MADRID / La gran fiesta de cumpleaños de Les Arts Florissants

MADRID / La gran fiesta de cumpleaños de Les Arts Florissants

Madrid. Auditorio Nacional. 15-XII-2019. Sandrine Piau, soprano. Lea Desandre, mezzosoprano. Christophe Dumaux, contratenor. Marcel Beekman, tenor. Marc Mauillon, barítono. Lisandro Abadie, bajo. Les Arts Florissants. Directores: William Christie y Paul Agnew. Obras de Haendel, Purcell, Charpentier, Lully, D’Ambruis, y Rameau.

Este año en que se celebra 40º aniversario de Les Arts Florissants ha estado lleno de proyectos conmemorativos y culmina, a poco de terminar el año, con su Odisea barroca, un concierto que representa el presente, el pasado y el futuro de esta agrupación ya mítica, a modo de gala destinada a cerrar, a bombo y platillo, este aniversario tan especial. Tras itinerar por Hamburgo, Baden-Baden y Londres, llega a Madrid como hito para recalar finalmente en París, donde, de seguro, se producirá la apoteosis.

El concierto estuvo plagado de elementos simbólicos, como la presencia de Hiro Kurosaki y Emmanuel Resche como concertinos, quienes se intercambiaron el papel en el descanso. Se trató de la representación visual del cambio generacional que estuvo muy presente en los efectivos convocados, con veteranos del minuto uno y novísimas incorporaciones. Ya lo anticipó en la presentación del concierto el cosmopolita violinista —tokiota de nación, vienés de adopción y valenciano de residencia—. Allí estaba la incombustible Marie-Ange Petit, quien hizo, como siempre, virguerías con la percusión, sin olvidar su pequeña marcha mientras tocaba el tambor en la Danza de la pipa de la paz de Les Indes galantes, otro guiño, en este caso a las representaciones parisinas del inolvidable montaje de Andrei Serban. Más guiños: William Christie se alternó en la dirección con Paul Agnew, director adjunto de la agrupación desde 2013 y futuro sucesor del fundador —esperemos que dentro de muchos años—.

Los cantantes convocados no lo fueron al azar: todos presentan particular vinculación con el ensemble. Sandrine Piau lleva treinta años cantando con Les Arts Florissants y ha logrado con ellos alguno de los momentos estelares de su carrera. Fue, sin duda, la protagonista canora de la noche por cantidad y calidad. Comenzó con su magnífica Morgana (Tornami a vagheggiar) hecha con un dominio y desparpajo absolutos. En una decisión discutible, se incluyó Les Incas du Pérou (Les Indes galantes) en su integridad, aunque prescindiendo de los ballets, salvo un fragmento. No parece la mejor opción para un concierto de esta naturaleza, aunque solo por escuchar la maravillosa Phani de Piau (¡qué Viens, Hymen!) mereció la pena. Y, entre medias, el remate: el Aria de la Locura de Platée que no sólo contó con unas prestaciones musicales excepcionales (¡qué sentido tuvo todo, qué seguridad en la coloratura!), sino también actorales —Piau siempre fue una cómica de primera—, con una divertidísima complicidad entre ella y Paul Agnew, quien se encargó de todos los fragmentos de la desternillante comedia de Rameau —muy bien, por cierto—.

Un segundo momento excepcional, cuando, por una vez, la expresión ‘se suspendió el tiempo’ tuvo sentido, fue el maravilloso air de cour de Honoré d’Ambruis Le doux silence de nos bois. La peculiarísima técnica, personalísimo fraseo, trabajadísima ornamentación  e inconfundible timbre de Marc Mauillon se combinaron con la excepcional técnica y musicalidad de Thomas Dunford para crear unos instantes —demasiado breves siempre— de sublime emoción. Por último, no cabe olvidar la genial encarnación que de la protagonista homónima de Platée hizo Marcel Beekman en su hilarante aria de salida Que ce séjour est agréable. Y, lo que tiene más mérito, lo hizo delante de Paul Agnew, quien tiene en Platée su papel fetiche desde que estrenó en París la extraordinaria producción dirigida por Laurent Pelly (2003).

Lea Desandre hizo una Scherza infida de altísima calidad y Lisandro Abadie no defraudó como Huascar. Christophe Dumaux puso toda su vena dramática en juego para hacer una Escena de la locura (Orlando, Haendel) estupenda, pero tiene una voz demasiado pequeña para la sala sinfónica del Auditorio Nacional, por lo que, entre esto y una excesiva contención en la dirección, nos perdimos buena parte de su impacto.

Orquesta y coro mostraron su clase, elegancia y temperamento a lo largo de todo el concierto, estupendamente conjuntados por sus dos directores (aparte de Platée, Agnew se hizo cargo de Purcell con gran acierto) con un exultante Zadok the Priest de salida. La escena del sommeil del Atys de Lully fue otro momento de pura magia musical, como también los extractos de Les Arts Florissants, operita de Charpentier de la que Christie tomó prestado el nombre de su criatura musical. Su Purcell fue tan espléndido como siempre, al igual que Haendel y Rameau. Como segundo bis ofrecieron una maravillosa lectura del divino coro Tendre amour de Les Fleurs, tercera entrada de Les Indes galantes, un broche maravilloso para una fiesta musical de primera. ¡Por muchos años!

(Fotos: Elvira Megías – CNDM)