MADRID / Excelente debut de Orozco Estrada con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 12-X-2024. Concierto sinfónico 3 de la temporada de la OCNE. Director: Andrés Orozco-Estrada. Sonja Leutwyler, mezzosoprano. Steve Davislim, tenor. Hanno Müller-Brachmann, bajo-barítono. Mendelssohn: La primera noche de Walpurgis op 60. Berlioz: Sinfonía fantástica op 14.
Bien armado el diseño del tercer concierto sinfónico de la temporada de los conjuntos nacionales, bajo uno de los hilos temáticos del ciclo: “romanticismo indómito”. Señala con acierto Rafael Fernández de Larrinoa, en las notas al programa, la conexión fáustica de las dos obras incluidas, con la de Mendelssohn basada en el poema de Goethe recreando un ritual pagano de adoración de la primavera, y la de Berlioz culminando en un aquelarre enloquecido la historia de un artista obsesionado por un amor no correspondido. Pese a esa cercanía argumental, e incluso cronológica (la obra de Mendelssohn, aunque estrenada mucho después en su versión final, se gestó poco después de que el francés estrenara su sinfonía en 1830), destaca también oportunamente Fernández de Larrinoa la distancia estética de estos dos compositores, ambos románticos, pero absolutamente diversos en sus propuestas musicales, que se tenían mutua consideración personal. La profesional era otra materia, y mientras el francés admiraba el talento del alemán, este se expresaba con contundencia negativa sobre la manera de componer del autor de la Sinfonía Fantástica.
La efusión contagiosa, siempre de una elegancia tan refinada como cálida en su llamada emocional, es evidente desde la impulsiva obertura de La Primera Noche de Walpurgis, una suerte de cantata profana que, sin embargo, es más intencionadamente contenida en su estética (con cercanía, como también apunta Fernández de Larrinoa, al Weber de El cazador furtivo), y evita las atrevidas transgresiones tímbricas y de orquestación de ese mago de la orquesta llamado Berlioz. Obra, en todo caso, de gran belleza (precioso, por ejemplo, el séptimo número, encargado al barítono y al coro, So weit gebracht). Y, con algunos momentos de cercanía coral a alguno de sus oratorios, siempre demostrativa del genial talento del compositor de Hamburgo.
La Fantástica, por su parte, es obra bien conocida del gran público. Partitura programática (subtitulada “episodios de la vida de un artista”), de magistral y desinhibida imaginación en todos los sentidos, lleva al oyente, en efecto, a todo un viaje por pasiones y amores frustrados, con ensoñación muchas veces enfebrecida y finalmente alucinada por el influjo del opio sobre el artista cuya historia se relata. Lo hace el francés a través de un lenguaje atrevido y de una orquestación de riqueza y variedad desconocidas entonces, pero de enorme impacto. Orquestación que, además, es tratada con una maestría excepcional, llevando al oyente en volandas a ese ambiente psicodélico que justifica el título de “Fantástica”. Partitura que, además, exige el máximo de director (el mismo Berlioz bien puede considerarse pionero en el asunto, y su ensayo sobre la dirección orquestal es, con pocas dudas, lectura obligada).

Como muestra bien vale un botón, y apenas empezado el primer movimiento, encontramos este párrafo, bien explícito, como nota al pie en la partitura de los violines (compás 17 del primer movimiento): “Los once compases que siguen son extremadamente difíciles; no puedo recomendar suficientemente a los directores que los hagan repetir varias veces y con el mayor cuidado, empezando por el cambio de tempo (más rápido) y terminando con el retorno del tema (Tempo I). Sería una buena idea hacer que los violines primeros y segundos estudiaran sus líneas por separado al principio, y luego con el resto de la orquesta, hasta que estén perfectamente seguros de todos los matices, que me parecen lo más difícil de obtener de una orquesta, con la conjunción y precisión adecuadas”. La indicación, que sólo es la primera de muchas, ilustra hasta qué punto Berlioz sabía exactamente lo que quería, y cómo hacía indicaciones expresas al director para los ensayos.
Afrontaba este programa el colombiano Andrés Orozco Estrada (Medellín, 1977), una de las batutas más prominentes de su generación, titular de la Sinfónica Nacional de la RAI de Turín, y recientemente nombrado (iniciará su labor en la temporada 25/26) director general de Música en Colonia y titular de la Orquesta Gürzenich de la misma ciudad (cabe recordar que esa posición la han desempeñado maestros como Wand o Conlon, entre otros). Hemos visto al colombiano con anterioridad en Madrid, aunque en otros ciclos, y sus visitas las contamos por éxitos. La batuta de Orozco Estrada es siempre ágil, intensa, implicada y más que suficientemente explícita. Sus conceptos tienen sólidos fundamentos y vive la música con energía, que transmite a sus músicos con evidente éxito.
Fue ello evidente en una vibrante obertura de La primera noche de Walpurgis, de contagiosa efusividad, uno de los mejores momentos de una interpretación en general notable, con momentos especialmente destacados en el séptimo número (coro de guardias), dibujado con buen impulso y nervio, en la solemnidad del octavo, una hermosa aria del sacerdote (barítono) y en el triunfal clima del número final. Respondió bien la Nacional, con agilidad en la complicada escritura de muchos momentos (la obertura, sin ir más lejos). Algún pequeño desajuste o ataque mínimamente adelantado no empaña una labor generalmente notable. Prestación también notable del coro, bien ajustado y matizado, aunque con alguna tirantez de las sopranos en el La agudo.

Materia distinta, me temo, es el asunto de los solistas vocales. Barítono y tenor se situaron arriba, a la izquierda, detrás de los violines, el primero, y a la derecha, tras los contrabajos, el segundo. La mezzo se situó delante, junto al podio del director. Más allá de la posible discusión sobre si esa ubicación “trasera” de barítono y tenor era la mejor, lo cierto es que la prestación del tenor Hubbard (bien es cierto que con un papel de menor entidad que el del barítono) pareció destemplada ya desde el inicio en el segundo número, con agudos congestionados, entonación imprecisa y un volumen pobre. Su segunda contribución, en el penúltimo número de la obra, apenas mejoró aquella primera impresión. La mezzo Leutwyler evidenció en el tercer número unos graves también destemplados, nada gratos, y con un paso a dicho registro no sólo demasiado evidente, sino un tanto áspero. Salvó los muebles para el trio solista el bien conocido barítono Hanno Müller-Brachmann, de voz noble y suficiente presencia, sin apuros en el registro agudo y con impecable expresividad. La suya fue, con diferencia, la mejor contribución de los tres (también era la participación de más peso). Acogida correcta pero no especialmente entusiasta para esta interpretación mendelssohniana.
La Fantástica, ya se dijo, se mueve en coordenadas bien diferentes. Quien firma este comentario tuvo la impresión de que Orozco Estrada decidió caminar desde una efusión controlada en el inicio hasta la enloquecida alucinación del aquelarre final, progresión plausible, desde luego, aunque muchas otras batutas optan por planteamientos más proclives a prontos desmelenamientos, con resultados de evidente impacto, igualmente plausibles. El primer tiempo, Sueños, pasiones, sonó bien, con aquellos once compases problemáticos antes mencionados razonablemente bien resueltos. Tras el Largo inicial, tuvo adecuado impulso el allegro agitato, pero quedó, al menos al que suscribe, la sensación de cierta tendencia al control, como si se frenara cualquier atisbo (también en cuanto a contención de tempo) de desbordar la pasión, algo que sólo apareció más desatado en el tramo final del movimiento. Acentos y contrastes quedaron más que adecuadamente destacados, con momentos muy destacables, como los ataques, de cruda intensidad, de la cuerda en el desarrollo de dicho movimiento.
Cierta contención controlada, como sujetando de nuevo las bridas de una pasión que no se quiere dejar desbordar, apareció también en el segundo tiempo, ese baile en el que, personalmente, hubiera agradecido algo más de libertad en algún momento, más allá del tramo último, en el que sí se dio más rienda suelta al arrebato pasional. Se empleó trompeta en este movimiento, aunque la última edición de las obras de Berlioz no la contempla (Bärenreiter). Excelente el tercer tiempo, Escena en los campos, con un magnífico solista de corno inglés y una no menos excelente respuesta del oboe en eco (situado en el lateral izquierdo del segundo anfiteatro). Estupenda respuesta de la orquesta aquí, con precioso canto de la cuerda en el motivo principal, enunciado inicialmente por el corno inglés, y magnífica contribución del clarinete.
Se emplearon, con buen efecto, trompas naturales en el inicio de la Marcha al cadalso, que llegó en una lectura rotunda, intensa, en la que lucieron especialmente metales, percusión y fagots. Pudo haber tenido tal vez algo más de misterio siniestro el inicio del movimiento final, pero los clarinetes se expresaron con la crudeza descarnada que reclama el carácter indudablemente sardónico pintado por Berlioz, algo que no queda deslucido por algún mínimo roce. Se situaron, como deben, las campanas fuera de escena para el Sueño de una noche de Sabbat, el movimiento en el que quizá Orozco Estrada dio más rienda suelta al alucinado desmadre. Respondió muy bien la Nacional, bien ajustada, ágil, redonda en la sonoridad y trepidante en el arrebato final. Quien firma de esto hubiera apostado por una gota más de enloquecido atrevimiento, pero esta cuestión, muy personal, no es óbice para apreciar como sobresaliente la interpretación escuchada. El éxito tras, el brillante final, fue muy grande para orquesta (con todos los solistas debidamente destacados por el maestro colombiano) y director, él mismo aplaudido por los músicos. Ha tardado mucho Orozco Estrada en visitar el podio de la Nacional. Pero como dice el refrán: nunca es tarde si la dicha es buena. Lo fue, creo, sin duda.
Rafael Ortega Basagoiti


