MADRID / El Mahler más celestial, con Nelsons y la Gewandhaus

Madrid. Auditorio Nacional. 25-II-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Director: Andris Nelsons. Christiane Karg, soprano. Obras de Dvorák y Mahler.
Hace más de cuatro décadas que la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, fundada en 1743 y con genios como Mendelssohn entre sus directores, se presentó en Ibermúsica (1981), y hace ya seis años de su última presencia con quien es su titular desde la temporada 2017-18, el letón Andris Nelsons (Riga, 1978), que dirige también la doble comparecencia madrileña de este año. El primer programa combinaba una obra poco interpretada, el poema sinfónico La rueca de oro op 109 de Dvorák, con la más habitual Cuarta Sinfonía de Mahler. Los datos son contundentes: la primera solo se ha escuchado una vez en el ciclo (Harding, con la Sinfónica de Londres, 2007), mientras que la segunda se ha ofrecido en trece ocasiones, la última de ellas en 2023 (Konradi, Filarmónica de Munich, dirección de Urbanski).
Apunta con acierto Juan Ángel Vela del Campo, en sus excelentes notas, al brillante colorido orquestal de la obra de Dvorák, pero también a su sentido rítmico. Y a la precisión con que narra Dvorák musicalmente la espeluznante leyenda que el propio Vela nos cuenta puntualmente: “un asesinato en que se despoja a Dora, una muchacha hilandera, de ojos, pies y manos por su hermanastra y su madrastra, con la intención de sustituirla como pareja de un rey que se había enamorado de ella. Un mago acabará poniendo las cosas en su sitio, haciendo que todo vuelva a lo planificado, reconstruyendo el cuerpo primitivo de Dora y consiguiendo que comience la vida en común prevista de ella con el rey. Las crueles mujeres asesinas son echadas a los lobos.” El relato no puede ser más aterrador, desde luego.
Y la música es evocadora, en momentos hasta cinematográfica, aunque también es cierto que la reiteración de ciertos episodios puede cansar y tuvo su controversia inicial, y el propio yerno de Dvorák, Josef Suk, hizo cortes (luego restaurados en algunas ediciones) para evitar esa reiteración. Composición, en todo caso, con muchos momentos de gran belleza, desde el “cazador” comienzo de las trompas hasta otros de efusión casi mendelssohniana. Y hay que resaltar, claro, como lo hace también Vela, que después de tanta tragedia y de variados giros de carácter (son también abundantes los cambios de tempo prescritos en la partitura) la conclusión es de una alegría incontenible y luminosa.
En estos tiempos en que a tantos les deslumbra una magnífica y brillante estética en el podio, hay que decir que Andris Nelsons no milita en ese ejército. El espigado letón, que ha adelgazado muchísimo y se mueve con más soltura que hace un tiempo, nunca ha sido de deslumbrar con su gestualidad. Pero no conviene confundir: el gesto es sobrio y sin atractivo para el espectador, pero es diáfano para el músico: cada movimiento del brazo tiene un propósito, sea este indicar entrada, marcar, anticipar o dibujar fraseo o expresión, con batuta o (a veces) sin ella. La mirada expresiva y de contagioso magnetismo completan el perfil de un director cuya preocupación es cautivar al público con lo que suena y no con lo que ve. Y lo que suena nos desvela un músico de enorme solidez y un trabajo de ensayo concienzudo y logrado.
La Orquesta de la Gewandhaus es de esas que no solo apabulla por el peso de su historia, sino por la altísima calidad de sus componentes (algunos españoles, dicho sea de paso) y la solida cohesión de todas sus familias instrumentales. La plantilla es extensa (no tengo el número exacto, pero creo que está por encima de los 150), pero el hecho de que, como la Filarmónica de Viena, se ocupe de lo sinfónico y de la ópera, da una perspectiva que muchas otras orquestas no tienen. La Gewandhaus tiene una cuerda que muestra un empaste estupendo y una sonoridad bellísima, imponente en la sección grave, redonda, brillante y llena en la sección aguda. Extraordinarias las maderas, desde la solista de oboe (magnifica toda la tarde, creo que se trataba de Inmaculada Veces) a los de clarinete, fagot, corno inglés o flauta. Sobresaliente también la sección de metales, con unos trompas que ya dejaron clara su clase en ese comienzo “cazador” del poema de Dvorák. Nos mantendrían admirados toda la tarde. Lo mismo puede decirse de los trombones, la tuba y las trompetas. En resumen: lo que se dice una orquesta de primerísima, que mantiene su listón altísimo, al nivel de su imponente historia.
Con estos mimbres, era fácil que un músico de gran solidez como Nelsons nos llevara con éxito a través de esa evocadora narrativa del checo que, si algo tiene, es espacio para el mayor lucimiento orquestal. Interpretación que tuvo lo que el checo pide en su partitura: efusión, lirismo, drama, emoción y exaltada grandeza en el triunfo final.
Vuelvo a recurrir a Vela para compartir lo que él apunta en las notas: la Cuarta es, en efecto, una de las sinfonías más placenteras y luminosas de Mahler. Y ciertamente con sonriente humor, como en ese cuarto movimiento lleno de ternura, de una alegría impregnada de sencilla ingenuidad. Hay, claro, los contrastes habituales en Mahler, para una música que es alegre y desenfadada en su movimiento inicial, pero encuentra espacio en el segundo movimiento para esos ramalazos grotescos (con algo de siniestro también) tan caros al bohemio. Es ahí cuando el maestro de la orquesta que era Mahler encuentra, en el requisito para el violín del concertino en scordatura (esto es, afinado la-mi-si-fa sostenido en lugar de la habitual sol-re-la-mi), la ocasión para ese carácter, que Nelsons se preocupó de resaltar demandando de su solista un sonido teñido de cierta intencionada (y de evidente impacto) rudeza.
Llega luego ese tercer tiempo que nos traslada a un ambiente de increíble belleza, uno que invita inevitablemente a una reflexión serena, en la que no parece haber lugar para otra cosa que no sea una paz infinita. Hasta ese motivo que aparece en la cuerda grave al final de la primera sección del movimiento, en el que se ha querido ver (no sin motivo) un eco del motivo de las campanas del Parsifal de Wagner, nos lleva una y otra vez a una serenidad que casi deseamos que no acabe. La alegre y encantadora canción del final, con el título Vida celestial, proporciona un cierre luminoso a la obra, aunque la conclusión, desvanecida en un pianissimo extremo, deje una sensación que sobrecoge, como si esa belleza inefable que se nos ha ofrecido se esfumara, esquiva. Poco antes ha enunciado la soprano una frase significativa: “Ninguna música terrenal puede compararse con la nuestra” [por la celestial].
En opinión de quien esto firma, Nelsons consiguió ayer una de las más emocionantes y hermosas interpretaciones que de esta obra he podido escuchar en vivo en los últimos años. El letón construyó el edificio mahleriano con todos los ingredientes apropiados: la alegría del primer tiempo, el danzarín y grotesco sarcasmo del segundo y la etérea, ingenua y sonriente luminosidad del cuarto. Pero, sobre todo, dibujó un tercer movimiento de esos que tardaremos en olvidar. Afinó Nelsons un Mahler de cuidada expresión, siempre atento a las numerosas inflexiones y acentos prescritos por el bohemio, con magistral manejo de reguladores y matices, estupendo y justo, nunca exagerado rubato. Y evidenció ser un sabio constructor del edificio sinfónico. La coda del primer movimiento no pudo estar mejor preparada y traducida. Sobrevivió incluso al criminal atentado del que llamaré “asesino de la coda”, portador de un móvil terrorista que asaltó con crueldad intolerable la tensión que con tanto acierto había preparado Nelsons. Hubiera sido merecedor de prisión mayor (el asesino de la coda, no confundamos; Nelsons hubiera merecido un monumento a la paciencia). Se apuntó ya algo sobre el segundo tiempo, ese scherzo donde Nelsons apuró lo que el ritmo y el color mahleriano le permitían. Siempre magistral el rubato, y maravillosa respuesta orquestal, con escalofriantes ppp de los contrabajos inmediatamente antes del comienzo del tramo final.
Pero fue en el tercer tiempo en el que Nelsons nos elevó a ese cielo en el que “no hay música en la tierra comparable a la nuestra”. La emoción empezó en el primer compás y, con una respuesta formidable de una orquesta primorosa, no cesó hasta el último. Exquisitos matices para dibujar un discurso que era una rara combinación de paz, de melancolía… y sobre todo, de una belleza que hacía justicia a una de las músicas más hermosas escritas por Mahler. Atento a cada respiración (y Mahler era de los que las prescribe), a cada inflexión (el pasaje en el que, en apenas unos compases, Mahler demanda cuatro cambios: allegretto subito-allegro molto subito-andante subito-poco adagio quedó expuesto de manera magistral), exprimió cada matiz hasta sus últimas consecuencias. Y el bohemio los exige, especialmente en el final del movimiento (pppp). Espeluznante, emocionante, son quizá las palabras que mejor describen lo escuchado.
Y la emoción persistió. Incluso en el más sonriente tiempo final, con un canto ejemplar de esa estupenda soprano que es Christiane Karg. Tanto que, tras el susurrado cierre, Nelsons mantuvo los brazos en alto unos segundos y nadie se movió ni –milagro– aplaudió hasta que no los bajó. Definitivamente, nos habíamos quedado con la sensación de que había, quizá, una música que se podía acercar a la que la soprano había aludido en esa frase antes citada. Y esa música de paz, de luz y alegría, de belleza inalcanzable, era justamente la que acabábamos de escuchar. Huelga decir que el éxito fue grandísimo y que Nelsons reconoció justamente a los solistas y secciones de la orquesta su magnífica contribución. Lo escuchado fue tan extraordinario que, además de sobrevivir al asesino de la coda, también se sobrepuso a la intrusión de una espectadora, que presuntamente (según testimonio de quienes estaban cerca) superaba niveles razonables de etilismo, no tuvo objeción en proferir algunas frases bien audibles (un ¡Bienvenidos a Madrid! en la pausa entre movimientos, pero hubo otros, por fortuna no tan perceptibles a distancia pero sí, sin duda, por sus vecinos de localidad, sin duda no merecedores de tal calamidad). Otra ciudadana merecedora de prisión mayor (o de capón menor; tal vez, incluso, de ambos). Qué paciencia, señor.
Ni el de la coda ni la de la copa nos pueden quitar el tesoro de la extraordinaria versión de esta Cuarta de Mahler que Nelsons y la espléndida Gewandhaus nos han regalado.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Konrad Stör)


