MADRID / Feliz debut de la Sinfónica Nacional de la RAI en Ibermúsica, con Orozco-Estrada

Madrid. Auditorio Nacional. 5-XI-2025. Ibermúsica 25-26. Orchestra Sinfonica Nazionale della Rai. Director: Andrés Orozco-Estrada. Solista: Michael Barenboim, violín. Obras de Rossini, Mozart y Berlioz.
Los dos siguientes conciertos del ciclo de Ibermúsica suponen el debut en la serie de la Orquesta Sinfónica Nacional de la RAI. Nacida en 1994 como resultado de la fusión de las cuatro orquestas previas de la RAI (las de Turín, Roma, Milán y Nápoles), la orquesta dio sus primeros conciertos bajo la batuta de Giuseppe Sinopoli y Georges Prêtre, pero luego ha tenido varios titulares ilustres, incluyendo a nuestro compatriota Rafael Frühbeck de Burgos (2001-2007). Por su podio ha desfilado una lista envidiable de directores de gran categoría: Giulini, Sawallisch, Maazel, Mehta, Gergiev, Bychkov, Kirill Petrenko, Chailly o Harding son solo algunos de los nombres de primera fila que han dirigido a la agrupación con sede en Turín. James Conlon (2016 a 2020) fue su último director titular antes de la llegada del colombiano Andrés Orozco-Estrada en 2024. Si no falla mi memoria, la orquesta tenía previsto debutar en Ibermúsica con Conlon, pero la pandemia lo impidió.
El primer programa, con el diseño tradicional (obertura-concierto-sinfonía) traía páginas muy populares y apreciadas. La colorista obertura de la ópera Guillermo Tell, de Rossini, cuya agitada sección final muchos (veteranos, desde luego) conocieron como sintonía para acompañar el galope del Llanero solitario, abría el fuego. Obertura atípica, por su inicio (precioso, dicho sea de paso) con un solo de chelo, luego secundado por otros cuatro instrumentistas de la misma sección, y después también por contrabajos. El clima poético que edifica Rossini en este comienzo es realmente encantador, y estuvo maravillosamente expuesto por el solista de chelos de la orquesta. La cuerda aguda dio inmediatas muestras de su cohesión y agilidad en el agitado episodio siguiente, que incluye un pasaje tan contundente como exigente en los metales (trombones, especialmente), también resuelto de forma estupenda. Nuevo episodio lírico, esta vez con el corno inglés y la flauta como sobresalientes protagonistas. La solista de flauta, Alessandra Russo, se lució con brillantez en la difícil y larga filigrana que le preparó Rossini. Y el galope final permitió el lucimiento de la formación entera. Lució aquí la cuerda aguda una articulación tan ágil como impecablemente empastada, algo siempre complicado en los pasajes rápidos de la escritura rossiniana. Y brillaron con potencia y redondez de sonido los metales, para elaborar entre todos un final exaltado y vibrante, una respuesta ejemplar a una versión contrastada y magníficamente construida por la batuta de Orozco-Estrada. No podía comenzar mejor la cosa.
La siguiente obra en la secuencia era el Cuarto Concierto para violín de Mozart. Obra compuesta en 1775 en Salzburgo, impregnada de grácil y encantadora melodía (como siempre en el genio de Salzburgo), con un sonriente Rondó final y un elegante movimiento central de carácter cantable. Los conciertos para violín de Mozart son tan admirados como temidos por los violinistas porque, como se suele decir, desvelan las costuras a la primera de cambio. No en balde son una constante (eliminatoria… o casi) en todas las primeras rondas de audiciones de orquesta. Mozart “parece” fácil desde fuera, pero es endiabladamente difícil desde dentro. Exige una precisión y exactitud milimétricas de afinación y arco, y una capacidad de producir un sonido con una belleza que haga justicia a la que contiene la propia música. El solista de la ocasión, Michael Barenboim (París, 1985) ofreció una lectura discretamente aseada, pero que se antojó un tanto gris en los matices, no siempre con la medida última de precisión en la afinación y, al menos para quien esto firma, con una tendencia excesiva al empleo de portamentos. El sonido tenía presencia, pero pareció corto de dinámica y sin especial encanto tímbrico. El cuidado acompañamiento de Orozco-Estrada (con parejas de trompas y oboes, más una plantilla en la que me pareció contar, desde mi localidad, 8/8/6/4/2) no consiguió que la interpretación levantara el vuelo y trasladara el encanto que indudablemente tiene. La acogida no fue especialmente entusiasta, pero Barenboim (que se insertó en el último atril de los primeros violines en la segunda parte) regaló como propina el Recitativo y Scherzo de Kreisler, que tampoco deslumbró.

Cerraba el programa la Sinfonía Fantástica de Berlioz, obra bien conocida del gran público, que el propio Orozco-Estrada ofreció el otoño pasado en su debut al frente de la Orquesta Nacional de España. Comenté entonces, y procede reiterarlo ahora, que la partitura programática (subtitulada “episodios de la vida de un artista”), de magistral y desinhibida imaginación en todos los sentidos, lleva al oyente, en efecto, a todo un viaje por pasiones y amores frustrados, con ensoñación muchas veces enfebrecida y finalmente alucinada por el influjo del opio sobre el artista cuya historia se relata. Lo hace el gran compositor francés a través de un lenguaje atrevido y de una orquestación de riqueza y variedad desconocidas entonces, pero de enorme impacto. Orquestación que, además, es tratada con una maestría excepcional, llevando al oyente en volandas a ese ambiente psicodélico que justifica el título de “Fantástica”.
Obra que exige el máximo de director (el mismo Berlioz bien puede considerarse pionero en el asunto, y su ensayo sobre la dirección orquestal es, con pocas dudas, lectura obligada), repetidamente advertido por Berlioz de lo que se le viene encima, porque la exigencia para la batuta solo es el preludio de lo que le espera a la orquesta. Valga como muestra el aviso del compositor apenas empezado el primer movimiento, como nota al pie para el director, referida a la partitura de los violines (compás 17): “Los once compases que siguen son extremadamente difíciles; no puedo recomendar suficientemente a los directores que los hagan repetir varias veces y con el mayor cuidado, empezando por el cambio de tempo (más rápido) y terminando con el retorno del tema (Tempo I). Sería una buena idea hacer que los violines primeros y segundos estudiaran sus líneas por separado al principio, y luego con el resto de la orquesta, hasta que estén perfectamente seguros de todos los matices, que me parecen lo más difícil de obtener de una orquesta, con la conjunción y precisión adecuadas”. La indicación, que sólo es la primera de muchas, ilustra hasta qué punto Berlioz sabía exactamente lo que quería, y cómo hacía indicaciones expresas al director para los ensayos.
Construyó el maestro colombiano su interpretación con inteligencia, y con una idea, como cabría esperar, muy parecida a la planteada hace un año con la Nacional: una progresión que parece transitar desde una efusión relativamente controlada en el inicio hasta la vibrante, enloquecida alucinación del aquelarre final, donde el arrebato alcanza su máxima expresión. Y, pese a reiteradas y hasta increíblemente pertinaces incursiones de los criminales (varios) del móvil (el que atacó, creo que desde las butacas del coro, antes del comienzo de la Escena en el campo, merece la mención de honor al imperturbable que no solo permite al teléfono sonar con insistencia, sino que además se revela asombrosamente incapaz de silenciarlo), nadie perdió la concentración y pudimos disfrutar de una respuesta orquestal ejemplar.

Sonó estupendamente el primer movimiento, Fantasías, pasiones, con los pasajes de más complicado ajuste admirablemente resueltos, pero sin que el indudable control ejercido desde el podio recortara la vibración que contiene la música y que, eso sí, alcanzó su máxima expresión en el tramo final del movimiento. Dibujó Orozco-Estrada con precisión y total sentido inflexiones y matices, y consiguió la cruda intensidad deseable en los ataques de la cuerda en el desarrollo de ese movimiento. Elegante, con buen rubato, el baile del segundo movimiento, con una cuerda ágil y de impecable respuesta, también en el tramo final, en el que el arrebato pasional es más evidente. Preciosa la Escena en el campo, con sobresalientes intervenciones del corno inglés y del oboe en eco (situado en esta ocasión, semioculto, a la izquierda de la consola del órgano), luego secundadas por una cuerda admirable (magnífica la sección de chelos en el canto posterior del motivo principal), y exquisitas las intervenciones de otros solistas de madera (con los delicadísimos pppp del solista de clarinete a la cabeza).
Se creó por Orozco-Estrada, con los tres timbaleros (espléndidos) la atmósfera de tenebrosa anticipación a lo que se avecina como acompañante final en este movimiento mientras oboe y corno inglés recordaban su canto inicial. Estupendo pp del trompa en esta conclusión. Comienzo inquietante de la Marcha al cadalso (magníficos aquí los fagots y las trompas), más tarde rotundamente trágica, en la que se lució toda la sección de vientos, con poderosa sonoridad de unos metales redondos y perfectamente empastados. Movimiento vibrante, enérgico, con un final que estremece por atemorizador.
Conectó oportunamente este final con el comienzo inmediato del último tiempo, también inquietante, agitado hasta el siniestro Dies Irae, con el gran impacto que consiguen las campanas (en esta ocasión de considerable longitud y crudeza tímbrica, manejadas de manera admirable en cuanto a los matices por el percusionista encargado) justo antes de que los metales entonen el himno. Lo hicieron, dicho sea de paso, con absoluta redondez y perfecto ajuste (un bravo por tubas y trombones, excelentes). Más tarde, Orozco-Estrada extrajo toda la alucinada crudeza que Berlioz despliega en el Sueño de una noche de aquelarre. Crudeza en las maderas, apropiadamente ácidas en su timbre, y en la cuerda, con la áspera aridez de los golpes de arco col legno. Hizo crecer el delirio de manera sobresaliente el maestro colombiano, para culminar la obra con un final arrollador, traducido de forma extraordinaria por una orquesta que respondió de manera modélica en todo momento.
Y aquí sí, el éxito fue grande y merecidísimo. Tras destacar a todas las secciones de la orquesta de forma individual, pareció que iba a anunciar la propina, pero debió pensar que era bien conocida y que no era necesario. Fue otra delicia, el Intermezzo de Cavalleria Rusticana de Mascagni. La pandemia retrasó el debut de esta más que notable orquesta italiana, pero se ha disfrutado plenamente ahora.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


