MADRID / Excelente concierto del carismático y polifacético Widmann con la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 25-X-2024. Concierto sinfónico 5 de la temporada de la OCNE. Director y solista: Jörg Widmann (clarinete). Weber: Quinteto para clarinete y cuerdas en si bemol mayor op 34 (versión para clarinete y orquesta de cuerda). Widmann: Danza macabra (estreno en España). Beethoven: Sinfonía nº 7 en la mayor op 92.
El gran protagonista del quinto concierto sinfónico de la OCNE era el polifacético Jörg Widmann (Munich, 1973), que nos ofrecía su triple faceta: compositor, director y solista. Es muy lógico que en esta última se decantara por una pieza de quien quizá ha sido el compositor mejor abogado del clarinete, Carl Maria von Weber. Y es interesante que, en vez de elegir uno de los conciertos o el concertino, se haya inclinado por la versión para clarinete y cuerdas del Quinteto op 34, coetáneo (1811-15) de la Séptima beethoveniana (1811) que centraba la segunda parte. El Quinteto de Weber, destinado (como las mencionadas piezas concertantes) al virtuoso Heinrich Bärmann, es música de luminosa y elegante efusión, llena de alegre colorido y hermoso canto, siempre dibujado con floreada brillantez, que alcanza su punto culminante en el festivo, pegadizo y espectacular rondó final. El clarinetista tiene siempre amplia ocasión para el lucimiento, no solo por los muchos pasajes en los que se demanda una articulación de felina agilidad, sino por aquellos en los que, además, se exigen matices sutilísimos.
Widmann hizo una verdadera exhibición del mejor virtuosismo, y lució una riqueza extraordinaria de matices y colores. Valga como ejemplo el delicadísimo ppp en el pasaje marcado a piacere en el segundo movimiento, y otro más, que se antoja casi imposible, sobre la escala ascendente justo antes del final de ese movimiento. Precioso el juguetón minueto (en realidad un scherzo, llevado con velocidad digna de la indicación Presto), y sonriente, de contagioso y alegre impulso, el precitado rondó final. Widmann se apoyó, con acierto, en el decidido liderazgo del concertino Miguel Colom en lo que al acompañamiento se refiere, y la orquesta respondió con prontitud y plausible ajuste general. Interpretación excelente de una música en la que no se adivinan conflictos, sino saludable y optimista expansión.

La primera parte se cerraba con el estreno en España de una partitura del propio Widmann, la Danza Macabra, encargo (como es frecuente en estos tiempos) de varias entidades: la OCNE, la Filarmónica de Radio Francia, la Filarmónica de Taiwan, la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo y la NDR Radiophilharmonie de Hannover, además de la emisora BBC Radio 3. El estreno mundial de esta pieza tuvo lugar en París el 10 de junio de 2022 por la citada Orquesta Filarmónica de Radio Francia.
Widmann emplea una plantilla notable pero no masiva de instrumentos de viento y cuerda, pero en cambio sí es generosa y variada la panoplia de instrumentos de percusión, incluido el infrecuente waterphone, cuyo sonido singular nos traslada al ambiente de las películas de terror. La obra, de unos 17 minutos, aprovecha esa rica variedad de percusión, y también las peculiares sonoridades (como las del aire con los instrumentos de metal) que explora, para crear un ambiente que nos lleva con facilidad a lo tenebroso. Contribuyen a ello efectos siniestros como el del inicio, con el piano percutiendo sobre el registro grave lo que parece una evocación del sonido de lóbregas campanas. Tampoco evita episodios grotescos, como el vals, que tiene también un punto escalofriante. Música sinfónica contemporánea relacionada con los difuntos, en vísperas de la fiesta que los recuerda, lo que parece algo oportuno. Y con alusiones casi cinematográficas a la magia (el guiño hacia una melodía que recuerda la famosa banda sonora de John Williams para Harry Potter es bastante evidente). Partitura interesante, con muchos momentos de bella factura (a los citados habría que añadir algún pasaje fugado) aunque con otros en que la tensión parece decaer algo. Como a lo largo de toda la velada, Widmann dirigió su composición con la contagiosa energía que siempre destila, y la Nacional respondió con brillantez a su demanda. Efectista, pero eficaz, el detalle de apagar la luz del escenario sobre el contundente último acorde. La acogida dispensada a este estreno en España bien puede considerarse notable por parte del público.

Sobre la Séptima de Beethoven, poco hay que decir a estas alturas. Una sinfonía que nos hace vibrar de principio a fin, con una energía rítmica contagiosa que empieza en el primer movimiento pero nos pone al borde de la silla en el último, y que cuenta además con la bellísima construcción del famoso (y en su momento tan repetido como propina) segundo tiempo, del que Bernstein solía decir que “lo interesante ocurre debajo de la voz principal”, referido a que, en el inicio, es el juego de violines II, violas y cuerda grave el que lleva el grueso del mensaje, mientras los violines I, cuando se incorporan como voz superior, dibujan el ritmo sobre la misma nota. La Séptima se encuentra, con toda justicia, entre las más populares y celebradas del ciclo beethoveniano. Es difícil resistirse a la energía que contiene.
Ocasión para comentar aquí la tercera faceta ofrecida ayer por Widmann: la de director. El muniqués es, sin duda, todo un personaje. Y un personaje singular. Irradia entusiasmo y energía vital, tiene un magnetismo y simpatía especiales, y todo ello son armas importantísimas para alguien que se sube al podio, y más en los tiempos que corren. Es, además, muy buen músico, otra cualidad imprescindible. Lo que no es Widmann es un director ortodoxo, un maestro comme il faut. Su gesto, nervioso, marcó con precisión en su propia (y no fácil) composición, algo muy lógico. En la sinfonía de Beethoven, los brazos (no usó batuta en ningún momento) se movían arriba y abajo con más amplitud que precisión, y en la expresión máxima de lo que podríamos llamar lenguaje corporal integral, bailaba y saltaba a menudo sobre el podio. Más allá de que, para algunos, tal estética resulte simpática y hasta divertida, o a otros irrite por excesivamente informal, el bávaro consigue sin duda su propósito de arrastrar a la orquesta, aunque lo logre, sin duda, de forma poco o nada ortodoxa, y en más de una ocasión sacrificando la claridad de la indicación de ataques o entradas justamente por esa heterodoxia. Entre otras cosas, al menos para el firmante, podrían omitirse las abundantes y ruidosas patadas en el podio. Una, dos, producto del entusiasmo desbordado, pueden aceptarse. Una docena (o más, no las conté, la verdad) resulta algo excesivo.
El resultado de esta mezcla tan especial es que lo que escuchamos tuvo, como cabría esperar, muchas cosas excelentes, y otras (menos, desde luego) no tanto. Widmann se acerca a la Séptima desde presupuestos en los que hay guiños a lo históricamente informado, entre ellos la restricción del vibrato en las cuerdas y, respecto a tiempos pasados, una plantilla de cuerda relativamente limitada (me pareció contar 12/10/8/6/4) para los más masivos estándares que se usaban antes, especialmente en lo tocante a la cuerda grave, además de un planteamiento de tempi que se acercó, especialmente en los dos últimos movimientos, a la velocidad frenética prescrita por el gran sordo (bien que siempre hay que tener en cuenta que las velocidades en cuestión estaban pensadas para los instrumentos de entonces, algo que afecta muy especialmente a los de cuerda).

Pero Widmann, ya se apuntó antes, es un director intenso. Y no cabe duda de que, intensidad, hubo en buenas dosis en su interpretación, bien planteada, con acentos de indudable incisión, energía a raudales y empuje rítmico envidiable. Si hay algo que brille por encima de todo en esta obra es el ritmo, y en manos de Widmann, el ritmo tuvo evidente protagonismo. Manejó con acierto reguladores y dinámicas, con crescendi de muy notable impacto, contrastes acertados y buena tensión en las pausas prescritas por Beethoven. Sirva como ejemplo el muy bien conseguido ppp antes del retorno último del Presto en el tercer movimiento. Entre los momentos más afortunados hay que anotar también el ímpetu conseguido en el desarrollo del primer movimiento (no hubo, no se por qué, repetición de la exposición) y la contagiosa trepidación del último, este llevado a fulgurante (pero muy cerca de la prescrita) velocidad, además de un segundo tiempo muy bien dibujado, con la cuerda consiguiendo exquisitos matices en el tramo inicial.
En el lado menos bueno hay que anotar algún ritardando que, además de no prescrito, pareció excesivo, y algunos ataques de precisión mejorable (los últimos acordes del tercer tiempo no resultaron del todo ajustados, quizá porque el gesto de Widmann era más entusiasta que diáfano). Al margen del aspecto interpretativo, tengo el penoso deber de anotar que el criminal del móvil compareció de nuevo. Atentó sin piedad contra el pasaje más piano en el comienzo del bellísimo segundo tiempo. Lo hizo, además con alevosía, porque cuanto más apianaba la cuerda, más crecía en intensidad el hiriente timbrazo. Maldije unas cuantas veces al autor del asalto sonoro.
Respondió la Nacional muy bien a la agitada demanda de Widmann, con una prestación, como ya nos tiene acostumbrados, de excelente nivel general. Pudo haber, en los momentos de más trepidación, algo más de redondez en algún ajuste, pero se trata de minucias en una interpretación en la que hay que quedarse con su envidiable intensidad. Widmann preparó con acierto la coda final, aunque quien esto firma hubiera agradecido un poco más de peso en la cuerda grave, de papel tan importante en la estremecedora construcción de la conclusión de la sinfonía.
El voltaje era, en todo caso, muy alto, y el éxito fue muy grande. Widmann, siempre cercano y simpático, se metió a orquesta (que le ovacionó con calor) y público en el bolsillo por igual. Un personaje singular, como dije. Y lleno de un carisma envidiable.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


