde esté el fuego”, en donde echamos en falta un mejor empleo de medias voces.
“Pourquoi me réveiller” fue la siguiente aria, dicha en la línea del mejor Kraus, con apianamento del cierre de la primera parte. Metidos en harina francesa, el tenor delineó a continuación muy lenta y detalladamente, el aria de Fausto de Gounod, con un Do sobreagudo en todo lo alto, con la densidad relativa de su voz. Todo en su sitio. “La mia letizia infondere” de I Lombardi de Verdi, bien dicha y expuesta, con finura y elegancia, cerró el concierto a lo largo del que el veterano y solvente pianista Vincenzo Scalera, un viejo conocido, a quien hemos visto muchas veces colaborando con las mejores voces, interpretó breves piezas: una Bagatella de Rossini, una Mazurka de Lecuona y la Consolación nº 3 de Liszt.
Y luego el despiporre. Ante los cálidos, cerrados, intensos y largos aplausos del respetable, que abarrotaba la sala, el aria de los nueve Does de La hija del regimiento de Donizetti. Emitidos sin pestañear y manteniendo el último y más extenso el tiempo necesario para mirar al público de adelante y al de atrás del escenario. La voz, tan delgada, se columpió sin problemas. Como, en otro terreno, al cantar las esperadas canciones suramericanas en las que el tenor se acompaña a la guitarra. Algo que el público espera siempre con fervor y donde sobresale la curiosa y particular versión de Cucurrucucú paloma de Méndez, en la que Flórez hace gala de fantasía y muestra un fiato descomunal. “Una furtiva lagrima” de Elixir de amor de Donizetti y Amapola de Lacalle cerraron, entre aclamaciones, en ocasiones un poco exageradas, la reunión.
Arturo Reverter
(fotos: Borja González)


