MADRID / Estupendo tándem Hrusa-Gabetta, con la Sinfónica de Bamberg

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 26-I-2026. Ibermúsica 25-26. Orquesta Sinfónica de Bamberg. Director: Jakub Hrusa. Solista: Sol Gabetta, violonchelo. Obras de Smetana, Elgar y Dvorák.
Volvía el curso de Ibermúsica tras el parón navideño y, como hace tres años, lo hacía de la mano de la Sinfónica de Bamberg con su sobresaliente director titular, el checo Jakub Hrusa, en esta ocasión con la participación solista de la violonchelista argentina Sol Gabetta, coetánea del director (ambos nacidos en 1981), y a quien hemos disfrutado también en este ciclo (la última ocasión, con esta misma orquesta y director, justo antes de la terrible pandemia de 2020).
Aunque el concierto (como la mayor parte de los de esta serie) seguía el diseño tradicional de obertura-concierto-sinfonía, hay que aplaudir el hecho de que la primera y la última ofrecidas ayer rara vez se escuchan en vivo. Tan rara vez que, de hecho, tanto la Obertura de la ópera Las dos viudas de Smetana como la Quinta sinfonía de Dvorák aparecían por primera vez en Ibermúsica. No es poco decir en cuanto a novedad, en un ciclo con más de medio siglo de existencia. Sin duda se nota el influjo checo de Hrusa.
La Obertura de Las dos viudas es mucho menos conocida que la que más se escucha del compositor checo, La novia vendida, pero tiene, salvo en una breve y más cantable sección central, un nervio, vibración y energía que poco tienen que envidiar a los de su más popular hermana. Un comienzo de esos que espabilan al personal, algo que no venía mal en un día tan gris y lluvioso como el de este lunes. Vaya si lo logró Hrusa, que confirmó las impresiones anteriores de ser un magnífico director, cuya progresión no extraña: esta temporada inicia su mandato al frente de la Royal Opera londinense, y en 2028 asumirá el relevo de Semyon Bychkov al frente de la Filarmónica Checa. Con mando firme, seguro, bien equilibrado y asegurando siempre la intensidad adecuada, sacó el mejor partido de una orquesta muy notable, que parece, además, estar mejorando bajo su mando. La formación bávara pareció perfectamente ajustada en la eléctrica interpretación de la alegre obertura de Smetana, que fue toda una carta de presentación.
Bien distinto es el carácter del Concierto para violonchelo de Elgar. Disculparán los lectores la auto cita, porque sobre la obra escribió quien esto firma cuando la Orquesta Nacional, con Sheku Kanneh-Mason al chelo, puso esta obra en los atriles en noviembre de 2023. Cabe reiterar lo apuntado entonces: el Concierto de Elgar, escrito en el triste ambiente de la posguerra tras la primera contienda mundial, se inclina por un clima decididamente contemplativo, elegíaco, desde el doliente inicio hasta el recuerdo, poco antes del final de la obra, al emotivo tercer tiempo. Hay fogonazos más luminosos, pero no dejan de ser eso, fogonazos, inmersos en una suerte de poema del lamento que el compositor británico cierra con una pretendida afirmación que es, en realidad, más un anhelo de dejar atrás, por superada, la amargura de la gran guerra.
Es bien sabido que el estreno (dirigido por Elgar a la Sinfónica de Londres) fue un fiasco memorable (así lo cuenta la propia orquesta inglesa), porque el director del resto del programa (Albert Coates) copó todo el tiempo de ensayo y dejó que la obra de Elgar llegara menos que prendida con alfileres. La aceptación de la obra se vio resentida por lo que se calificó como “desastre”, y fue la gran Jacqueline Du Pré, autora de una legendaria grabación de la obra bajo la batuta de John Barbirolli, quien prácticamente recuperó para la obra el lugar que merece. Barbirolli, por cierto, había participado en aquel desafortunado estreno como violonchelista de la orquesta (no violinista, como se dice erróneamente en el programa de mano).
Con ocasión de la mencionada última visita de Sol Gabetta al ciclo de Ibermúsica en 2020, nos referimos a ella como una artista de sonido bellísimo, no grande en el volumen (a veces, de hecho, un punto corto en los ff, lo que de hecho estrecha el rango dinámico, aunque los pp sean de una delicadeza estremecedora), pero técnicamente extraordinaria, con un arco siempre ágil y seguro, y afinación exquisita, incluso en el incómodo registro agudo, que Elgar cultiva con frecuencia. Y también un canto que siempre consigue una intensidad expresiva sobresaliente. Cualidades de expresión todas ellas que convienen especialmente a un concierto como este.
Y, en efecto, la violonchelista argentina consiguió el clima adecuado desde el bien recitado comienzo, cantado con doliente emotividad. Articuló con nitidez los pasajes rápidos del Allegro molto en el segundo movimiento, tras una bien dibujada introducción (Adagio), y sacó el mejor partido del movimiento más emocionante, el tercero, un Adagio que llegó con expresión de profundo sentimiento doliente, planteado con exquisitos, delicadísimos matices piano. Música de intensa emoción y belleza, interpretada con calidez por Gabetta, que también lució hermosos contrastes en el movimiento final, con muy bien trazados recitativos y cadencias y un precioso diálogo con los chelos (para quien esto firma, la mejor sección de una orquesta que evidenció un muy alto nivel) en el Allegro, ma non troppo. Logró Gabetta, pese a los contrastes bien planteados, que siempre estuviera presente ese carácter contemplativo, elegíaco, que domina la obra entera. Hrusa, siempre atento y muy compenetrado con la solista, acompañó con tanta precisión como cuidado y equilibrio.
La estupenda interpretación fue acogida con comprensible entusiasmo del público, y la argentina ofreció un hermoso regalo: un arreglo, acompañado por la sección de violonchelos de la orquesta, de la segunda de las Piezas en estilo popular op. 102 de Schumann, un Langsam en el que Gabetta lució esa bella sonoridad y exquisito canto y matiz que la caracterizan.
Son muchos quienes consideran, no sin razón, que en el ciclo sinfónico de Dvorák hay, más que una esperable y lógica evolución, muy acusadas desigualdades. El genio creador del gran músico checo brilló de manera muy especial en las extraordinarias creaciones de las tres últimas sinfonías, y también, aunque en menor medida, en la Sexta. Las cinco primeras son mucho menos apreciadas y frecuentadas, y no falta cierta lógica en ello. Incluso un compatriota tan poco sospechoso como el gran Rafael Kubelik confesó que, cuando grabó el ciclo para DG, incluyó la Primera sinfonía por la presión de la discográfica para que el ciclo estuviera íntegro, pero que, hablando en plata, le parecía una composición bastante mediocre (especialmente teniendo en cuenta lo que su autor creó años después).

La Quinta es una obra en la que luce el gran talento melódico del compositor checo, su capacidad para crear motivos de gran belleza, luminosidad y elegancia, con una carga lírica envidiable. Música placentera, a menudo vibrante, siempre dispuesta al vigor rítmico (el bonito allegro scherzando, posiblemente el más logrado de la partitura, es un buen ejemplo) y de notable e inmediato encanto. Otra cuestión es que, más allá de esas virtudes, el Dvorák de esta sinfonía consiga elaborar tan bellos materiales de partida con la riqueza, imaginación, intensidad y redondez conseguida en las tres últimas sinfonías del ciclo, obras maestras donde las haya. Creo que, siendo como es una obra apreciable, la Quinta queda por detrás de esas hermanas más maduras de la serie.
Con todo, es difícil imaginar una interpretación que extraiga más y mejor partido a la obra que la escuchada ayer de la mano de Hrusa y la Sinfónica de Bamberg. Servida con tanta convicción como intensidad, riqueza de expresión y matices, dibujo rítmico preciso y vibrante, y sensibilidad extraordinaria para el canto (magnífico el de los chelos en el comienzo del Andante con moto), la Sinfonía alcanzó su mayor intensidad en el rotundo, enérgico final, con acentos incisivos y brillante realización de una conclusión que se antoja algo prolija en la escritura del compositor checo. Hrusa, siempre preciso, implicado y de nítida intención, consigue siempre esa intensidad especial en esta música, que llega al público con fácil inmediatez.
La especial luminosidad de esta vibrante música despierta rápidamente el entusiasmo. Lo hizo también en esta ocasión, porque la respuesta de la orquesta, en todas sus familias, fue sobresaliente. Cuerda empastada, especialmente brillante en unos chelos extraordinarios, madera muy notable y metales (especialmente trombones y trompetas) redondos y poderosos. Hrusa no hizo esperar el regalo. Más Dvorák: el final de su Suite en La mayor op 98b, otra ocasión para esa especial luminosidad del compositor checo. Un muy buen comienzo del 2026 en Ibermúsica.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Marian Lenhard)


