MADRID / Exitoso retorno de Simone Young a la Nacional, con Mozart y Szymanowski

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 10-I-2025. Concierto sinfónico 10 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Directora: Simone Young. Tomislav Muzek, tenor. Director del coro Nacional: Miguel Ángel García Cañamero. Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Josep Vila i Casañas. Obras de W.A. Mozart y Szymanowski.
El primer sinfónico de los conjuntos nacionales de este año 2025 tenía a priori un par de ingredientes de interés. El regreso de la australiana Simone Young (Sidney, 1961) al podio de la orquesta por tercera vez, si no fallan mis cuentas, tras las visitas de los años 2019 y 2023, y la inclusión en el programa de la no muy escuchada pero imponente Tercera Sinfonía del polaco Karol Szymanowski, con una de las mejores sinfonías mozartianas (la nº 38 K 504 “Praga”) en la primera parte.
Como bien señala Irene de Juan en sus muy precisas y descriptivas notas, la Praga, obra de la mejor madurez de Mozart (1786, apenas cinco años antes de su prematura muerte) sorprende por un comienzo lento, rotundo y afirmativo, que pronto gira hacia un sombrío dramatismo, antes de que el allegro, luminoso y enérgico, presente ese contraste sombra-luz que, con otro estilo pero próximo carácter, encontramos, por ejemplo, en el primer tiempo de la Cuarta sinfonía de Beethoven. Sorprende también en la sinfonía mozartiana la construcción en tres movimientos, con omisión del tradicional minueto, y su sustitución por un extenso Andante de tinte más melancólico, con ramalazos de cierto dramatismo. El Presto, de una vitalidad y energía irresistibles, ofrece un vibrante cierre para una obra realmente magnífica dentro del corpus sinfónico del genio salzburgués.

En ámbito y dimensión bien diferente se sitúa la poco escuchada Tercera Sinfonía de Szymanowski, obra completada en 1916 sobre poemas del místico persa del siglo XIII Jalal ud-Din Rumi, traducidos al polaco por Tadeusz Miciński. Young defendía, en el video en el que presentaba este concierto, que escucharíamos en esta obra una suerte de mezcla de Debussy, con algo de Ravel y un poco de Bartók. Es cierto que el orientalismo que la impregna tiene puntos en común con los franceses, pero también, creo, como apunta De Juan, conecta bien con el simbolismo de Scriabin.
La obra, escrita en tres movimientos que se interpretan sin interrupción, requiere un gran coro mixto y una plantilla orquestal masiva: Flautín, 3 flautas, 3 oboes, corno inglés, clarinete en mi bemol, tres clarinetes en si bemol, clarinete bajo, tres fagots, contrafagot, 6 trompas, 4 trompetas, 4 trombones, tuba, cuerda, piano, celesta, órgano, 2 arpas y toda una panoplia de instrumentos de percusión que incluye timbales, platillos, bombo, caja, glockenspiel, triángulo, gong y pandereta. Hay una buena dosis de paz, no exenta de cierto misterio, en su comienzo, pero luego crece una luminosa, sugerente, casi hipnótica evocación de una paz muy especial, con un papel muy relevante del concertino (una figura de recurrente protagonismo en toda la obra) y ramalazos del orientalismo mencionado, muy palpable en el segundo movimiento. El tercero, que se inicia con las palabras del tenor Qué silencio, todo duerme… retoma por momentos el emocionante escalofrío del misterio inicial, incluyendo el protagonismo del concertino, pero alcanza un clímax exaltado para retornar, en el tramo final, a la tranquila paz del inicio.

Con la neoyorquina Marin Alsop (1956), a la que por casualidades programadoras escucharemos el domingo al frente de la Philharmonia londinense en el ciclo de Ibermúsica, Simone Young es la gran veterana entre las directoras, habiendo hecho la mayor parte de su carrera en épocas en las que ver a una mujer en un podio era un hecho realmente excepcional. Hoy, Young puede presumir de haber dirigido ya nada menos que la Tetralogía de Wagner en el Festival de Bayreuth, y también ha tomado dicha tarea, tras la baja de Christian Thielemann, en La Scala. A ambos fosos retornará el año próximo. Quien esto firma pudo ver la primera presencia de Young con la Nacional, en 2019, y debo confesar que en aquella ocasión su interpretación de la famosa Sheherazade de Rimski-Korsakov distó de deslumbrarme. Hay que aclarar que lo escuchado en la tarde del viernes ha resultado bien distinto.
De entrada, tomó algunas decisiones que se antojan muy juiciosas al afrontar la sinfonía mozartiana. La plantilla pareció muy razonable para la dimensión de la obra y la sala: cuerdas 12/10/8/6/4 y las prescritas parejas de flautas, oboes, fagots, trompas y trompetas, más los timbales. Se utilizaron trompetas naturales (albricias) y timbales de época. Las trompas eran modernas, decisión que cabe entender porque la diferencia tímbrica y en términos de balance está más condicionada por las trompetas (eso no lo digo yo, lo decía Harnoncourt). Quedó con ello clara una intención de acercarse a lo históricamente informado, algo que se confirmó en la limitación del vibrato de la cuerda.
Afrontó Young la dirección de la Praga sin batuta, con un gesto firme, decidido y atento, generalmente claro, y una buena planificación y plausible expresividad. Consiguió una notable claridad de planos y sacó buen partido de la incisión que consiguen las trompetas naturales, pero también del protagonismo que en muchos momentos tienen las parejas de fagots y oboes. Se respetaron todas las repeticiones prescritas, salvo (algo muy habitual, por otra parte) la de la segunda parte del Presto final. Pudo, qué duda cabe, haberse exprimido, ensanchado algo más la dinámica, sobre todo los reguladores, porque el contraste forte-piano pareció bien conseguido, y en general la matización pareció acertada y con excelente resultado expresivo. Esa imaginación que el mencionado Harnoncourt conseguía en acentos y crescendi pareció encaminarse en la línea correcta, pero pudo, es cierto, haber tenido más atrevimiento. Con todo, un Mozart de envidiable expresión y muy bien construido.

Respondió de forma excelente la Nacional, especialmente una cuerda bien empastada, ágil, capaz de articular con nitidez e impecable ajuste incluso los rápidos pasajes de tresillos en el Presto final. Excelentes igualmente las maderas y notables los metales. Alguna entrada mínimamente desajustada en el desarrollo del primer movimiento o puntuales asperezas de las trompas no empañan un rendimiento sobresaliente.
La gran plantilla orquestal y coral de la obra de Szymanowski, que además es partitura nada habitual requería un mando firme y bien organizado para un resultado satisfactorio, porque la planificación de las texturas dista de ser fácil, y menos (siento la insistencia, pero hay que recordarlo) teniendo en cuenta que el tiempo disponible para ensayo es el que es, y la cosa se complica aún más cuando lo que precede es muy conocido pero muy comprometido, como le ocurre a la sinfonía de Mozart.
Y Young, ahora con batuta, evidenció su veterana maestría gobernando la gran nave con ese mando firme, seguro y bien organizado que se requería. Se recrearon adecuadamente los climas dibujados por Szymanowski, especialmente el de los momentos iniciales y finales de la obra, y también en el más desenfadado y rítmicamente sonriente segundo tiempo. Respetó escrupulosamente el contingente prescrito por la partitura, y además del viento y percusión antes citados, recurrió a una cuerda de 16/14/12/10/8, como pide el compositor polaco. Pudo haberse conseguido (tarea nada fácil, por lo demás) algún pianísimo más adelgazado en la orquesta (y especialmente en las trompas) para que el hermoso discurso del concertino (estupendamente expuesto en esta ocasión por Valerie Steenken) llegara con la sutileza de acompañamiento que la música demanda, pero el clima pareció siempre el acertado, con un coro de gran impacto, también bien ajustado.
Manejó Young con acierto las numerosas inflexiones de tempo prescritas por Szymanowski, y dibujó con notable acierto el luminoso y sonriente Vivace scherzando, con una muy notable contribución para el dibujo rítmico de los percusionistas de la Nacional. Consiguió igualmente una convincente atmósfera en el final, desde el sugerente inicio sobre las palabras Qué silencio, todo duerme…, hasta el impactante clímax. De que se logró la atmósfera adecuada da prueba que, tras el tranquilo, casi desvanecido final, Young, brazos en alto, logró evitar que el aplaudidor impaciente rompiera la atmósfera.
Rindieron muy bien orquesta y coro, y cumplió con notable su relativamente breve pero no fácil cometido el tenor Muzek, de bonita voz lírica y presencia más suficiente que deslumbrante. No es esta sinfonía de Szymanowski obra que levante entusiasmos encendidos del público, entre otras cosas por ese desvanecido final, y por ello es quizá más destacable que el éxito fuera grande y merecido para todos, y especialmente para Young, ovacionada por la propia orquesta.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


