MADRID / Excelente apertura de la temporada de la OCNE

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 22-IX-2023. Concierto sinfónico 1 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Frank Peter Zimmermann, violín. Anush Hovhannisyan, soprano. Pavel Petrov, tenor. Anatoli Sivko, bajo. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Director: David Afkham. Obras de Elgar y Rachmaninov.
Se inició de forma brillante la nueva temporada de la OCNE. Lo hizo, además, con novedad “de imagen” que seguramente agradeció el respetable. El director titular y artístico, David Afkham, junto al director técnico, Félix Palomero, el del Coro, Miguel Ángel García Cañamero y algunos componentes de la OCNE, estuvieron un buen rato en la entrada del hall principal, saludando aficionados y hasta haciéndose fotos con ellos. Sí, suena a marketing, pero bienvenido sea el marketing cuando se tienen gestos como ese. Las dos obras que componían el primero de los conciertos sinfónicos de esta temporada vienen enmarcadas en el tercero de los hilos conductores del ciclo, el “sinfonismo crepuscular”.

El Concierto para violín de Elgar nació por impulso del virtuoso Fritz Kreisler, y se estrenó por él mismo, con el compositor en el podio, en 1910. Tiene la reputación de ser uno de los más difíciles del repertorio para violín, algo que pudo apreciarse bien pronto y luego a lo largo del prolongado curso (infrecuente en los conciertos con solista: por encima de los tres cuartos de hora). Con algún que otro vaivén de aceptación, como toda la obra de Elgar, el Concierto para violín se ha mantenido bien instalado en el repertorio, pero es desde hace algunas décadas cuando parece vivir una creciente popularidad. La obra es decididamente luminosa, aunque no aparatosa, llena de poesía, pero también de efusión, y brillante en la escritura solista, aunque, sobre todo en el primer movimiento, a algunos les puede resultar por momentos algo reiterativa. No extraña, en todo caso, su éxito inmediato en el estreno… en contraposición con lo ocurrido con el Concierto para violonchelo, que, como veremos en su momento (lo escucharemos en unas semanas en este mismo ciclo de la OCNE), tiene una carga emotiva bien diferente, y, para su desgracia, fue malogrado por un desastroso estreno, tras el que cayó en el olvido, hasta que más tarde quedó oportunamente reinstalado en el lugar que le corresponde por la inolvidable Jacqueline Du Pré.
Cabe imaginar pocos apóstoles más cualificados para defender con éxito la espinosa partitura elgariana, erizada de toda suerte de dificultades, que el veterano violinista alemán Frank Peter Zimmermann (Duisburgo, 1965), bien conocido de la afición española y firmemente instalado, en lugar privilegiado, en la elite mundial de los violinistas. Tiene Zimmermann todo lo necesario para salir triunfante del reto: sonido bello, redondo, lleno, rico en colorido, abundante en matices, y de granítica solidez en cuanto a afinación, aunque quizá no especialmente poderoso en el volumen. El arco ágil y preciso, una articulación exquisita y un sentido artístico excepcional redondean una somera descripción de un violinista de grandísima clase.
La acreditó el germano, como cabía esperar, con una interpretación sensible, cuidada, rica en la expresión y de una excepcional precisión en el sorteo de los innumerables obstáculos técnicos planteados. Ya dejó evidencia en su entrada, de exquisita expresividad, tras la muy larga introducción orquestal, pero también en su cuidada presentación del segundo motivo, dicho con una honda dulzura. Trepidante el final del primer movimiento, primorosamente cantado el segundo, nuevamente matizado de manera extraordinaria. Apabullante el virtuosismo del tiempo final, en el que la exigencia es máxima, culminado en una cadencia acompañada realmente formidable, tanto en la asombrosa ejecución como en la estupenda solidez musical demostrada.
No tenían Afkham y la Nacional, con su joven concertino Valerie Steenken al frente, una labor fácil. El concierto elgariano está plagado de inflexiones agógicas y cambios de tempo. No es, además, partitura especialmente frecuente en el repertorio de nuestras orquestas. Encajar un acompañamiento para este concierto largo y complejo, con la deseable precisión y sensibilidad, teniendo en cuenta que (ya lo hemos comentado en otras ocasiones) el tiempo de ensayo no sobra en esta era, tiene más mérito del que parece. Y hay que otorgárselo a Afkham y sus músicos, que consiguieron un acompañamiento cuidado, preciso, atento y muy bien encajado con el solista. El público, que pobló el auditorio con una excelente entrada, acogió con calor la interpretación de solista y orquesta, pero Zimmermann, quizá por la larga dimensión de la obra, optó por no dar propina alguna.

Junto a este brillante y extenso concierto, que ocupaba más de la mitad del programa, un “exuberante oratorio profano” (en palabras del artículo introductorio de la temporada, firmado por David Afkham y Félix Palomero, directores titular-artístico y técnico de la formación) de Serguei Rachmaninov, Las Campanas, que, además de enmarcarse en el mismo hilo conductor mencionado, sirve también al propósito de la efeméride que este año se conmemora del compositor: el 150 aniversario de su nacimiento. En 1913, muy poco antes de que estallara la primera conflagración mundial (que impregnaría con contundencia el antes mencionado Concierto para violonchelo de Elgar, escrito poco después), escribía Rachmaninov esta “sinfonía coral” sobre el poema homónimo de Edgar Allan Poe. De duración inferior (poco más de media hora) que la del Concierto de Elgar que ocupaba la primera parte, la obra es, sin embargo, de masiva dimensión: coro mixto, trío de solistas vocales y una orquesta con contingente que habla por sí solo: flautín, 3 flautas, 3 oboes, corno inglés, 3 clarinetes, clarinete bajo, 3 fagots, contrafagot, 6 trompas, 3 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales, 4 campanas tubulares, glockenspiel, triángulo, pandereta, caja, platillos, bombo, gong, piano vertical, celesta, arpa, órgano ad libitum (no empleado en esta ocasión) y cuerda. Total, nada.
Como señala oportunamente Irene de Juan en sus precisas notas al programa, el poema de Poe (y más tarde Rachmaninov en su música) “evoca cuatro situaciones vitales a partir del sonido de campanas con el que se vinculan: la infancia, a través de las campanillas de los trineos; la juventud y el amor, a través de las campanas de boda; el terror y el miedo a través de las campanas de alerta ante un incendio; y la muerte, a través del toque fúnebre”. Toque que, como destaca De Juan, se torna en un canto sereno a la redención y la esperanza en el último tramo de la obra.
Las campanas es una partitura espectacular en muchos momentos, y su masiva orquestación no facilita las cosas a director e intérpretes en cuanto a la transparencia. La textura impuesta por Rachmaninov pone a los solistas, especialmente a los dos masculinos, en situaciones de auténtica batalla por el volumen, cuando han de intervenir conjuntamente con orquesta y coro, ambos con ff prescritos. Hay en su música esa “exuberancia” antes apuntada, muy especialmente en los movimientos primero y segundo, pero también ecos de Musorgski (en algunos momentos del segundo, y sobre todo del tercer movimiento). Son quizá, aunque eso es opinión muy personal, los tiempos segundo y cuarto los más conseguidos, y quizá sea el primero, más decididamente aparatoso, el menos atractivo.
Afkham dibujó una interpretación que no rehuyó, más bien al contrario, la espectacular brillantez de la obra. Animado, juguetón el primer tiempo, con el coro, bien empastado, un punto estridente en los fortissimi. El tenor Pavel Petrov tiene una voz de estimable color que maneja con corrección, pero que queda corta de presencia y volumen. Fue el evidente perdedor cuando intervino junto a coro y orquesta en forte, porque básicamente quedó sepultado por estos. Bien delineada la “melancolía y solemnidad” (palabras de Irene de Juan en sus notas) del segundo movimiento, con cuidada prestación orquestal y coral. La soprano armenia Anush Hovhannisyan, evidentemente la mejor de los tres solistas vocales, lució una muy bonita voz en este movimiento, y matizó con un gusto exquisito, con una línea de canto de cuidada sensibilidad. La evidenció también la orquesta, siempre bajo el mando preciso y musical de su titular, con un final de fina delicadeza dibujado por clarinetes y cuerda.
Inquietante, tenso el trepidante tercer tiempo, muy vivo, con más precisión orquestal que coral (algún momento un punto calante de los tenores), pero siempre con gran intensidad, muy especialmente en el vibrante final. Quizá lo mejor de la obra, y de la interpretación, junto al antes mencionado segundo tiempo, fuera el último. Contribuyó a ello la cuidada dirección de Afkham, apropiadamente oscura y lúgubre en su inicio, y adecuadamente serena y esperanzada en el tramo final. Una maravilla (a la que ya nos tiene acostumbrados) la prestación del solista de corno inglés (José María Ferrero) en el inicio de este movimiento, y también muy notable la del bajo Anatoli Sivko, de voz bonita y con presencia suficiente, aunque como su colega Petrov, también sufrió las consecuencias cuando coro y orquesta tenían algún ff junto a él.
La OCNE volvió a evidenciar su excelente momento, con una prestación general sobresaliente, respondiendo con sobresaliente precisión al mando atento, preciso y claro de su excelente director titular y artístico. El público así lo entendió, acogiendo con calurosas ovaciones la brillante interpretación escuchada. Un excelente comienzo de una temporada que se antoja muy atractiva.
Rafael Ortega Basagoiti


