MADRID / El gran Sokolov: repertorio nuevo, éxito repetido

Madrid. Auditorio Nacional (Sala sinfónica). 27-II-2023. XXVIII Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Grigory Sokolov, piano. Obras de Purcell y Mozart.
La enésima comparecencia de Grigory Sokolov, primera en Madrid tras obtener de la nacionalidad española, dentro de la nueva gira española que le ha llevado a Oviedo, Bilbao, Valencia y, finalmente, Barcelona (el próximo día 1), se ha saldado, como cabía esperar, con la enésima apoteosis. Nada nuevo, podría decirse, en este artista colosal que nunca cansa ni termina de asombrar, por mucho que repita presencia todos los años. Si ya es raro que lo bueno pueda cansar, que lo haga alguien tan excepcional resulta francamente difícil de imaginar.
Cuando digo que nada nuevo, obviamente me refiero solo al ritual, que permanece inalterable, y al éxito, que viene en el menú. Con las luces de la sala atenuadas, Sokolov aparece con su físico rotundo (creo que cada vez más rotundo), muy severo el ademán, saluda al público (también a quienes se sientan detrás, previa media vuelta con giro de precisión casi militar) y se sienta dando comienzo a la interpretación, que efectúa por bloques y, salvo que el público lo impida, sin respiro. Concluido el concierto, la ceremonia también es la misma. Sale tres veces a saludar en medio del aluvión de aplausos y bravos, para comenzar a continuación la lista de propinas. Tras cada una de ellas (media docena) una salida a saludar, y a la siguiente, nueva propina. Después de la sexta, la sala se ilumina por completo en una señal inequívoca de que el artista ha dado por concluida la tercera parte del evento.
Pero fuera del ritual, Sokolov siempre puede sorprender con algo nuevo, algo que a menudo ocurre y que está repitiendo en esta gira. Hace años fue presentando desde el piano la nada habitual (pero bellísima) música de Froberger. En esta ocasión lo ha hecho dedicando una parte entera de su recital (de las dos que se anuncian; la tercera, ya se sabe, es la sorpresa posterior de las propinas ya explicada) a la música de Henry Purcell que como señalo en las notas al programa del concierto (perdón por la autocita), no es compositor por el que haya transitado antes ningún grande del piano, y menos dedicando a sus obras toda una parte del recital.
La selección musical dedicada al gran compositor británico incluía seis piezas aisladas y tres suites. Entre las primeras, un par de ellas brevísimas y ligadas a la canción popular (A New Irish Tune Z 646 y A New Scotch Tune Z 655), algún guiño a la variación (Ground in Gamut Z 645) y tres adaptaciones para tecla de su propia música teatral (Trumpet Tune ZT 678, Round O ZT 684 y Chacona ZT 680), más tres suites, también de dimensión limitada, las nº 2, 4 y 7. Música de elegante dibujo y carácter ligero, dedicada al ámbito doméstico y al solaz del aficionado avezado, que suena especialmente grata y destila lo mejor de su belleza cuando se tañe en el clave o, incluso quizá mejor, en la espineta o el virginal, instrumentos ambos mencionados, junto al clave, en el título de la colección Musick’s Handmaid, que incluye algunas de las obras citadas.
Hacer funcionar en un gran cola moderno música de textura tan ligera, muy basada (por las características de los instrumentos destinatarios) en la articulación cristalina y en sacar el máximo partido a la limitada duración de la nota tras la pulsación de la tecla, exprimiendo al máximo notas de valores cortos y con profusión de adornos, no es tarea sencilla, y probablemente explique (mucho mejor que otras cosas, porque la música es sin duda bellísima) por qué los pianistas han permanecido alejados de estas partituras.
Pero si hay alguien que pueda hacer funcionar estos pentagramas de manera plausible y con garantías en un poderoso piano moderno, en una sala capaz para 2000 personas, en las antípodas del ámbito doméstico para el que las obras fueron pensadas y escritas, ese alguien es Don Gregorio Sokolov, porque el ruso, ahora español, es dueño de una paleta de recursos técnicos y musicales con la que nos lleva dejando pasmados en sus presencias españolas desde hace un cuarto de siglo.
Más allá de que esta aventura purcelliana en el piano moderno sea o no idea de todos los gustos, es de agradecer el empeño, porque a muchos les habrá descubierto una música llena de bellezas, y es además realmente difícil desgranar con más sutileza de matiz (lejos de excesos que reñirían con el estilo) y con más asombroso control de la pulsación y del sonido cada adorno de los muchísimos que inundan esta música. Puede decirse, no sin alguna razón, que algún trino pudo haber tenido un recorrido más recortado y así aligerar algo la textura, algo que probablemente el piano moderno agradece respecto a la más leve sonoridad de virginal o espineta.
Sokolov también adornó con genuina imaginación y adecuación cuando la música lo reclamaba, como en algunas de las repeticiones de la pieza que abría el concierto, la precitada Ground in Gamut Z 645. Sin exagerar matices, no rehuyó la sonoridad pianística (quinta variación de esta misma pieza, Preludio de la Suite nº 2 Z 661), pero expuso con envidiable riqueza de expresión la saraband de la suite mencionada, y presentó con elegancia el canto popular de las melodías irlandesa y escocesa, esta con un genuino toque melancólico. Desgranó con serenidad el Round O adaptado del Abdelazar del propio Purcell (es reseñable la mayor profusión de adornos en la versión para tecla que en la original orquestal), y planteó con impecable dibujo rítmico la hermosa Chacona, también adaptación, en este caso del cierre de El timón de Atenas, otra Masque del estupendo autor británico.
Aunque no es Mozart el compositor al que más se asocian los logros interpretativos de Sokolov, lo cierto es que sus obras aparecen con bastante frecuencia en sus programas. Puede decirse que la música del salzburgués, al menos parte de ella, reclama la chispeante vitalidad y el sonriente desparpajo de Pires, siempre capaz de mil y un claroscuros y de un juego agógico en constante pero sutil movimiento.
Pero Sokolov es un pianista colosal, y es capaz, desde una perspectiva diferente, de proponer un discurso del mayor interés. Pudo haber tenido tal vez más luminosidad el elegante dibujo del tiempo inicial de la Sonata K.333, obra de madurez (1783) que se asoma (especialmente en el tercer tiempo, pero también en ramalazos del primero) al Mozart de los conciertos pianísticos. Bastante dramático, hasta oscuro, llegó el Andante cantabile, que en las manos de Sokolov parece (como el ademán del propio pianista) más severo de lo que la música, con evidentes tintes de fantasía galante, sugiere. Tal vez vea el ruso, en alguna de las crudas y en cierto modo inesperadas disonancias, alguna conexión con la obra que cerraba el programa. Estupendo, muy apropiadamente coherente con el carácter cercano a lo concertante, el Allegretto grazioso final, con una cadencia realmente magistral.
En otro rasgo de su personalidad, Sokolov eligió el Adagio K 540 para cerrar el programa, en lugar de hacerlo con esa sonata de brillante conclusión. El Adagio es una de las obras maestras de Mozart para tecla, una página profundamente dramática, que Sokolov desgranó con más severidad que desgarro, con una sensación de ominosa opresión que fue a más, especialmente en una espléndida repetición de la segunda parte, que condujo hacia una sensación de dolor intenso, con una coda que se desvaneció de forma sobrecogedora. Esos últimos compases de esta excepcional partitura son de por sí testimonio de un pianista de otra dimensión.
Comenzó después la tercera parte, según el ritual antes descrito. La abrió una maravilla brahmsiana, el Intermezzo op. 117 nº 2, desgranado de manera exquisita. Siguió con una enérgica lectura de la Mazurca op. 30 nº 2 de Chopin, seguida de una imponente, grandiosa lectura de una pieza favorita de Sokolov: el Preludio op. 23 nº 2 de Rachmaninoff, sencillamente apabullante. Otro Preludio, el op. 11 nº 4 de Scriabin, de clima bien distinto, misterioso y etéreo, precedió a otro Preludio, el vigésimo de los de Chopin, emocionalmente desgarrador, desde el rotundo comienzo al doloroso final. La serie se cerró con otra pieza también favorita del pianista, el Preludio BWV 855a de Bach en el arreglo de Siloti, en el que hubo un tropiezo de cierta entidad que pareció a punto de quebrar el discurso. Después de todo, y aunque no lo parezca, ese coloso llamado Sokolov también es humano, y no siempre se produce con la misma perfección. Pero ese tropiezo no empaña, faltaría más, lo excepcional de otra velada pianística extraordinaria y la merecida apoteosis con la que el público, que esta vez poblaba bastante la sala sinfónica del auditorio, la acogió. En eso sí que no hay nada nuevo: Sokolov podrá traer un repertorio diferente, pero él y el éxito apoteósico van de la mano.
Rafael Ortega Basagoiti


