MADRID / Estupendo homenaje de Jan Lisiecki al ‘Preludio’ para abrir el Ciclo de Grandes Intérpretes

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 23-IX-2025. XXXI Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Jan Lisiecki, piano. Obras de Chopin, Bach, Rachmaninov, Szymanowski, Messiaen y Gorecki.
Volvía el joven canadiense Jan Lisiecki (Calgary, 1995) a inaugurar el ciclo de Scherzo tras su última comparecencia (justo antes de la pandemia, en enero de 2020). Tuve entonces la oportunidad de entrevistarle (Scherzo, nº 359, febrero 2020) y comprobar que estábamos ante “un joven abierto, inteligente, con los pies en el suelo, humilde pero determinado, con las ideas clarísimas”. Lisiecki ha sumado en estos años, lógicamente, peldaños en una carrera que ya había conocido hitos importantes (sin el empujón de triunfos en concursos relevantes). Quien esto firma tenía curiosidad por verle de nuevo, aunque por otra parte confieso que sentía una inevitable punzada personal. Aquel concierto de Lisiecki en 2020 fue el último al que me acompañó mi hermano antes de que la pandemia nos lo arrebatara dos meses después.
El programa en esta ocasión era prácticamente idéntico al de su último disco para DG, con la inclusión añadida de los tres primeros Preludios que componen el op. 1 de Karol Szymanowski. Ya saben los aficionados, hace tiempo, que si antes la práctica era rodar un programa y después grabarlo (hay quien, como Bychkov, continúa haciéndolo), ahora lo que se estila es lo contrario. Primero se graba y luego se promociona. Para prevenir alguna confusión o despiste, quizá hubiera convenido precisar (igual que se hizo con Gorecki, de quien se especificaban los Preludios 1 y 4 en el programa), que de Messiaen solo se interpretarían tres de los ocho Preludios, como también que de Szymanowski solo se escucharían 3 de los nueve de ese op. 1.
En todo caso, se nos daba la oportunidad de disfrutar un curioso y variado homenaje al Preludio desde diversas perspectivas, y se pudieron escuchar algunas piezas no habituales (las mencionadas de Messiaen y Gorecki, sin duda, pero también las de Szymanowski, no tan frecuentes entre las suyas) junto a las mucho más conocidas de Bach, Chopin o Rachmaninov. Entre los grandes autores de preludios, solo podía quizá echarse en falta a Debussy y a Scriabin.
Recorrido que mostraba la versatilidad del canadiense, pero también su inquietud y determinación. Como señalaba en aquella entrevista, Lisiecki asume riesgos. Lo hace ya desde ese programa nada convencional, lleno de contrastes y ordenado con un ánimo bien pensado de continuidad de climas (bien que para servirla adecuadamente, alguna interpretación pareciera relativamente atípica) pese al cambio de estilos y compositores. Y esa personalidad, como ya hemos apreciado en otras ocasiones, se muestra también en las interpretaciones. Ya lo declaraba entonces: sigue la máxima de Gould. Si no siente que tiene algo diferente que decir en una obra determinada, simplemente no entra en ella. Y en cuanto al planteamiento, también hay riesgos. No duda Lisiecki en arrojarse a velocidades supersónicas en algunos momentos. Pueden, a más de uno (me incluyo), parecer en algún momento excesivas, y tal vez en algún momento se agradecería un punto más de contención, por conseguir un nivel más de claridad. Tampoco duda en mostrar un poderío apabullante (esos sffff que demanda Rachmaninov en su op. 3 nº 2) ni en adelgazar algún pianissimo hasta el límite de lo audible.
Pero caben pocas dudas, creo, de que la intensidad obtenida, la variedad de matices (raramente la reiteración de una frase o motivo era repetida con literalidad: siempre aparecía alguna inflexión o dinámica que la diferenciaba) y la riqueza de expresión que nos llega son del mayor interés. Pudo sorprender, aunque en cierto modo podía considerarse un guiño significado a la colección con la que se cerraba el recital, que el inicio fuera con el Preludio op. 28 nº 15, uno de los más conocidos de la serie chopiniana, que sería repetido cuando la colección completa se interpretó en la segunda parte. Ese Preludio nos llegó con expresión sencilla, contenida, sin exageración alguna en el rubato, muy limitado, con apenas un ritardando acentuado en un par de compases justo antes del tramo final. Y, sin embargo, la fina matización, la cuidada sonoridad (otra de las preocupaciones del canadiense) consiguieron la emoción necesaria.
Agitada, casi inquietante expresión después en el Preludio en la bemol mayor op. post (KK IVb/7) también de Chopin y, sin solución de continuidad (de hecho, con esa suerte de ilación expresiva antes aludida), un casi sorprendente acercamiento al Primer Preludio del Libro I del Clave bien temperado. Ligero y sin reticencia a exprimir las posibilidades de matiz del piano. El primero de los Rachmaninov ofrecidos (op. 23 nº 3) llegó con gracejo y alegría, pero también con energía y claridad en su segunda parte. Excelente. Los tres primeros Preludios de la serie de Szymanowski confirman la confesión del propio compositor (que escribió la serie al final de su adolescencia), recogida por María del Ser en sus excelentes notas al programa. Esa adolescencia la vivió “como un sufrimiento verdaderamente insoportable, agonizante y constante; […] involuntariamente, me embarqué en esta desagradable y espantosa aventura de la vida, llena de terribles sorpresas”. Música, sin duda, impregnada de una poesía dolorosa, de un aliento melancólico singular, especialmente perceptible en el segundo, dibujado con exquisita expresión por Lisiecki. Emocionante el tercero, con un magnífico efecto de resonancia en las octavas graves, que sonaron, como demandaba el compositor, como ecos de campana.
Y llegaron los tres primeros Preludios de Messiaen: La Colombe, Chant d’extase dans un paysage triste y Le nombre léger. Lisiecki se sumergió en ellos con su proverbial convicción, y nos llevó desde la etérea levedad del primero al sereno y doliente éxtasis del segundo y el saltarín encanto del tercero. Magnífica interpretación, y nuevo salto, sin solución de continuidad, a otro Chopin, el Preludio op. 45, expresivo, pero sin lugar al amaneramiento. Modélica la reacción del canadiense ante el nuevo atentado del criminal del móvil (las temporadas cambian, los asaltos, no), que sonó, bien inoportuno (y con desquiciante tardanza en silenciar el artilugio), justo antes de la cadencia de dicho Preludio. Lisiecki decidió aprovechar la pausa antes de la cadencia, y solo la inició cuando el fulano (porque no merece otro nombre) se decidió a callar al intruso. La irritante interrupción no impidió a Lisiecki dibujar un precioso final. Tremendo el siguiente Rachmaninov, el famoso op. 3 nº 2, solemne, grandioso y apabullante. Si, el agitato central hubiera podido tener también una energía envidiable con algo menos de velocidad, pero la trepidación de lo escuchado admite poca discusión.
Trepidación que siguió con los dos Preludios de Gorecki, a cuál con más tensión, sin concesiones, con unos contrastes brutales y fogonazos de una contundencia tremenda. No daba respiración, y siguió sin darla. Apareció entonces el segundo Bach (Preludio nº 2 del mismo libro del Clave bien temperado). La conexión con lo anterior pareció muy conseguida, aunque quien esto firma cree que el precio fue, en esta ocasión, excesivo. Ante el frenético tempo escogido (cierto que Bach no indica nada al principio) no pude evitar pensar “verás cuando lleguen los últimos compases, en los que Bach sí demanda un cambio a Presto”. Y efectivamente, lo que ocurrió es que prácticamente no hubo cambio ni contraste en ese momento. La velocidad desplegada era tal que tampoco cabía acelerar mucho más. Se perdió así el contraste que sin duda buscaba el Cantor. Bach indicaba pocas veces cosas como esa, pero cuando lo hacía era porque buscaba un contraste con lo anterior, que esta vez no se apreció. Ejemplo de que la personalidad del pianista canadiense ofrece cosas del mayor interés… y alguna que otra que puede hacer levantar la ceja a más de uno. Extraordinario el también muy famoso op. 23 nº 5 de Rachmaninov, también en algún momento llevado al límite (y con alguna pequeña confusión en el camino), pero con una intensidad realmente envidiable.
El repaso detallado a cada Preludio de los 24 de Chopin alargaría excesivamente una reseña que ya es muy extensa. Baste apuntar que hubo muchos detalles de fulgurante nervio (nº 5, 12, 14, 16, este realmente tremendo, aunque a costa de algún desliz, 18, 22, 24, por citar los ejemplos más destacados) pero también otros muchos de emotiva expresión (nº 2, 4, 6, 9, 13, este con una preciosa sección Più lento, 20, 23). Un Chopin atrevido en el planteamiento y de más que notable resultado general. El éxito fue grande, y Lisiecki regaló una sensible, muy bien dibujada interpretación de la Romanza op. 28 nº 2 de Schumann. Este homenaje al Preludio que ha planteado Lisiecki ha constituido una magnífica apertura para una temporada de este ciclo que promete grandes cosas.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Álvaro Panda)


