MADRID / Fabio Luisi y la Nacional: el impactante retrato del Apocalipsis que escribió Franz Schmidt

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 14-XI-2025. Concierto Sinfónico 5 de la temporada de la OCNE. Director: Fabio Luisi. Director del Coro Nacional: Miguel Ángel Garcia Cañamero. Michael Laurenz, tenor (Juan). Christof Fischesser, bajo (La voz del Señor). Louise McClelland, soprano. Valentina Stadler, mezzosoprano. Tae Hwan Yun, tenor. Brent Michael Smith, bajo. Daniel Oyarzabal, órgano. Coro de la Comunidad de Madrid. Director del Coro de la CAM: Javier Carmena. F. Schmidt: El libro de los siete sellos.
Cuando hace un par de años la Nacional, bajo la batuta de Afkham, interpretó la más conocida de las Sinfonías de Franz Schmidt (la Cuarta) ya comenté que esa obra era, junto al oratorio El libro de los siete sellos, su partitura más conocida. La figura de Schmidt, violonchelista en la orquesta de la ópera imperial vienesa en los tiempos de Mahler, pero también pianista, organista y compositor, no ha dejado de estar rodeada de cierta controversia, en la que se mezclan ingredientes diversos. De una parte, el hecho de que, en lugar de sumarse a tendencias más vanguardistas, atonales o no, se decantara por una estética muy conectada con el tardo-romanticismo. De otra, el hecho de que, en el mejor de los casos, se mostrara poco beligerante con el régimen nazi y, en el peor, para algunos, fuera un “nazi vociferante” (Lebrecht dixit). Mario Muñoz, en sus interesantes notas al programa de mano, se inclina por atribuir más peso a esa poca beligerancia frente a los nazis que a la elección estética del compositor.
No se puede descartar que de hecho haya sido así, pero al firmante no le deja de parecer que esa exclusión, llamémosle ideológica, parece un poco traída por los pies (tampoco es que eso, desgraciadamente, sea nuevo en esta época). Schmidt había sufrido duros golpes en su vida personal (su hija había muerto al nacer, y su primera esposa había sido internada en un psiquiátrico; ya muerto Schmidt, terminaría asesinada por los nazis en 1943, dentro de su programa de eutanasia para enfermos mentales y personas discapacitadas). Los problemas de salud, infarto de miocardio incluido, fueron minando su energía desde principios de los años 30 hasta forzar la retirada de su puesto en la Academia Imperial de Música en 1937. No parece que sus fuerzas fueran las mejores para mostrarse beligerante con nada. Cierto, el régimen le jaleó como el mejor compositor vivo del país anexionado (quizá porque su estética iba en dirección diferente a la que los nazis consideraban “degenerada”), y es verdad también que Schmidt aceptó un encargo para componer una cantata laudatoria titulada La resurrección alemana, pero su poco entusiasmo por la tarea queda en evidencia cuando se comprueba que la dejó inacabada para favorecer otros encargos de fuentes bien diferentes.

Sea cual fuere la razón, y aunque en otras latitudes (la nuestra y algunas otras) la obra de Schmidt no parece gozar de mucho aprecio, lo cierto es que no son pocas, ni poco ilustres, las batutas que aprecian y defienden ardientemente su obra. Desde Mitropoulos o Krips hasta Bychkov, pasando por Welser-Möst (con quien Lebrecht declaraba haber mantenido largas y acaloradas discusiones sobre el compositor, con el director austriaco defendiendo apasionadamente la obra de su compatriota y el periodista británico atacándola sin piedad), Harnoncourt (que grabó con la Filarmónica de Viena el oratorio objeto de esta reseña), los Järvi (Neeme y, más recientemente, sus hijos Paavo y Kristjan) o quien visita el podio de la OCNE este fin de semana, Fabio Luisi, se declaran fervorosos defensores de la obra del austriaco. Luisi (Genova, 1959), que ha llevado este oratorio y las sinfonías del austriaco al disco, considera que el Libro de los siete sellos de Schmidt es una de las grandes obras del siglo XX, y la sitúa en paralelo a la Octava de Mahler o el Requiem de guerra de Britten.
El libro de los siete sellos es un oratorio de gran formato basado en el Libro del apocalipsis, escrito entre 1935 y 1937, con rica orquestación que incluye papel relevante, solos muy exigentes incluidos, para el órgano. La OCNE incluye la obra, con buena razón, en el hilo temático El mundo de ayer, que ha presidido esta temporada, entre otras, la interpretación de Wozzeck o la Titán de Mahler. Obra estructurada en tres partes, un prólogo En el cielo, que finaliza con el gran coro de alabanza al cordero (Dir o Herr und dem Lamm sei Gewalt), una primera parte que se inicia con la apertura del primer sello y termina con la del sexto, y una última parte que comienza con la apertura del séptimo sello y culmina con las palabras de Juan: ¡Verdaderamente dichosos son los que comprenden las palabras del profeta! ¡Recordad la profecía! Que la gracia de Dios, el Señor, sea con todos vosotros, sobre la acertada reiteración de la música que inicia la obra, con el coro añadiendo un Amén final en los últimos compases.

No hay preludio ni introducción (Juan introduce su primer recitativo en el quinto compás de la partitura), y las dos partes tras el prólogo se abren con largos, hermosos y complejos solos de órgano, que evidencian que Schmidt dominaba también ese instrumento. Y la música tiene un gran impacto dramático, sirviendo con perfecta adecuación al que ya tiene el texto, que contiene majestad y devoción, pero también estremece por atemorizador. Al fin y al cabo, hablamos del juicio final, del fin del mundo, que no es precisamente una diversión. Sí, hay ecos aquí y allá del primer Schoenberg, incluso de su maestro Bruckner y de Wagner, pero la música, muy bien escrita y orquestada, es rica en expresión y contrastes, con pasajes muy emocionantes (el agradecimiento a capella del coro masculino sobre las palabras Te damos las gracias, oh Señor, Dios Todopoderoso, el que está ahí y estuvo, justo antes del recitativo final de Juan, es realmente sobrecogedor). Hay en El libro de los siete sellos grandeza, solemnidad (inicio y final de la obra), pero también pasajes acertadamente tenebrosos (sirva de ejemplo el de los tres trombones y la tuba que se inicia con el solo de mezzosoprano sobre las palabras La trompeta anuncia un gran mal, que culmina en un dramático, imponente coro fugado con trompetas sobre el juicio final).
Partitura de notable exigencia para coro y orquesta, para el organista (demandado como en pocas partituras sinfónico-corales) y, dentro del elenco vocal, para Juan, tenor que lleva la parte del león en la obra, con un texto que tiene componente de narración y de reflexión. Exige también un sólido constructor al frente, porque el ajuste es más que complicado (el agitado dibujo de violines y violas, en el comienzo del ¡Aleluya! Dad gracias al Señor, con escritura escalonada de dificilísimo, casi imposible encuadre a cierta velocidad, es solo un ejemplo de muchos) y la planificación de texturas dista de ser sencilla.
Luisi conoce al dedillo la obra, que ha interpretado recientemente con la Sinfónica de Viena, pero también antes con otras formaciones. Se reveló como el maestro de nítida intención y gesto claro y firme (sin batuta), que entiende perfectamente el discurso construido por Schmidt y sus múltiples facetas. Logró una interpretación de notable intensidad, rica en contrastes y emociones e indudable impacto emocional.
Obtuvo una respuesta plausible de la Nacional, con prestaciones destacables de la madera (oboe, flautas, clarinetes, fagots), y realmente extraordinaria por parte del organista Daniel Oyarzábal, magnífico en sus exigentes solos. Buena sonoridad de cuerda y metales, aunque algunos ajustes pudieron alcanzar mejor precisión. Los coros mostraron un notable empaste y capacidad de matiz (el pasaje a capella mencionado es un buen ejemplo), y brillaron con poderosa sonoridad en los momentos requeridos, tan solo con alguna tirantez de las sopranos en el precitado Aleluya.

El tenor Michael Laurenz encarnó un Juan de más convincente impacto dramático que brillantez vocal. La voz tiene estimable presencia, pero el timbre no se antoja particularmente grato. Comenzó con energía y entrega, pero su emisión, que parece algo forzada en el agudo, anticipaba la posibilidad de cierta fatiga en el tramo final, y así pareció ocurrir. El bajo Fischesser, situado junto a Oyarzábal en la consola del órgano, consiguió una apreciable solemnidad en su papel de La voz del señor (cuantitativamente mucho menos exigente que el de Juan), con una voz de suficiente presencia y correcta emisión. Destacó especialmente la soprano McClelland en un cuarteto vocal relativamente irregular. La suya es una voz bonita, con buena presencia y una línea de canto de irreprochable expresión. Más discretos la mezzo Stadler, de volumen no grande y no siempre bien ajustada con la orquesta, y el tenor coreano Tae Hwan Yun, el más flojo del cuarteto, con entonación no siempre precisa. Más correcto que deslumbrante el bajo Brent Michael Smith.
Éxito muy considerable para todos, con Oyarzábal recibiendo una de las mayores ovaciones, más que merecidas. Un hermoso concierto con una obra cuya marginación, dada su calidad, no parece justa. Hay por tanto que agradecer a la Nacional y al director de esta ocasión, Fabio Luisi, su programación.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


