MADRID / Festín de ritmo y color con Trpčeski, Petrenko y la Royal Philharmonic

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. Temporada 25-26 de Ibermúsica. 30-X-2025. Royal Philharmonic Orchestra. Director: Vasily Petrenko. Solista: Simon Trpčeski, piano. Obras de Guinovart, Prokofiev y Stravinsky.
Una fiesta de color y ritmo, de aire predominantemente ruso, presidió la segunda y última comparecencia de la Royal Philharmonic en el inicio de la temporada de Ibermúsica. Predominantemente pero no exclusivamente, porque ambos ingredientes están también presentes, y de forma generosa, en la partitura escuchada del catalán Albert Guinovart (Barcelona, 1962), un compositor al que quien esto firma siempre disfruta de escuchar. La orquestación de su propia Sonata para piano a cuatro manos “Vida secreta” abrió de manera luminosa y animada la tarde. Música muy directa y, si se me permite la expresión, muy cinematográfica, festiva en los dos tiempos rápidos extremos (Autorretrat antipsicologic y Paroxisme de l’alegria, ambos con secciones intermedias más tranquilas) y más intimista, un punto elegiaca, como apunta Sofía Martínez Villar en sus notas, en el segundo. La labor de orquestación es tan variada, feliz y adecuada para cada momento, que difícilmente diríamos que la partitura nació para dúo de pianistas. Hermosa obra que puso al público en la mejor disposición. La presentó de manera estupenda la Royal Philharmonic, con lucimiento de diversos solistas, muy especialmente los de clarinete, oboe y flauta, pero también el concertino y el corno inglés. Petrenko, que disfruta esta música de manera bien visible, dirigió con la adecuada atmósfera luminosa una música que lo es, sin duda. Respondió calurosamente el público, también a Guinovart, presente y aplaudido.
Completaba la primera parte el Tercer concierto para piano de Prokofiev, el más popular de los cinco del compositor ruso. Por mucho que uno lo escuche, no puede extrañar tal popularidad, porque es un concierto de riquísima paleta expresiva, lleno de humor, vitalidad y, como señala Martínez Villar, por ese equilibrio “entre las disonancias características de la vanguardia [de la época, claro está], las estructuras clásicas, las melodías de inspiración folclórica y el sarcasmo”, este siempre presente de manera recurrente en tantas partituras del ruso, en las que la acidez se torna un ingrediente imprescindible.
Como todo (o casi todo) lo escrito por Prokofiev para el piano, la obra es de tremenda exigencia para el solista, de quien se demanda una felina agilidad de mecanismo para asegurar la claridad necesaria de articulación en fulgurantes pasajes de gran vivacidad, pero también se espera la capacidad de producir poderosos acordes y extraer el suficiente volumen del piano para enfrentarse a una orquesta que no ahorra en intensidades. Por si fuera poco, solista y batuta se ven enfrentados a los intrincados y cambiantes ritmos y tiempos de Prokofiev (otra característica muy constante en sus obras), con lo que el ajuste, y más a determinadas velocidades (el allegro fulgurante que asoma reiteradamente en el primer tiempo entre engañosos remansos de tranquilidad, el primero justo en la introducción) resulta más que comprometido. Y a todo ello hay que ponerle ese contraste entre la electricidad y el humor, entre la energía y la sonrisa, incluso con algún otro guiño a lo grotesco, como en las reiteradas figuras de cuatro fusas que aparecen en la madera y en la parte solista en el tercer movimiento.
El solista de la ocasión era el macedonio Simon Trpčeski (Skopje, 1979) a quien ya pudimos admirar en el mismo ciclo de Ibermúsica, también acompañado por Petrenko (con la Filarmónica de Oslo en aquella oportunidad) hace seis años. Y Trpčeski lució sus virtudes, que son muchas, con generosidad. Los medios, ya lo apuntamos en aquel momento, son estupendos, como lo son el cuidado del sonido, la variedad de matices y la intensidad de su discurso. Imprime el macedonio un notable nervio a sus interpretaciones, lo que se traduce en una vibración muy especial, aunque en ocasiones (el fulgurante allegro mencionado) sacrifique mínimamente la claridad de una articulación que, en realidad, es primorosa. Pero su fina sensibilidad le permite desplegar toda esa panoplia de expresión que demanda Prokofiev, desde el tranquilo comienzo a ese voltaje electrizante del allegro.
Lució Trpčeski un exquisito toque leggiero, también demandado a menudo por Prokofiev, y también gran sutileza en el matiz. Es difícil resistirse a ese nervio vibrante sobre el que edifica una arrolladora conclusión del primer tiempo. El Tema con variazioni central evidenció esa delicadeza en el leggierisimo (variación I), pero permitió apreciar también la capacidad de ofrecer rotundidad (variación III) o misterio (variación IV, con un verdadero delicatissimo, como pide Prokofiev, y un evanescente ppp en el final) y una mezcla suspendida de sonrisa y casi misterio en el tramo final del movimiento. Más fiesta de ritmo y colorido también el Allegro ma non troppo final, con un precioso episodio más lírico (Meno mosso) magníficamente dibujado por Petrenko. Estupendamente presentado el clima grotesco con las mencionadas figuras de cuatro fusas, y final de arrolladora trepidación, acogido con previsible entusiasmo por el público. Acompañó Petrenko con notable incisión y precisión, en un entendimiento que se adivina fluido con el solista. Y respondió la orquesta con agilidad y muy notable empaste y sonoridad. Brillaron especialmente los solistas de madera, pero toda la formación ofreció una prestación envidiable.
Trpčeski, siempre cercano y capaz de hablar más que correctamente el castellano, explicó brevemente que iba a interpretar a continuación la Danza de los pimientos, una popular danza macedonia que forma parte de su empeño divulgador de la música popular de su país (proyecto Makedonissimo, en el que participa con otros compatriotas). La susodicha, muy breve, añadió más colorido y ritmo a una tarde en la que ya dominaban. Pero debió parecerle poco regalo, y en otro breve parlamento, anunció otra propina dedicada a Alfonso Aijón (que recibió una más que merecida ovación). ¡Y menuda propina! Nada menos que el tremendo, tenso, obsesivo y desgarrado Precipitato de la Séptima Sonata del propio Prokofiev, presentada con una intensidad de esas que le ponen a uno al borde de la silla.

La segunda parte se reservaba para la versión de concierto que Stravinsky realizó en 1947 de Petruchka, uno de sus tres grandes ballets, escrito por encargo del empresario Diáguilev. Historia, como recuerda Martínez Villar, de amor, celos y final trágico de tres marionetas. Partitura de tremendo impacto y, una vez más, riquísimo colorido tímbrico y rítmico, endiablada (como siempre en el ruso) para orquesta y director, obligados a una agilidad de respuesta inmediata para precisar adecuadamente los continuos cambios de ritmo y compás y las repentinas inflexiones que, en muchas ocasiones, se suceden casi atropelladamente. La batuta tiene tarea sobrada para indicar con precisión esa compleja trama, y más aún para que el edificio sonoro tenga la opulencia que merece y, al mismo tiempo, la claridad de exposición que no emborrone el discurso. Los músicos, además, quedan expuestos con solos más que comprometidos: flauta, trompeta, piano, fagot, clarinete y tuba son solo algunos ejemplos.
Petrenko domina estos pentagramas con solidez y fluidez. Y los disfruta, algo bien patente. Su dirección, diáfana en el gesto, entregada, colorista, matizada, muy cuidada en el aspecto dramático, precisa en el impulso rítmico, clara en los planos, consiguió crear la atmósfera adecuada en cada escena de cada uno de los cuatro cuadros de la versión orquestal del ballet. Volvieron a sobresalir varios solistas. Merece especial mención el flautista Harry Winstanley, espléndido toda la tarde y muy especialmente en la cadencia del primer cuadro. Brillaron también el pianista Ben Dawson, los percusionistas (tremendos los crescendi del solista encargado de la caja), los fagots, clarinetes, tuba y el primer trompeta (cuyo solo en El moro se las trae, y fue ejecutado con gran limpieza, apenas con un mínimo desliz en el primer tramo). El efecto sonoro de suspense final quedó admirablemente logrado por Petrenko y la orquesta inglesa. Y, aunque ese final, nada decibélico, no es de los que provoca el aplauso incontenido, la alta intensidad de la interpretación sí encontró una merecidamente entusiasta acogida del público.
Como el día anterior, Petrenko y la Royal Philharmonic fueron generosos con las propinas, la Danza árabe de El Cascanueces, de Chaikowski y la vibrante Danza de los acróbatas, de La doncella de nieve, de Rimski Korsakov. Un cierre lleno de lo que había dominado todo el concierto: ritmo y colorido.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


