MADRID / Espléndido debut de Viotti con la Nacional, con Gautier Capuçon como brillante solista

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 24-X-2025. Concierto Sinfónico 3 de la temporada de la OCNE. Director: Lorenzo Viotti. Solista: Gautier Capuçon, violonchelo. Obras de Escaich, R. Strauss y Ravel.
El tercer concierto sinfónico de la OCNE contaba con varios ingredientes de interés, que se vieron más que confirmados tras su escucha. El primero, el estreno en España del Concierto nº 2 para violonchelo y orquesta del compositor y organista francés Thierry Escaich (Nogent-sur-Marne, 1965). El segundo, el debut con la Nacional del joven director suizo Lorenzo Viotti (Lausana, 1990), que ha comandado hasta la pasada temporada la Filarmónica de los Países Bajos y la Nedelandse Opera y asumirá la titularidad de la Sinfónica de Tokyo en la temporada 2026-27. El tercero, en fin, la presencia de un solista de campanillas, uno de los violonchelistas más aclamados del momento, Gautier Capuçon (Chambéry, 1981), dedicatario de la obra de Escaich y, además, amigo cercano de Viotti, con el que tuvimos también ocasión de escucharle hace unos meses (marzo de 2025), cuando el director suizo sustituyó a un enfermo Riccardo Chailly en la gira de la Filarmonica della Scala (en aquella ocasión, fue el Concierto de Dvorák la pieza concertante ofrecida).

Thierry Escaich, como bien apunta la violonchelista Clara Sánchez en sus lúcidas notas al programa, es una de las figuras más destacadas del panorama actual de la música francesa. Organista en Saint-Étienne-du-Mont y titular de Notre-Dame desde 2024, tiene además una prolífica trayectoria como compositor (incluyendo un Te Deum para la reapertura de la famosa catedral parisina el año pasado: el estreno de la obra fue registrado y acaba de salir al mercado en el sello Alpha). En 2023 se estrenó en Leipzig el Concierto nº 2 para violonchelo de Escaich, subtitulado Les Chants de l’aube [Los cantos del amanecer], por su dedicatario y solista en la velada que se comenta, con la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig dirigida por Andris Nelsons. Desde entonces, la pieza se ha estrenado en Austria, Estados Unidos y Francia. La obra, en 3 movimientos (titulados Los rayos y las sombras, La orilla de los cantos y Danzas del amanecer), conectados entre sí por episodios cadenciales interpretados por el violonchelo solista, crea con acierto climas y atmósferas diversos con una escritura de rico colorido tímbrico (la plantilla orquestal requerida incluye timbal y percusión variada, cuatro trompas, dos trompetas, dos timbales, maderas a 2, arpa, celesta y cuerda). Como apunta Sánchez, se explora toda la tesitura del instrumento solista y también sus variadas posibilidades tímbricas.

Hay un atractivo clima de etéreo misterio en el comienzo, con una creciente tensión que culmina en una cadencia muy hermosa y compleja del solista (que puede lucir toda clase de golpes de arco, pizzicati, armónicos, además de una amplia gama de matices), que poco a poco conduce al mundo más sereno del segundo tiempo. Apunta Sánchez que ese segundo movimiento (La orilla de los cantos) “evoca el fluir de un río a través de un vaivén inmutable, y Escaich también reconoce cierta influencia africana en algunas ornamentaciones”. El que suscribe apreció algún que otro sugerente eco debussyano en algunos momentos. Vibrante la cadencia final de ese movimiento, en la que Capuçon lució nuevamente su sonido, poderoso y de ancha dinámica, llevada a su extremo más delicado en el final, justo antes de que la entrada de la celesta anuncie el tercer movimiento, dominado por una creciente trepidación rítmica (admirablemente dibujada por solista, director y orquesta) que culmina en un final de gran brillantez.
La obra de Escaich suena actual pero no extravagante, y fue recibida calurosamente por el público, cuyas ovaciones obligaron al saludo (por partida doble) del autor, presente. Creo que no podía Escaich soñar con mejor abogado para su atractiva partitura que su compatriota Capuçon, cuya interpretación, más allá de la excelencia técnica y el deslumbrante virtuosismo, nos llegó con toda la riqueza de expresión y el extremo acierto en la recreación de esos climas dibujados por el compositor. Contribuyó a ello el cuidado y preciso acompañamiento de un Viotti que sin duda trabajó con detalle el mismo y obtuvo una estupenda respuesta de la orquesta. Tras un breve parlamento de Capuçon (apenas audible sin micrófono, costumbre tan incomprensible como inveterada) el chelista francés nos regaló una bellísima interpretación de El Cisne, de El Carnaval de los animales, de Saint-Saëns, con la estupenda colaboración de la arpista de la Nacional, Coline-Marie Orliac. Precioso regalo.

Se dedicaba la segunda parte a obras de Ravel y Richard Strauss que tienen en común el trasfondo del vals, aunque acercándose a él desde perspectivas bien diferentes. Abrió el fuego (y quizá habría sido casi mejor que lo cerrara) la suite sinfónica que Artur Rodzinski, con la autorización de Richard Strauss, elaboró con fragmentos de la ópera El Caballero de la Rosa. Obra maestra del colorido, un festín encantador de neoclasicismo, evocador de refinada elegancia del glamour vienés y de toda su festiva exuberancia. Siempre con buena dosis de humor (el propio Strauss introduce la palabra “parodia” en la partitura) y con el vals del barón Ochs convertido en brillante protagonista.
Bien diferente el acercamiento de Ravel. Deborah Mawer hablaba de un “éxtasis alucinatorio” para referirse a La Valse. Viotti, en el video de introducción al concierto que se comenta, habla de algo casi siniestro, de una página que parece hablarnos también del colapso que acaba de ocurrir (tras la primera guerra mundial). Casa ello bien con las palabras del propio Ravel “apoteosis del vals vienés, mezclada, en mi mente, con la impresión de un torbellino fantástico y fatal…”. Torbellino que se hace bien evidente en el apabullante tramo final de la obra, de una vibración verdaderamente enloquecida.
Obras que requieren una prestación orquestal de primera para producir en la audiencia todo el colosal impacto que poseen. Y esa prestación, además de una excelente calidad en la formación, solo es posible si al frente se pone una batuta precisa, con la idea clara de lo que quiere y de cómo obtenerlo, y con capacidad de arrastrar a los músicos a absorber esa idea con entrega y convicción absolutas. A quien firma estas líneas no le cuesta, más bien le complace, rectificar la opinión vertida hace meses sobre el suizo Viotti. Si en la mencionada visita de la orquesta de La Scala dejó una impresión un tanto gris, en la que se comenta ahora ha causado un impacto formidable. Maestro atento, dominador (ambas obras dirigidas con absoluta precisión, de memoria), buen anticipador con su gesto para asegurar entradas precisas, decidido, enérgico, solicitador y expresivo. Su traducción de la Suite straussiana tuvo toda la brillantez que uno puede esperar. Rica en inflexiones de tempo, sutil, elegante y encantador (y generoso) manejo del rubato, expresivo el matiz (en toda la orquesta, pero sirvan de ejemplo los sobresalientes ppp del solista de trompeta, Manuel Blanco), y ejemplares prestaciones de muchos solistas (mencionemos al oboe, Víctor Manuel Ánchel, y a la concertino Valerie Steenken, siempre una garantía).

Viotti consiguió con total acierto el vibrante retrato festivo, sonriente, sugerente, evocador que la magistral pluma de Strauss construyó para una de las óperas más hermosas del siglo XX (y quizá de todos los siglos). Y lo hizo sacando lo mejor de la Nacional, en una prestación que nos devolvió al nivel de la extraordinaria escuchada en Wozzeck. con brillantísima respuesta en todas sus familias, empezando por una cuerda empastada, redonda, poderosa y sutil, pasando por una madera de exquisita elegancia y terminando por percusión y metales rotundos, pero nunca excesivos.
Mundo sonoro y expresivo completamente diferente, y sin embargo resultado también estupendo el obtenido en Ravel, lo que habla más que bien de la flexibilidad del suizo, capaz de trazar con sutileza el sugerente, casi etéreo comienzo de La Valse, y dibujar esta singular combinación de elegancia, “retrato de la danza” (por usar las palabras de Diaghilev referidas a la obra) y ese torbellino con mucho de fantástico y también mucho de fatalidad a la que se refería el propio autor (y Viotti). Obtuvo nuevamente una respuesta ejemplar de la orquesta que dio la impresión, al menos a quien firma, de haberse encontrado muy a gusto con el joven maestro suizo. El éxito fue grandísimo, y no puede extrañar. Este debut de Viotti no ha podido ser mejor, y esperamos poder verle pronto más veces. De momento esta temporada estará en los podios de Los Ángeles, Viena (Filarmónica y Sinfónica), Londres (Philharmonia) y Milán (concierto de Navidad en La Scala), entre otros. Un estupendo concierto, de principio a fin.
Rafael Ortega Basagoiti


