MADRID / Entre chaconas y el cielo: belleza sin límites con Carlos Mena y Tiento Nuovo

Madrid. Basílica de San Miguel. 13-IV-2026. Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid. Carlos Mena, contratenor. Tiento Nuovo. Ignacio Prego, órgano positivo y dirección. Bach antes de Bach: obras de, Rosenmüller, Johann Christoph Bach, Buxtehude, Biber, Schmelzer, Schütz, Tunder y Erlebach.
Hay conciertos que uno desearía que nunca terminaran y en este en que pudimos escuchar a Tiento Nuovo y Carlos Mena ese anhelo se produjo en grado superlativo. Fue una velada de una belleza descomunal, tanto por la profunda hermosura del programa como por la interpretación prodigiosa que nos ofrecieron todos los músicos en ese marco incomparable que es la Basílica de San Miguel. Fue sin duda unos de los mejores conciertos que he escuchado en mucho tiempo y, para todos los presentes, un absoluto placer para los sentidos y para el alma.
En primer lugar, la interpretación de la parte instrumental fue de una belleza inusitada. Desde la primera nota que sonó en la basílica, todo el mundo fue consciente de que estábamos ante lo que sería una velada memorable. El propio Carlos Mena, en los momentos de descanso entre sus intervenciones, sentado en una silla y sin salir de la escena, transmitía emoción y admiración sincera por la calidad de unos músicos excepcionales, comenzando por la brillantez prodigiosa de un deslumbrante Emmanuel Resche-Caserta, que nos inundó con su primer violín de fantasía y un virtuosismo sereno durante todo el concierto. También estuvo magnífico Víctor Martínez Soto desde el segundo violín y esos juegos mágicos que se establecen en las músicas que escuchamos.
Como no podía ser menos en estos repertorios, con influencia inicial italiana del Estilo Fantástico pero pasados por el crisol mágico del contrapunto y la profundidad germánica, también el contrapunto se entretejía brillantemente, a menudo con vivaces diálogos, donde las violas de brazo tuvieron partes relevantes en las texturas de esta música, con gran protagonismo en muchos momentos, que fueron interpretadas magníficamente por Daniel Lorenzo y Miriam Hontana, ahí es nada y, por supuesto, con el elegante violonchelo de María Martínez, tanto en las partes como en el continuo, y la magia delicada de Ramiro Morales con su tiorba, la energía de Ismael Campanero con el violone, o sus partes de viola da gamba, la solvencia de Alberto Martínez al clave y por supuesto la musicalidad de Ignacio Prego desde el órgano positivo, muy elegante en el sostén de las partes vocales, quien dirigió exquisitamente al conjunto.
El concierto comenzó con la Sonata IX a 5 en Re mayor del brillante Johann Rosenmüller, que trajo de Venecia la luminosidad de la escritura a varias partes con protagonismo violinístico, que interpretaron brillantemente y con atención al detalle en todas las enriquecedoras texturas de esta música excelente.
A continuación llegó la Sinfonia de la cantata Die Furcht des Herren de Johann Christoph Bach, un músico admirable en todas sus composiciones, sin duda el mejor de todos los ancestros directos de Johann Sebastian. La serenidad fascinante de esta pieza dio paso a una de las piezas vocales más inspiradas de Buxtehude, la maravillosa Quaemadmodum desiderat cervus BuxWV92, una cantata latina a ritmo de chacona y con esa brillante escritura para violines tan cautivadora del compositor, que unas veces ha sido interpretada por barítono, otras por tenor y que en la voz de Carlos Mena sonó a gloria bendita, con cautivadora y alegre belleza. En la obra hay unos diálogos del violín con el cantante bellísimos, muchas inflexiones y matices que fueron brillantemente interpretados con ese dominio absoluto que tiene el cantante del lenguaje de esa época y su técnica limpia y su expresividad.
Como transición instrumental entre piezas vocales llegó después una brillante interpretación de la Sonata III a sei de Heinrich Ignaz Franz von Biber, de su colección Sonatae tam aris quam aulis servientes, que el ensemble construyó con una gran imaginación y brío. Una pieza de ese periodo efervescente de cambio en el barroco temprano de aquellos lugares, donde muchos músicos italianos habían emigrado a Viena, o a tierras alemanas, para allí forjar, junto con la tradición del contrapunto de aquellos lugares, un estilo fantástico aún más brillante y de imaginación deslumbrante.
El maravilloso Lamento de Johann Cristoph Bach, Ach, dass ich Wassers g’nug hätte, nos llevó otra vez a la magia de Carlos Mena con este tipo de obras espirituales alemanas, donde se muestra insuperable. Su interpretación fue sencillamente emocionante y el cantante nos mostró ese fiato profundo que posee, con esa proyección tan notable que mantiene una uniformidad de color en todo su registro y una musicalidad exquisita, llena de expresividad y un cuidado extremo hacia la prosodia.
El concierto prosiguió con la Sonata para violín II de la colección Sonatae unarum fidium de Johann Heinrich Schmelzer, donde admiramos nuevamente el violín mágico de Resche-Caserta con un virtuosismo expresivo pero de una naturalidad pasmosa, que lo convierten en uno de los mejores violinistas barrocos, y un continuo excepcional.
Dos auténticas joyas vocales vinieron a continuación, ambas de una belleza y hondura impresionantes, O Jesu, nomen dulce de Heinrich Schütz y el maravillosos Salve mi Jesu de Franz Tunder, donde Mena nos volvió a inundar de esa fascinación que logra con estas músicas, con su afinación impecable, unas articulaciones llenas de expresividad y una emisión límpida y perfectamente controlada en todo su rango vocal.
La Sonata III a 6 (Sacro-Profanus Concentus Musicus) es otra pieza de gran riqueza en su escritura, con gran protagonismo de todas las partes, con momentos de texturas muy densas y exuberantes, como las entradas sucesivas desde los bajos, o las excelentes partes de violín y otras, donde los intérpretes establecieron unos diálogos con una delicadeza y brillantez inigualables.
Otro de los grandes momentos correspondió a la música de Philipp Heinrich Erlebach; a pesar de la desaparición en un incendio en Rudolstadt de una parte considerable de su obra, la música que ha llegado hasta nosotros es de enorme calidad, con gran inventiva y delicadeza. Entre ella, está la colección de arias Harmonische Freude musicalischer Freunde. La gran joya de la colección es el aria Wer sich dem Himmel übergeben, una pieza en chacona de un sentimiento y belleza indescriptibles, con una melodía imaginativa que fluye grácilmente y donde pudimos escuchar nuevamente a los violines en estado de gracia junto a un delicioso bajo continuo y a un Carlos Mena absolutamente arrebatador, con un control técnico inigualable, que nos ofreció en el da capo unas bellas y medidas coloraturas, con unas ornamentaciones exquisitas y esa esa elegancia suya tan característica.
Como propina, aún nos regalaron otra joya de otro de los tíos de Bach, la bella Ach, wie sehnlich wart ich de Johann Michael, una cantata para voz y cinco partes instrumentales que narra con belleza el extremo deseo del alma de llegar a la muerte e ir con Dios frente a lo vano del terrenal cuerpo. Carlos Mena la cantó con inusitada belleza, como en toda la velada, con una voz con unos agudos exquisitos que herían el alma y una expresividad que transmitía dulzura cuando la música reconfortaba. Mena conoce este repertorio como pocos y sabe darle el énfasis preciso a cada palabra, con una atención inmaculada al texto.
El privilegio de escuchar a Mena en este recinto y con estos músicos absolutamente excepcionales es una experiencia memorable y con esa cercanía que ofrece la Basílica de San Miguel, un milagro. Me vino a la mente, o al corazón más bien, cuánto hubiera disfrutado nuestro añorado y querido Eduardo Torrico este concierto.
Manuel de Lara


