MADRID / ‘Enemigo del pueblo’: la música doblega al texto

Madrid. Teatro Real. 12-II-2026. José Antonio López, Moisés Marín, Brenda Rae, Isaac Galán, Marta Fontanals, Juan Goberna. Dirección musical: Christian Karlsen. Dirección de escena: Alex Rigola. Francisco Coll: Enemigo del pueblo.
Tras la mala noticia de saber que el compositor y director de estas funciones, Francisco Coll (1985), no podría ponerse al frente de la Orquesta del Teatro Real, llegaba una motivadora: Christian Karlsen asumía la tarea y a él se le debe uno de los discos más sobresalientes en materia de música contemporánea que nos dejó 2025, la integral de las Sinfonías de Galina Ustvolskaya en el sello BIS. De la claridad expositiva y el empuje que otorgó a unas obras ciertamente complejas de explicar se podría prever una afinidad notable con la música intrincada, nerviosa y, hasta diríamos, geométrica (no en un sentido de rectitud matemática) de Coll.
Así sucedió. Buena parte del éxito de este estreno absoluto (que no lo es tanto en cuanto que se alumbró en noviembre pasado en Valencia) radicó en el foso. No es Enemigo del pueblo una ópera de lenguaje musical osado; pero tampoco puede censurársela por lo contrario. A Coll ha debido costarle llegar a este lugar estético, en el que conviven acordes perfectos con otros disonantes y donde sobresale un tejido armónico brillante (es un salto enorme con respecto a la anterior tentativa lírica, Café Kafka). Es claro que el autor (el más elliotcarteriano de nuestros creadores, escúchese a este respecto la pieza concertante Taleas oblicuas) ha batallado consigo mismo para ver cómo apelar al público; lo ha hecho más que en ninguna de sus partituras previas. Pero, es justo decirlo, ha salido con relativo éxito del intento. Incluso cuando recurre a lo obvio, como el pasodoble inicial, se aborda desde la relectura contemporánea y, sobre todo, se expone con una intención irónica, toda vez que el tono celebratorio con el que arranca la representación contrastará luego radicalmente con el conflicto moral y sociológico de la obra de Henrik Ibsen en la que se basa.

Karlsen, como decíamos, hizo valer cuanto de excelencia hay en una partitura madura y que, sin que atisbemos a vaticinar su futuro en el repertorio de la ópera contemporánea, se escucha con interés. La hilazón con lo vocal también ha sido sagaz; por fortuna Coll no ha optado por el canto lírico convencional y sí por un parlato rico en acentos y diferentes cualidades canoras; un recitativo bien balanceado con la orquesta; sin apabullarlo en los pasajes de mayor concentración textual. ¿El texto? He ahí, con seguridad, el mayor riesgo enfrentado por el compositor. Porque en la canónica obra teatral de Ibsen prima la palabra a la acción, la reflexión entre líneas al conflicto y con todo ello, el libreto de Álex Rigola, por más que sea una inteligente decantación del original, acaba siendo reiterativo, cuando no plano. Asistimos a la tensa asamblea del pueblo más pendientes de los requiebros stravinskianos de la partitura, de ver dónde aquí y allá resplandece el magisterio de Thomas Adès pasado por el tamiz de Coll, pero no tanto de qué se nos está contando. Escénicamente todo es sobrio, desde la dirección actoral (que opta por un estatismo visualmente atractivo) a la iluminación, que se intensifica conforme también lo hacen las relaciones que unos personajes y otros establecen. En una primera exposición al montaje, este adquiere unos contornos puramente instalativos, sin que lo que se muestra ayude a clarificar el argumento; podrían suceder sobre este set una decena de óperas.
En el papel protagonista José Antonio López se vio algo apurado en los agudos, aunque actoralmente se desempeñó con holgura y, sobre todo, con entrega a la encomienda. Todo el Sprechgesang schoenberguiano (aquí diríamos, más bien, bergiano) parecía rememorarse en muchas de las frases que el tenor Moisés Marín tenía que expresar, haciéndolo con enorme prestancia, sorteando grandes saltos interválicos y cuidando la prosodia. A Brenda Rae le sobró media tonelada de vibrato; su timbre de soprano lírico-ligera debía correr con más fluidez; como sí lo hizo la voz del barítono Isaac Galán, bien centrada, de emisión diáfana y proyección amplia. Correcta la mezzo Marta Fontanals.
Ismael G. Cabral
(fotos: Javier del Real)


