MADRID / El joven Lahav Shani debuta en Ibermúsica al frente de la Filarmónica de Múnich

Madrid. Auditorio Nacional. 3-II-2025. Ibermúsica 24/25. Orquesta Filarmónica de Múnich. Director: Lahav Shani. Solista: Esther Yoo, violín. Obras de L. Farrenc, Félix Mendelssohn y Chaikovski.
Volvía a Ibermúsica la Filarmónica de Múnich, que ha sido asidua del ciclo desde su presentación en España, en 1982, de la mano del que sería el maestro que ha dejado la impronta más importante en el último medio siglo de historia de la formación bávara, Sergiu Celibidache. Historia que conoció antes batutas muy importantes, empezando por el mismísimo Mahler, su discípulo Bruno Walter y, ya en tiempos más recientes, por ese maestro extraordinario que debiera ser más recordado: Rudolf Kempe. Tras Celibidache pasaron por el podio Levine, Mehta, Thielemann y Lorin Maazel. Tras la muerte de este, en 2014, apareció en escena el ubicuo Valery Gergiev, estupendo director de agenda frenética hasta lo imposible. Pero llegó su amigo Putin y decidió invadir Ucrania. Gergiev no dudó en ponerse decididamente de su lado, y el alcalde de la capital bávara tardó poco en fulminar al director ruso. Poco después, el que había sido concertino de la orquesta durante 30 años, el rumano Lorenz Nasturica-Herschcowici, seguía a Gergiev a Rusia para unos conciertos y era igualmente cesado en su puesto.
La renovación, en plena convulsión (la guerra vino, como recordamos demasiado bien, pegadita a la pandemia), llegó a la orquesta con un nombramiento rompedor. No un director bien establecido, de carrera ya consolidada, como los mencionados antes, sino un joven israelí. Lahav Shani (Tel-Aviv, 1989), tras cursar estudios de piano y contrabajo en su ciudad natal, los amplió en la Hans Eisler de Berlín, ciudad en la que tuvo a Barenboim como mentor. Ganó el concurso Gustav Mahler de dirección en 2013 y su carrera despegó inmediatamente, con debuts en la Sinfónica y Filarmónica de Viena, Staatskapelle de Berlín y titularidad (en 2016) de la Filarmónica de Rotterdam. Desde la temporada 2020-21 es titular de la Filarmónica de Israel (acaba de prorrogar su contrato hasta 2032). En 2022 dirigió un primer concierto a la Filarmónica de Múnich (a beneficio de Ucrania) y tras un segundo concierto con ellos ese mismo año, las autoridades bávaras confirmaron su nombramiento como titular a partir de la temporada 26-27. Sus actuaciones en Madrid, pues, son en calidad de “director titular designado” y constituyen el debut del israelí en la serie de Ibermúsica.
Había más juventud en la primera de estas dos visitas de la orquesta muniquesa. La solista prevista para el primer concierto, la formidable violinista estadounidense Hilary Hahn, canceló sus actuaciones por una lesión que viene manteniéndola alejada de los escenarios hace meses. Para esta gira, su sustituta es la joven violinista estadounidense de origen coreano Esther Yoo (1994), que creció y se formó en Europa, con maestros como Ana Chumachenco, Augustin Dumay o Zakhar Bron. Ganó el tercer premio en el Concurso Sibelius (2010) y el cuarto en el Reina Elizabeth (2012), y ya había visitado el ciclo de Ibermúsica en dos ocasiones (2019 y 2023). En Madrid ha actuado también con la Sinfónica de RTVE (2024).
El primer programa, con el típico diseño obertura-concierto-sinfonía, se abría con una partitura nada frecuente y que era para muchos, entre ellos quien esto firma, una “primera vez”: la Obertura nº 2 de la compositora Louise Farrenc (1804-1875). Esta pianista, pedagoga y compositora francesa dejó tres sinfonías (escritas entre 1841 y 1847, según relata Juan Manuel Viana en sus bien documentadas notas) y tres oberturas, escritas antes (1834). Alude Viana, con razón, a juzgar por lo escuchado, a las resonancias que en esta música hay de Beethoven y Schubert (el de las primeras sinfonías, con el que también conecta nuestro Arriaga). Yo añado, si me apuran un poco, algún que otro ramalazo weberiano. Música, en todo caso, de bella estética y buena construcción, que se escuchó con agrado, aunque, como sucede con casi todas las oberturas, la recepción fue más bien fría.

La pieza concertante era uno de los más bellos Conciertos para violín, el op. 64 de Mendelssohn, concluido en 1844. Una partitura, como bien recuerda Viana, no solo de una extraordinaria belleza, sino tremendamente original, con el solista asumiendo el protagonismo inicial (sin exposición orquestal que le preceda) y la cadencia justo tras el desarrollo del primer tiempo y no antes de la coda. Más aún, esa cadencia, además, está escrita (es decir, no se deja a la libertad del intérprete) y encadenada de manera magistral con el tutti orquestal siguiente. Original también por el hecho de encadenar los tres movimientos sin solución de continuidad. Y todo ello combinado con una música que es una maravilla. De efusión, de lirismo, de poesía, de elegancia, de melancolía y también, en el sonriente tiempo final, de una luminosa y desbordante vitalidad y alegría.
La joven Yoo, con el Stradivarius “Principe Obolensky” de 1704, ofreció una interpretación correcta y entregada, ágil en la articulación, de sonido grato en el timbre y generalmente preciso en la afinación, pero un tanto corto de presencia, lo que redundó en una dinámica que pareció, en muchos momentos, demasiado estrecha. La cálida efusión que debe emanar de estos bellísimos pentagramas, ese sonido lleno que reclama la música en muchos pasajes, pareció aquí demasiado corto de vuelo, como restringido, limitando así la expansión expresiva que la música reclama. El correcto dibujo de las frases, la esforzada intención en el discurso, no terminaron de materializarse en lo sonoro, y el resultado fue una interpretación de escaso impacto, desde luego mucho menor que el que cabe esperar cuando esta música se traduce con toda la intensidad que contiene. Shani y la Filarmónica muniquesa acompañaron con impecable corrección, aunque, dado el pequeño volumen que la solista ofrecía, no pudo evitarse que en algún momento quedara algo tapada por la orquesta. El éxito, en todo caso, fue grande, y Yoo anunció (en parlamento por completo inaudible para quienes estábamos lejos) que iba a ofrecer como propina un arreglo realizado por ella misma de la canción popular coreana Miryang Arirang.

La segunda parte la ocupaba una de las sinfonías más populares del repertorio, la Quinta de Chaikovski (para muestra, tres botones: la ofreció hace unos días la Sinfónica de Madrid, con Gimeno en el podio, ahora, la Filarmónica de Múnich, con Lahav Shani, y en este mismo mes, lo hará la Sinfónica de la WDR de Colonia con Orozco-Estrada). Chaikovski levanta pasiones en muchos (el que suscribe entre ellos) y sarpullidos en casi otros tantos (aquellos para quienes la música es demasiado sentimental o hasta amanerada). Pero si hay algo con lo que su música es incompatible es con una interpretación anodina. El ruso fue extremadamente puntilloso en sus indicaciones, que manejó con profusión. Las indicaciones en cuanto a inflexiones de tempo no son frecuentes, son continuas. En muchos momentos hay tres o cuatro cambios de tempo en apenas ocho compases. Lo mismo ocurre con acentos, matices y reguladores. Era un maestro en la creación de tensiones, en la preparación y construcción de transiciones, en generar las expectativas, pero también en que su consumación se haga esperar.
Y complace poder decir que la interpretación de Shani tuvo esos ingredientes. El israelí, siempre de memoria y sin batuta, no es maestro de gesto ortodoxo, pero sí de diáfana intención expresiva. Desde el primer comienzo, calmado del clarinete, con un estupendo piano, el cuidado con el que Shani dibujó cada regulador, cada inflexión, se tradujo en buena intensidad de expresión. La transición del andante inicial al allegro con anima fue preparada con admirable cuidado, generando esa tensa expectativa antes aludida. El cambio al Molto più tranquillo tras el impulso previo tuvo el impacto expresivo deseable. Excelente también el cuidado con que se construyó el final, incluyendo logrados reguladores de la cuerda grave en un final que, con ellos, dejó un sabor algo inquietante.
Buena decisión la de atacar, prácticamente sin respiro, el andante cantabile, sereno, con un buen solo de trompa, bien matizado y apenas con un mínimo roce en el tramo final de la frase. Estupendo, poco después, el clarinete, y de nuevo acierto de Shani en exprimir las pausas que (con un calderón que está ahí por algo) Chaikovski prescribe. Magnífico pianissimo final del clarinete, adelgazado en un diminuendo de cierre casi inverosímil.
Se planteó el Vals con un tempo sereno (que está muy bien, porque demasiadas veces aquello parece una polca rápida) y, sobre todo, con un dibujo elegante y el rubato apropiado (sin el cual, dicho sea de paso, el vals es algo soso a más no poder). El movimiento final ofreció nuevamente un comienzo sereno (andante sostenuto) y una bien elaborada transición al allegro vivace. Este se afrontó con tempo vivo, pero pudo, tal vez, haber tenido un punto más de impulso. Sin embargo, creo que Shani buscaba el efecto de contraste final. Consiguió llevar el movimiento con esa idea de “hacer esperar” la descarga. Y el clímax fue muy convincente. El Moderato assai que sigue al conocido calderón tras el cual tantas veces han irrumpido aplausos en la creencia errónea de que la obra ha acabado, se dibujó con la grandeza apropiada, nuevamente preparando la coda, iniciada con un Presto vertiginoso, frenético, de gran intensidad, para un final (Molto meno mosso) adecuadamente grandioso.
Una interpretación, en fin, con muchos detalles muy interesantes, que apuntan a que Shani, al menos en este repertorio, sabe qué hacer y cómo conseguirlo, y su propuesta tiene indudable interés y solidez. La Filarmónica de Múnich es una orquesta de altísimo nivel, aunque los tiempos de Celibidache (y también las formas de trabajo) eran, naturalmente otros. Ahora puede disfrutarse de una cuerda de sonoridad grande y llena, bien empastada, ágil y pronta en la respuesta. Excelente viento-madera, sobre todo clarinetes, oboes y flautas, y poderosos pero sólidos metales, capaces de grandes presencias, pero también de matices sutiles. El éxito fue grande para todos, aunque en esta ocasión no hubo propina orquestal.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Rafa Martín/Ibermúsica)


