MADRID / Filarmónica Eslovaca con Raiskin: Conunova cautivó con su personalidad

Madrid. Auditorio Nacional. 4-III-2026. Ibermúsica 25-26. Orquesta Filarmónica Eslovaca. Director: Daniel Raiskin. Solista: Alexandra Conunova, violín. Obras de Musorgski y Khatchaturian.
El ciclo de Ibermúsica ofrecía este miércoles la primera de dos participaciones de la Filarmónica Eslovaca, que se presentó en nuestro país hace medio siglo, y cuya última presencia en la serie data de 32 años atrás. Fundada en 1949, la orquesta ha conocido batutas ilustres, empezando por quien la dirigió en los dos primeros años, el gran Václav Talich, uno de los mejores directores de la historia de ese país, y siguiendo por nombres como los de Libor Pešek y Jiří Bělohlávek. Comparecía en esta ocasión con quien ha sido su más reciente titular, el ruso Daniel Raiskin (San Petersburgo, 1970), que ahora, según se nos dice en el programa de mano, tiene el título, un tanto singular, de “director invitado permanente”.
Programa de aroma ruso, con Musorgski como gran protagonista y el también ruso, de origen armenio, Khatchaturian. De Musorgski escuchamos, a guisa de obertura, su poema sinfónico Una noche en el Monte Pelado, que Rimski-Korsakov coloreó (como hizo también con otras partituras de su compatriota) con su proverbial brillantez. Aunque se ha recuperado la más sobria y cruda versión original (por Gergiev, entre otros), la de Rimski sigue siendo más habitualmente interpretada. Música que pinta con acierto una noche de aquelarre en la víspera del día de San Juan, con timbres y acentos ácidos, más abruptos en la versión original que en la escuchada en esta ocasión.
Del propio Mussorgski, esta vez tras el pincel orquestador de Ravel, llegaba la obra que cerraba el programa, los Cuadros de una exposición, partitura original para piano escrita en 1874, evocadora de la visita que el compositor había realizado a la exposición de diez obras de su amigo, el pintor y arquitecto Víktor Hartmann, fallecido el año anterior, con la reiteración, modificada ad hoc, del Paseo entre cuadro y cuadro. Pese a intentos diversos de otras orquestaciones, ninguna ha superado en popularidad a la del gran compositor francés, algo muy comprensible teniendo en cuenta la genial maestría de éste en el manejo de los recursos orquestales.
Entre las dos obras de Musorgski, la pieza concertante ofrecida era el Concierto para violín y orquesta de Aram Khatchaturian, obra escrita en 1940 y dedicada a David Oistrakh, que lo estrenó y fue uno de sus principales abogados. Partitura que recibió el Premio Stalin y que otros violinistas como Leonid Kogan, Itzhak Perlman o, más recientemente, Julia Fischer o quien pudimos escuchar el pasado fin de semana, Sergey Khatchatrian, han llevado al disco. Obra de indudable vibración rítmica y espectacular virtuosismo (especialmente en el último tiempo), que en quien esto firma, qué le vamos a hacer, no despierta especial entusiasmo, tal vez por una tendencia a la reiteración y a un clima que parece uniformemente efectista (salvo en el segundo movimiento, que se antoja el más interesante). Claro que, pensándolo bien, igual fue por eso por lo que recibió el Premio Stalin. Lo anterior no es óbice para señalar que ha despertado el interés no solo de violinistas, sino también de flautistas como Rampal (que la transcribió para ese instrumento) o Galway (que hizo lo propio).
La solista de la ocasión era la violinista moldava Alexandra Conunova (Chisináu, 1988) ganadora del Concurso Joachim y tercer premio en el Concurso Chaikovski de 2015, que debutaba en la serie. Armada con un hermoso instrumento obra de Guadagnini (de 1785, ex “Ida Levin”), la moldava afrontó (con partitura) la endiablada partitura del armenio y dejó bien patentes sus muchas cualidades desde el principio: sonido poderoso, redondo, de gran belleza, arco de gran agilidad, afinación precisa y articulación nítida, con un vibrato ligeramente eléctrico en algún momento y de recorrido amplio. Esta música de Khatchaturian, de gran trepidación rítmica, necesita alguien que saque de ese aspecto (quizá su principal valor) el máximo partido, porque es la danza la que está de manera constante en el trasfondo. Lo hizo, sin la menor duda la moldava, desplegando un impulso y determinación envidiables, incluida la espectacular traducción de la cadencia del primer movimiento, en cuyo inicio lució también el solista de clarinete. Mostró Conunova buena capacidad cantable en el segundo tiempo, al que también extrajo el máximo partido. Hizo lo propio con el brillante tiempo final, una suerte de rondó pegadizo que es una apoteosis de la filigrana violinista.
El éxito de Conunova fue tan incuestionable como merecido. Se metió además al público en el bolsillo. En un muy buen español y con mucha simpatía explicó que se había estado preguntando qué tocar como propina… y se le ocurrió algo muy singular: interpretar un arreglo propio de la archiconocida Los Nardos (más conocida en los ambientes por sus primeras palabras, Por la calle de Alcalá), de la revista Las Leandras, con música del maestro Francisco Alonso. Conunova invitó a quien así lo quisiera a cantar con ella la melodía, algo que más de uno, a boca cerrada y con relativa discreción, hizo. En una reiteración del estribillo incluso invitó a las palmas… y las hubo, como si estuviéramos en plena Marcha Radetzky. Un gesto simpático, con su porción de chascarrillo sonriente, que fue muy bien recibido.
Había acompañado con más exactitud que sutileza Raiskin al frente de una Filarmónica Eslovaca que había evidenciado en la Noche mussorgskiana una calidad muy notable. Cuerda bien empastada, con sonido de presencia suficiente, madera notable y metales redondos y poderosos. Raiskin pareció un maestro de sólido oficio, puntualmente demasiado fogoso en el gesto (por lo demás claro), incluso en pasajes donde la amplitud del movimiento parecía excesiva para la quietud y suavidad de la música, pero también se antojó más atento a la exactitud del encuadre que a la sutileza de la expresión. De impecable impulso en el ritmo (imprescindible en obra como la de Khatchaturian), aguardaba tras el descanso la verdadera piedra de toque que constituyen los Cuadros de una exposición.
Porque es bien cierto que la obra de Musorgski, y casi más aún con el maravilloso pincel orquestal de Ravel, nos lleva, en efecto, por toda una exposición de climas, paisajes, personajes y atmósferas, desde la agitación traviesa de Gnomos hasta la melancolía de El viejo Castillo, desde el pesado caminar de los bueyes en Bydlo hasta el contraste de los dos judíos, Samuel Goldenberg y Schmuyle, desde el alegre Baile de polluelos en sus cáscaras a la trepidante Cabaña sobre las patas de gallina, desde el misterio tenebroso de Catacumbas a la apabullante solemnidad de La gran puerta de Kiev. Pero todo eso requiere una orquesta que responda muy bien (Ravel no tiene piedad en este sentido, como es bien sabido) y una batuta capaz de cincelar, de dibujar, de entresacar, los muchos y variados matices, inflexiones y recovecos con que la música consigue llevarnos a esos climas. Más allá, claro está, de la exactitud ejecutora.
Tras la calidad adivinada en la orquesta en la primera parte, sorprendió a quien esto firma el comienzo del trompeta en el primer Paseo, no solo por una intensidad que sobrepasaba generosamente la f prescrita, sino por la pifia importante en la ejecución. Se entonó bastante la cosa en Gnomos, que pudo haber tenido sin embargo guiños más sugerentes, pero contó con una buena respuesta de cuerda y trombones. Lució bien el trompa en el Paseo subsiguiente, pero tampoco comenzó bien El viejo castillo, con un fagot que también pifió visiblemente en su inicio. Más preciso en la ejecución el saxo, que sin embargo pudo haber alcanzado un matiz más adelgazado para dibujar la lejana melancolía y el misterio que demanda la música. Bien trazado Tullerías, mejor que un Bydlo en el que faltó más ancha regulación dinámica, así como precisión y finura de matiz en el solista de tuba, también inseguro.
Brilló la madera en el citado Baile de polluelos (posiblemente el momento más conseguido en la interpretación). Mejoró, por fortuna, el trompeta en Samuel Goldenberg y Schmuyle, curiosamente más preciso en un momento más comprometido, y lucieron bien trompas y cuerdas en Limoges. Faltaron tinieblas y misterio, expansión, en Catacumbas, donde lucieron poderío los metales. Hubo trepidación, pero algo de tosquedad en La cabaña sobre las patas de gallina y más brillantez y espectacularidad que grandeza en La gran puerta de Kiev, que hubiera admitido mejor graduación de la tensión hasta la solemne conclusión. Interpretación, en fin, bien recibida por el público, que a quien esto firma se le antojó más correcta que emocionante, con una orquesta que anticipó mejor calidad en la primera parte que lo que pudo apreciarse en la segunda. Llegó también la propina orquestal, anunciada, también en español, por Raiskin: la Danza Eslava op. 46 nº 8 de Dvorák, delineada, esta sí, de manera sobresaliente.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


