MADRID / Éxito de Levit y Gilbert con la NDR Elbphilharmonie

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 13-II-2024. Ibermúsica 23-24. NDR Elbphilharmonie Orchester. Director: Alan Gilbert. Solista: Igor Levit, piano. Obras de Bartók y Brahms.
La conocida en su momento como Sinfónica de la NDR, hoy renombrada como NDR Elbphilharmonie por ser la orquesta residente en esa moderna sala de Hamburgo, volvió al ciclo de Ibermúsica (se presentó por primera vez con esta empresa en 1977) tres años después de su última visita, con el mismo director que entonces, el estadounidense Alan Gilbert (Nueva York, 1967), que es su titular desde 2019. Orquesta que, conviene recordarlo, ha contado entre sus titulares con maestros de la talla de Günter Wand, y que sin duda es una de las más distinguidas formaciones del norte de Alemania. El solista de la ocasión, Igor Levit (Nizhni Nóvgorod, 1987), debutaba en el ciclo, aunque es ya conocido del público madrileño por otros conciertos ofrecidos en la capital.
Es de agradecer por parte de Levit, pianista siempre inquieto y nada convencional, la programación del Tercer Concierto para piano de Bartók, que no es el más programado de los conciertos pianísticos (aunque posiblemente sí entre los del compositor húngaro), y tampoco ha sido especialmente frecuente en el ciclo de Ibermúsica: apenas cuatro ocasiones, la primera en 1990 y la última hace seis años, cuando Javier Perianes lo interpretó con la Filarmónica de Múnich bajo la dirección de Pablo Heras-Casado.
Concierto compuesto en 1945, en los últimos meses de vida de su autor, que falleció sin poder completar la orquestación de los últimos 17 compases (su amigo Tibor Serly sería el encargado de completarla), y dedicado a su segunda esposa, Ditta Pásztory-Bartók, como regalo de cumpleaños. El lenguaje, sin abandonar la influencia de los temas populares húngaros tan característica de la obra de Bartók, tiene un carácter de ligereza casi cercana a lo neoclásico en su primer tiempo, un dibujo de solemne, reflexivo y ciertamente nostálgico coral en el segundo, y solo en el tercero despega hacia un impulso y vitalidad que suponen un marcado contraste con los dos movimientos previos y que incluso sorprende en alguien que lo escribió en sus últimos compases de vida.

Levit planteó un tempo relativamente ligero para el Allegretto, y lució a continuación sus virtudes de buena expresividad, finos matices y claridad de exposición, aunque su tendencia a los pedales largos evitó que la nitidez fuera la idónea en alguno de los pasajes más rápidos del primer tiempo. Hizo bien el ruso nacionalizado alemán en entender que el Adagio religioso, con ese coral de diseño sencillo, solemne, de indudable carga emocional, es en realidad, alejado de todo aparato, el verdadero centro de la obra. Lo expuso Levit con matiz exquisito, dibujando una atmósfera muy apropiadamente contemplativa, exprimiendo con acierto una dinámica ancha y bien graduada. Gilbert, que había ofrecido un acompañamiento atento y cuidado en el primer tiempo, se implicó aún más en este segundo, consiguiendo momentos de gran efecto, como el comienzo en pp, muy expresivo, o la larga pausa, bien respetada, justo antes de la entrada del solista.
El attacca prescrito por Bartók evitó, a Dios gracias, que las toses inundaran el final de este movimiento, como habían hecho con el primero (con sonrisa incluida de Levit ante el aluvión bronquial). Y fue en ese Allegro vivace donde Levit desplegó, con un tempo vivo, pero nunca exageradamente acelerado, una lectura de envidiable nervio y vitalidad, con estupendo impulso rítmico, que culminó con un final (Presto) brillante, de gran intensidad. Gilbert, como en el resto del concierto, se fundió con acierto en ese clima, ayudado por una estupenda prestación orquestal, con un timbalero que se lució en su capacidad de matiz en este movimiento.
Éxito grande de ambos, y Levit regaló una elegante y delicada lectura de la Romanza sin palabras Op. 30 nº 3 de Mendelssohn, un guiño sin duda a su reciente disco dedicado a una selección de estas piezas del compositor de Hamburgo.
La Primera Sinfonía de Brahms es no solo obra archiconocida, sino, al contrario que el concierto de Bartók, más que frecuentemente programada. De larga gestación por un Brahms que probablemente sentía aún el peso de la apabullante herencia de Beethoven, esta Primera Sinfonía es una maravilla que continúa emocionándonos una y otra vez.

No fue esta una excepción a esa regla. El neoyorquino Gilbert es un maestro de solidez indiscutible, que sabe construir, elaborar transiciones, graduar tensiones y exponer un discurso fluido con claridad y diferenciación de planos. Puede no ser el más ortodoxo de los directores, el más sutil de los orfebres sonoros, el más refinado artífice de matices o el más estéticamente exquisito en su gesto, que a veces se arrebata y parece deslavazarse, pero que resulta de eficacia y nitidez indiscutibles en la intención expresiva. Su Brahms tuvo esa cualidad de solidez desde un primer tiempo planteado con grandeza en el Un poco sostenuto y buena determinación en el Allegro subsiguiente. Pudo apreciarse en este movimiento, en el que se obvió la repetición de la exposición, una fina diferenciación de matices (f no era lo mismo que ff: parece de Perogrullo, pero no siempre es tan evidente), un acertado manejo de los reguladores y una intensidad notable.
Tuvo también el tempo justo el Andante sostenuto, bien cantado, matizado con exquisitez en el primer tramo, y se expuso con adecuada ligereza el Un poco allegretto e grazioso, bien animado. Sereno el Adagio inicial del último tiempo, muy medido en su inicio pero adecuadamente flexible en su pasaje más recitativo del pizzicato, que crea la tensión adecuada antes del più andante y la exposición subsiguiente, solemne, noble, del himno que encabeza el allegro non troppo, ma con brio final, que tuvo en su primer tramo más de lo primero que de lo segundo, pero que culminó en una coda tan exaltada como vibrante, en la que sí adquirió más peso la segunda parte de la indicación mencionada.
La orquesta confirmó la gran clase de muy sólida formación que ya mostró en su última visita, y que no es sino la continuación de una historia sobresaliente. Para situarnos, quizá está a un nivel algo inferior a la Filarmónica de Munich que escuchamos recientemente, pero queda, para el firmante, por encima de la Filarmónica de Dresde a la que vimos también hace poco en este ciclo. La cuerda mostró un empaste, redondez y brillantez de sonido envidiables, especialmente en su sección grave, y una amplitud de matiz sobresaliente. El concertino Stefan Wagner lució impecable afinación, matiz y belleza de sonido en sus solos del Andante sostenuto, movimiento en el que igualmente brillaron los solistas de oboe (Henrik Wahlgren), flauta (Yeojin Han) y clarinete (Gaspare Buonomano). Algún mínimo roce no empaña la notable labor de la solista de trompa (Claudia Strenkert), especialmente afortunada en la famosa llamada del cuarto movimiento que precede al Allegro non troppo. Estupendos los trombones y las trompetas, pese a una mínima anticipación de estas en alguno de los acordes finales.
La trepidación de este final brahmsiano, tan bien servida por Gilbert y la orquesta, eran la antesala de un éxito considerable. Y así fue. A las grandes ovaciones respondieron orquesta y director con otro regalo brahmsiano: la Danza húngara nº 5, ejecutada con exaltación, nervio y buen rubato. Brillante y jubilosa culminación de una velada notable.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


