MADRID / Emocionante Dvořák de Bychkov, Ferrández y la Filarmónica Checa

Madrid. Auditorio Nacional. 5-III-2024. Ibermúsica 23-24. Orquesta Filarmónica Checa. Director: Semyon Bychkov. Solista: Pablo Ferrández, violonchelo. Obras de Dvořák.
Se anticipaba por muchos aficionados que la visita de la Filarmónica Checa, de la mano de su titular, Semyon Bychkov, iba a ser uno de los grandes acontecimientos de la temporada, y no solo del ciclo de Ibermúsica. Que los dos conciertos que ofrece en Madrid estén dedicados a la música del compositor checo más venerado, Antonín Dvořák, solo añadía más probabilidad de acierto a una apuesta que nacía con un margen de certeza que envidiarían quienes juegan a las quinielas. Digamos desde ya que la apuesta se confirmó de manera rotunda.
Como se señalaba desde estas páginas hace unos días en el previo a este concierto, la Filarmónica Checa ofreció su primer concierto en 1896, en esa maravilla que es la sala Rudolfinum de Praga. Y lo hizo con un programa dedicado a obras de Dvořák, que dirigió el propio compositor. En este 2024, año en que se conmemora el bicentenario de Smetana (de quien se acaba de publicar la grabación de Mi Patria, dirigida por el actual titular de la formación, Semyon Bychkov, que comenté desde estas líneas hace unos días) y en que, como cada diez años desde que en 1924 se cumpliera el primer centenario, se celebra también el año de la música checa, la orquesta trabaja sobre unos cuantos programas monográficos de Dvořák. Monográficos que son objeto de una gira europea que se abre en tres ciudades españolas (Valencia, Barcelona y Madrid) y llevará a la formación también a Viena, Hamburgo, Múnich, Erlangen, Amberes y París.
La gira ha sido concienzudamente trabajada por Semyon Bychkov, siguiendo su pauta habitual, y, como me comentó en la entrevista publicada estos días, corre casi en paralelo con la grabación de las tres últimas sinfonías, cuyo lanzamiento está previsto para después del verano de este año. En los conciertos, se ofrecen también las piezas concertantes para violín y violonchelo (en otros conciertos de la gira, también el concierto para piano), y oberturas.

El primero de estos dos conciertos se abrió con la obertura En el reino de la naturaleza op 91, primer episodio de un tríptico (titulado inicialmente Naturaleza, vida y amor) del que escucharemos, en el segundo concierto, el siguiente capítulo (encarnado en la obertura titulada Carnaval op 92), seguida de uno de los conciertos más populares del repertorio y, sin duda alguna, el más conocido y escuchado entre los de Dvořák: el Concierto para violonchelo op 104. Y para cerrar el programa, esa sinfonía que se cuenta entre lo mejor del compositor checo, y que el maestro Bychkov consideraba, en la entrevista mencionada, “la perfección absoluta”: la Octava.
Es difícil, ciertamente, resistirse a la jubilosa exaltación que transmite el compositor checo desde su aparentemente inacabable talento melódico, pero también desde su también aparentemente inagotable capacidad de explotarlo, transformarlo y presentarlo en las más variadas y atractivas formas. En el reino de la Naturaleza es de una gran belleza y capacidad evocadora, desde su mismo inicio es fácil adivinar tras la música un efusivo canto a la naturaleza, con melodías de evidente encanto y luminosidad. Repasaremos su interpretación junto a la de la sinfonía.
El concierto, por su parte, es una maravilla de principio a fin, y los chelistas lo adoran con un entusiasmo perfectamente comprensible: desde la enérgica efusión del primer tiempo al júbilo del final, pasando por el canto inefable del movimiento central, se han escrito pocos conciertos para este instrumento tan redondos y rotundamente hermosos. Sobre la Octava sinfonía, la contundente afirmación de Bychkov habla por sí sola. Es una obra maestra, cuya música nos gana desde el emotivo dibujo inicial, para llevarnos luego al borde de la silla en el trepidante y arrollador final, una música apasionada, de un ímpetu rítmico tan irresistible como la exaltada alegría que contiene. Música que, como la de las otras escuchadas hoy (y las que se oirán mañana) tiene una imaginación desbordante en el tratamiento de los temas.
Podrían ponerse muchos ejemplos, pero basten un par de ellos: el motivo principal del último tiempo de la Octava, iniciado de forma grácil y amable, y transformado después, no solo por una aceleración del tempo, en una expresión exaltada y jubilosa cuando aparece la indicación un poco più mosso. Y el equivalente del primer tiempo del Concierto para chelo, que tras ser explotado en su forma más temperamental y grandiosa (la palabra no es gratuita, porque el propio Dvořák la emplea varias veces en la partitura) durante buena parte del movimiento, adquiere de repente un tono inesperadamente melancólico por parte del solista justo en el pasaje marcado Molto sostenuto (Dvořák prescribe específicamente en la parte solista molto espressivo e sostenuto). Esa suerte de fantasía, si se me permite la expresión, es consustancial a una música en la que, como señalaba también Bychkov en la entrevista mencionada, es fácil identificar una anotación por parte del compositor de una minuciosidad puntillosa que tiene poco que envidiar a la de Mahler.
La parte solista del concierto corrió a cargo del madrileño Pablo Ferrández (1991), que pese a su juventud cuenta ya con una brillantísima carrera y es bien conocido del público. Con su Stradivarius “Archinto” de 1689, cedido de forma vitalicia por un miembro de la Stretton Society, Ferrández nos regaló las virtudes que ya le conocemos: sonido redondo, de bello timbre, poderoso en la presencia, ancho en la dinámica, generoso en la proyección y preciso en la afinación, con un vibrato que consigue hacer justicia al nombre: vibrar sin lesionar la entonación. Lució el madrileño un arco poderoso y ágil, preciso en unos ataques que pueden alcanzar rotundidad cuando se precisa, pero sin aspereza ni tosquedad. Y todo ello al servicio de un discurso de una intensidad expresiva envidiable. Ferrández pone siempre toda la carne en el asador, y la de esta tarde no fue la excepción.
Desde el rotundo ataque inicial a la sutil expresión del pasaje antes mencionado (molto espressivo e sostenuto), pasando por el carácter grandioso también precitado, o el canto, de precioso y noble aliento lírico, del segundo motivo del primer tiempo, su interpretación tuvo siempre la temperatura apropiada en una música que transpira apasionada efusión en cada nota, pero que también reclama en ciertos pasajes (quasi improvisando, instruye Dvořák en alguno) de cierta libertad de discurso, libertad que Bychkov, con buen criterio, le dio. Espléndido el segundo tiempo, admirablemente cantado, lleno de poesía, dibujado con fino rubato, con la quasi cadenza exquisitamente fraseada y matizada, y con dobles cuerdas impecables. Consiguió el chelista madrileño enganchar, tensionar al público hasta el punto de lograr, por momentos (la tarde de toses fue, nuevamente, irritante), que el respetable contuviera la respiración. El allegro moderato final, a tempo no apresurado, tuvo el apasionado temperamento que buena parte de la música demanda, pero también el aliento lírico cuando procedía, como en el precioso molto dolce e cantabile al principio del pasaje marcado moderato, o en el hermoso diálogo mantenido con el concertino, cuya labor, dicho sea de paso, fue sobresaliente. El tramo final, incluido su crescendo último, fue magnífico. El éxito se preveía de los grandes. Y lo fue. Ferrández regaló una vibrante interpretación de su propio arreglo de Asturias, de Albéniz. Eso desató aún más el entusiasmo.
Que Semyon Bychkov es uno de los más grandes directores del planeta está, creo, fuera de discusión. Trabajador concienzudo, detallista, sensible, hábil planificador, con una batuta y un suave balanceo corporal que dibujan con sorprendente facilidad líneas, acentos, matices e impulso rítmico. El suyo es siempre un discurso de enorme consistencia y envidiable magnetismo, edificado sobre una minuciosa atención a los mínimos detalles, una magistral elaboración de las transiciones y un cuidado de la calidad sonora realmente exquisito, que incluye un balance orquestal de rara perfección. Se oye todo lo que debe, en la calidad y cantidad en la que debe. Toda esa perfección, sin embargo, no terminaría de ganarnos como lo hace si no fuera porque está puesta al servicio de una expresividad que nos llega sentida con gran intensidad y presentada con total naturalidad.
Ya la obertura En el reino de la Naturaleza nos dejó ver lo que nos esperaba: una orquesta de primerísima, que está sin duda entre las mejores de Europa, con una cuerda de bellísimo timbre, excepcional calidez, presencia y empaste, una madera excelente y unos metales redondos y capaces de matices tan poderosos como sutiles (créanme: no es habitual escuchar ppp en trombones y tuba como los de la orquesta checa en esta tarde). Y a esos mimbres les sacó Bychkov el mejor partido. El sonido era de una belleza irresistible. Cada acento, matiz o regulador llegaba adecuadamente resaltado y diferenciado, el fraseo (“los músicos de la Filarmónica Checa tienen una necesidad desesperada de frasear”, decía en la entrevista citada; cuán cierta se mostró la afirmación a lo largo de la tarde) hacía llegar la música con una riqueza de expresión con la que es difícil no conectar.
El acompañamiento a Ferrández fue igualmente brillante. Desde la obediencia estricta a la indicación de Dvořák Grandioso en el primer movimiento, hasta el trepidante final del mismo, pasando por el canto exquisito de la madera en el segundo (dibujado en su totalidad sin batuta por el maestro), o la apasionada exaltación del último, maravillosamente dibujado, orquesta y director pusieron la guinda a la preciosa versión ya comentada del solista.

La sinfonía, en fin, no hizo sino confirmar lo ya perfilado antes. Bychkov, sin partitura, conoce cada recoveco de la obra, y la dibujó de manera magistral. Nos ganó ya el noble motivo inicial de los chelos, de una gran belleza en su sonido, pero luego cautivaron muchas más cosas, incluyendo un desarrollo en este movimiento de una intensidad tremenda, que también impregnó el tramo final. Precioso, muy expresivo, el intercambio de la madera (flauta y clarinete primero, después flauta y oboe sobre el acompañamiento de la cuerda) en el segundo movimiento, en el que nuevamente Bychkov lució su maestría en el juego de tensiones y transiciones, como la realizada hacia el pasaje poco più animato. El final, en un ppp exquisito, tuvo toda la emoción deseable. Elegante, grácil, el allegretto grazioso, con un estupendo manejo del rubato (otro de los recursos que Bychkov maneja con pasmosa facilidad). El tiempo final se inició con solemne nobleza, con una exaltada llamada de los trompetas y un extraordinario canto de chelos y violas en la exposición del motivo inicial. No se llegó a arrebatar nunca el tempo, ni se destacó más allá de lo debido el siempre comprometido trino de los trompas (tan a menudo escuchado con aspereza) en los primeros compases del Un poco più mosso. Lució posteriormente la estupenda solista de flauta (como también toda la sección de madera), y Bychkov volvió a dibujar las transiciones con la maestría ya demostrada antes, como en el retorno al tempo I. El tramo final creció en intensidad y vibración, y transmitió toda la jubilosa exaltación que contiene esta música extraordinaria.
A nadie extrañará que el público respondiera a todo ello con entusiasmo desbordante. La música era una maravilla y había sido inmejorablemente servida por una orquesta magnífica y un director excepcional. Hubo una primera propina: la segunda de las Danzas eslavas op 72 del propio Dvořák, en la que Bychkov, sin batuta, volvió a mostrar un ejemplar manejo del rubato en una interpretación bellísima, de cálido aliento lírico. No cedía, con toda lógica, el entusiasmo, y la orquesta checa regaló una segunda propina, también dibujada de forma magistral. Otra danza, en esta ocasión, la primera Danza húngara del amigo y mentor de Dvořák: Johannes Brahms. Si del público hubiera dependido, hubiera habido más. Un enorme y bien justificado éxito para una velada que admite muchos calificativos. El que suscribe se queda con uno: emocionante.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Petra Hajská)


