MADRID / Filarmonica della Scala en Ibermúsica, sin Chailly, con Lorenzo Viotti

Madrid. Auditorio Nacional. 4-III-2025. Ibermúsica 24-25. Filarmonica della Scala. Director: Lorenzo Viotti. Obras de Berio, Dvorak y Prokofiev.
Concierto del ciclo de Ibermúsica dedicado a José Manuel Garrido Guzmán en su 80 aniversario, un homenaje muy justo a quien ha sido una figura clave en la gestión musical española de las últimas décadas, con la creación del INAEM, la recuperación del Real como teatro de Ópera o la fundación de la JONDE, entre otros hitos relevantes en la esfera musical.
Corría el evento a cargo de la Filarmonica della Scala de Milán. La última comparecencia madrileña de esta formación data de 2022, con su titular, Riccardo Chailly, al frente. En esta nueva visita, estaba también prevista la dirección de Chailly. Pero el milanés ya canceló el verano pasado unos conciertos en Lucerna por una repentina enfermedad y una subsiguiente intervención quirúrgica, y ahora, un nuevo revés de salud le ha apartado de esta gira europea de la orquesta. Ocupó su lugar el joven suizo Lorenzo Viotti (Lausana, 1990), un mediático director que es actual titular de la Filarmónica de los Países Bajos.
Abría el programa la peculiar versión de Luciano Berio sobre Quattro versioni originali della Ritirata Notturna di Madrid di Boccherini. Como bien apunta Lorena Jiménez en sus excelentes notas al programa, nada mejor que tomar la explicación del propio Berio: “La Ritirata notturna di Madrid para quinteto de cuerda era, en su época, una obra tan popular, que Boccherini lo transcribió cuatro veces para diversas combinaciones instrumentales. En 1975, cuando se me pidió hacer una breve pieza para el inicio de un concierto de la orquesta de la Scala, decidí superponer esas cuatro versiones de La Ritirata y transcribirlas para orquesta con mínimas adaptaciones, resaltando, sobre todo hacia el final, algunos suculentos “conflictos” armónicos. La única parte completamente inventada y añadida fue la de la percusión y, aun así, procede de las originales”. Un único movimiento de apenas siete minutos que constituye, como apunta Jiménez, una transcripción scherzosa, con interesantes juegos tímbricos. Una especie de gran arco, que crece poco a poco desde el pianísimo inicial hasta el clímax y luego se apaga, también poco a poco, en un diminuendo hasta la casi susurrada conclusión.
Viotti, que dirigió todo el programa de memoria (incluida la pieza concertante) es, al contrario que Nelsons, el más reciente visitante del ciclo de Ibermúsica, un maestro de porte y planta impecable, y sí parece, mucho más que el letón, eso que llamábamos “un esteta del podio”. Gesto de suficiente, que no pasmosa, claridad, pero muy lucido en la estética, suficiente para moldear con corrección ese arco planteado por Berio, pero, a juzgar por lo escuchado, no para extraer lo mejor de la orquesta milanesa.
Repasando lo que escribí sobre ella en aquel momento, no veo razón alguna para modificar lo que dije entonces y reitero ahora, con disculpas anticipadas por la autocita: “no es, la Filarmónica de la Scala, una orquesta sinfónica excepcional, ni mucho menos. Es una formación notable, pero, para situarnos, no la creo mejor, en ninguna de sus familias, a la Nacional, en su actual estado de forma. La cuerda muestra un empaste plausible pero su sonido no tiene la presencia de otras centroeuropeas (ni de la española citada), aunque la cuerda grave, especialmente los chelos, sí ofrecen un sonido de gran belleza. La madera y el metal son solventes, sin duda, pero tampoco excepcionales.”
Ahí es donde, en otras ocasiones, entraba en juego la maestría de Chailly, un estupendo maestro, capaz de conseguir el equilibrio entre secciones que aquí faltó. Ya en esta partitura de Berio-Boccherini (que, en algunos momentos, adquiere un cierto aroma de charanga, con evidente intención de humor) dominó abiertamente la fanfarria sobre una cuerda aguda que apenas tenía presencia.
La pieza concertante de la tarde era el que probablemente es el más popular Concierto para violonchelo del repertorio: el escrito por Antón Dvorák entre 1894 y 1895. Lo es con buena razón, porque es una maravilla de principio a fin, y los chelistas lo adoran con un entusiasmo perfectamente previsible: desde la enérgica efusión del primer tiempo al júbilo del final, pasando por el canto inefable del movimiento central, se han escrito pocos conciertos para este instrumento tan redondos y rotundamente hermosos. Lo escuchamos en este mismo ciclo el año pasado, en una brillante interpretación del madrileño Pablo Ferrández con un perfecto acompañamiento de la Filarmónica Checa bajo la batuta de su titular, Semyon Bychkov.
En esta ocasión, y por empezar por el principio, hay que señalar que ya la larga introducción orquestal del Concierto confirmó lo observado en la obra de Berio. En la primera ocasión en que se afrontó un tutti en forte, la cuerda aguda de la orquesta quedó apagada por los metales. El francés Gautier Capuçon (Chambéry, 1981), solista de la ocasión, es uno de los violonchelistas más ilustres de su generación. Lució desde su entrada inicial sus virtudes de sonido cálido y de buena presencia extraído a su hermoso instrumento (Matteo Goffriller “L’Ambassadeur” de 1701), con correcta afinación y arco de encomiable agilidad. Otra cuestión es que su planteamiento de la obra llegue a convencer. Estuvo bien cantado por su parte el segundo motivo del primer movimiento, pero en el pasaje marcado por Dvorák con un explícito Grandioso, faltó justamente tal carácter y se volvió a inclinar el balance en favor de los metales. Afrontó el francés con buena expresión el molto sostenuto in tempo, aunque algún ritmo quedó desdibujado por ramalazos de rubato que se antojaron en exceso cercanos al amaneramiento. Algún desajuste fue producto, probablemente, de esa tendencia puntual a algún rubato muy pronunciado, pero tampoco el ataque sobre el acorde que cierra el movimiento quedó bien cuadrado por parte de Viotti.
El Adagio ma non troppo encontró lo mejor del canto de Capuçon (y probablemente de toda la lectura), con una bien concebida interpretación de la breve quasi cadenza, aunque nuevamente el ajuste con la orquesta no siempre alcanzó la redondez necesaria. Tampoco enganchó el vibrante tiempo final, que recordamos electrizante por el tándem Ferrández/Bychkov el año pasado. Faltó esa vibración en la orquesta, pero tampoco la tuvo en las manos del chelista francés, más inclinado por la línea lírica, que además en alguna ocasión llevó al extremo, como un momento en el que Dvorák prescribe expresamente in tempo y el solista decidió transformar en un molto ritardando que sonó en exceso edulcorado. Sí se consiguió una buena conclusión tanto en el crescendo final del solista como en la trepidación rotunda de la orquesta.
Éxito grande, en todo caso, y Capuçon, tras dar las gracias al público, anunció la interpretación de un arreglo para violonchelo (acompañado por toda la sección de chelos de la orquesta y un par de contrabajos) del lied Lasst mich allein op 82 nº 1 del propio Dvorák. Propina muy apropiada porque en el concierto recién escuchado hay alusiones al mismo. Y más apropiada aún porque la sección de chelos es, posiblemente, lo mejor de la orquesta, y la bella interpretación ofrecida por Capuçon y los chelistas milaneses fue, probablemente, el momento más hermoso de la tarde.
Y del concierto más popular de Dvorák a la más popular de las músicas orquestales de Prokofiev, que se ha elevado a esa categoría por encima de sus sinfonías: el ballet Romeo y Julieta, del que el propio compositor extrajo hasta tres suites orquestales (más una colección de diez piezas para piano). Los directores suelen realizar sus propias selecciones a partir de dichas suites. Y la de Viotti tiene mucho en común a la escuchada hace poco más de un mes a Marin Alsop al frente de la Philharmonia Orchestra, en este mismo ciclo de Ibermúsica, aunque Viotti excluyó a priori de su selección tres movimientos que Alsop sí ofreció: Máscaras, Fray Lorenzo y Danza de la segunda suite. En realidad, fuero cuatro, puesto que el octavo de los números previstos en el programa (Baile de las doncellas con lirios) se terminó omitiendo también. La selección ofrecida fue la siguiente: Montescos y Capuletos, Danza matutina, La calle despierta, Romeo y Julieta (escena del balcón), La muerte de Teobaldo, Romeo y Julieta antes de partir, Serenata matutina, Romeo ante la tumba de Julieta y Muerte de Julieta.
Los lectores que hayan llegado hasta aquí podrán fácilmente adivinar que no hubo especial sorpresa en la interpretación de esta bella selección de Prokofiev. La orquesta, de solvente consistencia y con algunas secciones y solistas notables (la mencionada de chelos, estupenda en la escena del balcón, los solistas de oboe, clarinete, fagot o tuba, el de viola en Romeo y Julieta antes de partir), alcanzó sus mejores momentos en las músicas de más sutileza y levedad (buena parte de la escena del balcón, Danza matutina) pero en líneas generales la interpretación quedó corta de intensidad dramática (muy notoriamente en el inicial Montescos y Capuletos (donde nuevamente trombones y tuba taparon a la cuerda aguda), pero también en la Muerte de Teobaldo, de buena agitación rítmica en el inicio, pero otra vez falta de densidad en la cuerda aguda, por lo demás ágil en el Presto, y muy corta del necesario aliento dramático en el Adagio del tramo final, para el que Prokofiev añade justamente esa cualificación explícita: drammatico. Éxito notable, en todo caso, que no encontró recompensa en forma de propina. El que suscribe empezó la velada añorando a Chailly… y la terminó de igual forma.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Scala Filarmónica | Erika Serio)


