MADRID / Emoción en lo perfectamente construido

MADRID / Emoción en lo perfectamente construido

Madrid. Auditorio Nacional. 8-X-2019. Ciclo Ibermúsica. Mahler, Sinfonía nº 9. Philharmonia Orchestra. Director: Esa-Pekka Salonen.

Acierta Juan Ángel Vela del Campo en sus excelentes notas al programa de mano cuando las titula Eternamente Mahler. El Mahler de la Novena, cuya vida se desangraba entre el dolor  de la muerte de su hija, de su propia y mortal enfermedad cardíaca y de su salida de la Ópera de Viena, que en el fondo escondía sobre todo otra crisis más, la de la no aceptación de su obra, retrata, como señala el mismo Vela, diferentes atmósferas, aunque tras el sereno inicio, por momentos brillante, el juego del ländler y el agitado, finalmente abrumador Rondo-burleske, lo que queda es el desolado desvanecimiento final. La caleidoscópica música de Mahler admite, lo hemos escuchado muchas veces, múltiples acercamientos, no necesariamente incompatibles ni excluyentes. El que suscribe siempre ha creído, como Bernstein, que Mahler es compositor de extremos. Y como tal, puede entenderse que llega de manera más directa cuando la interpretación los exprime, cuando extrae sin concesiones toda la cruda rudeza que a menudo presenta, todo el contraste entre lo extremadamente refinado y lo vulgar, entre el sofocante ahogo del dolor final y el enloquecido final del mencionado Rondo-burleske. Pero es cierto que junto a las versiones (que otros han considerado exageradas) del legendario Lenny, hemos encontrado el contraste de otras visiones igualmente válidas, pero que se acercan a esta música desde otra perspectiva, quizá la de la música que le sucedería: la presentación transparente, perfectamente construida y ordenada del edificio sinfónico mahleriano, tras una disección analítica perfecta. Boulez bien podía representar esa tendencia, y en sus manos pareciera diluirse esa crítica de que Mahler era caótico. Quien esto firma no tuvo la ocasión de escuchar esta sinfonía a Salonen cuando, en este mismo ciclo y con la misma orquesta, la interpretó hace ahora diez años.

En el ya veterano maestro finés, de gesto tan preciso y claro como las ideas que tiene sobre la obra, encontramos, al menos en esta ocasión, un planteamiento que probablemente está más cerca de Boulez que de Bernstein, pero en el que, al menos ayer, consiguió un sabio equilibrio con la intensidad de expresión. El suyo es un acercamiento de perfecta construcción y clarísima exposición. En página tan abigarrada como esta Novena, si hay algo complicado es conseguir claridad en la exposición. Salonen la consiguió en grado sobresaliente. Su Mahler tuvo sutileza más que suficiente en la agógica, fino dibujo en el matiz, y muy convincente creación de atmósferas, como en el elegante ländler o el agitado, y de enfebrecido final, Rondo-burleske. Sin expandir el tempo del movimiento final, supo ir haciendo crecer el drama de esa página emocionalmente demoledora, en un equilibrio exquisitamente construido donde el dolor emocionaba sin caer en el exceso, pero también sin decaer en la tensión. Que el público contuviera el aliento en la larga conclusión y tras el escalofriante final es testimonio de que el finés creó con total acierto la atmósfera adecuada. Digo esto pese a una asesina tosedora que tenía cerca, que eligió esos compases espeluznantes de pppp para castigarnos con el atentado tusígeno, y que despertó en mí los peores y más violentos instintos, que evité consumar en disciplinado ejercicio de contención. En todo caso, esa atmósfera que consiguió Salonen es algo que, en esta misma obra, Adam Fischer hace algunos meses, en otro ciclo y con una orquesta claramente inferior, dejó a medias.

La Philharmonia, brilló de manera espectacular, pareciendo transfigurada respecto a la que escuchamos hace unos meses de la mano de Ashkenazy. Decía hace poco Lebrecht que esta orquesta estaba poco menos que en las últimas. Si así es, uno se pregunta cómo estarán las que se encuentren en plena forma, porque ayer, desde la cuerda (incluidos concertino y solistas de viola y violonchelo) hasta el metal (sensacionales trombones) y la madera, pasando por la percusión, todo estuvo a un altísimo nivel. Éxito grandísimo y perfectamente justificado.

(Fotos: Rafa Martín)