MADRID / ‘El Gato Montés’: verismo a la española en manos de Christof Loy

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 10-VI-26. David Oller, Mané Galoyan, Rodrigo Garrull, María Rodríguez, Carol García, Manel Esteve, Gerardo Bullón, Pablo Gálvez, Alonso Gabarrús, Alberto Camón, Adriana Viñuela. Pequeños Cantores de la ORCAM, Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra. Dirección de escena: Christof Loy. Manuel Penella: El Gato Montés.
El escenario del Teatro de la Zarzuela acoge una nueva producción de El Gato Montés, la célebre y singular ópera del maestro valenciano Manuel Penella, título con el que el teatro de la calle Jovellanos finaliza su temporada lírica 25 / 26. La dirección escénica es de Christof Loy, mientras que de la musical se encarga su titular, José Miguel Pérez-Sierra, a la que se incorporará Rafael Sánchez-Araña, actual director de la Orquesta Sinfónica de Las Palmas, en las tres funciones finales. La obra de Penella ha regresado periódicamente al coliseo madrileño desde su primera representación en 1969, que entonces fue posible gracias a una primera reconstrucción realizada en 1968 por Miguel Roa con lo que se pudo encontrar, aproximadamente la mitad. El resto lo compuso él, intentando respetar y ser coherente con el estilo de Penella. Hasta los años ochenta no se pudo recuperar el material original que estaba en América, y de ahí nació la idea de llevarla a la Expo de Sevilla de 1992 en unas representaciones en el Teatro de la Maestranza que culminaron en la grabación que protagonizó Plácido Domingo.
El Gato Montés no es una españolada. Es su reflejo, llevado con toda justeza y verismo a la escena. El ambiente colorista y polícromo, exuberante de luces y matices, es el suyo propio. Penella, al poner música a esta obra, teniendo en cuenta la índole y condición de su asunto, no tuvo más remedio que hacerla neta y castizamente española, siguiendo una larga tradición de arquetipos románticos sobre la identidad española. Este imaginario folclórico nació a principios del siglo XIX en París de la mano de Manuel García, quien asentó en Europa figuras populares como contrabandistas, majas y barberos, un imaginario exótico que ampliaron autores como Víctor Hugo, Alejandro Dumas o Próspero Merimée con gitanos y toreros, y el compositor valenciano recoge esta esencia en su obra en un apasionante triángulo amoroso: torero, gitana, bandolero.

Hace ya ciento nueve años, exactamente el 22 de febrero de 1917, se estrenaba con enorme éxito en el Teatro Principal de Valencia -en una función a beneficio de un monumento a Salvador Giner- la que el propio compositor calificó de “ópera popular española” en tres actos y cinco cuadros, a partir de un libreto iniciado por Felipe Sassone y concluido por el propio Penella. Al día siguiente pasaría al Teatro Apolo de la capital del Turia, mientras que el estreno en Madrid se produjo el 1 junio del mismo año en el Gran Teatro. Sassone, escritor y periodista peruano de origen italiano, cuenta en su libro de memorias La rueda de mi fortuna cómo la idea de El Gato Montés ya estaba en el ánimo de ambos en 1914, y su frecuentación de dos locales bohemios de Madrid, El gato blanco (una taberna) y El gato negro (un café), tal vez pudo inspirar el título. Sin embargo, la prematura muerte de su esposa en 1915 sumió a Sassone en una depresión de la que no logró salir, de modo que el peso del libreto recayó por completo en Penella.
En El Gato Montés hallamos a un compositor en plenitud de facultades. La ópera tiene dos valores innegables, el teatral y el musical. La música encaja bien en el marco del libro, se desenvuelve con todo verismo y en conjunto Penella logra una vinculación de letra y música muy considerable, obligando a los personajes a cantar como cantarían en la vida. Penella es además un magnífico orquestador, y aunque puede resultar pucciniano en las atmósferas musicales, se trata de un compositor que ejerce un poderío personal y único en escenas como la alegre fiesta del primer acto, la tensa fiesta taurina del segundo o el dramático desenlace del tercero. Con un motivo sencillo de pasodoble, Penella consigue mantener la atención fija en el desenvolvimiento de la melodía durante casi todo un cuadro, y bordea las dificultades de la escena en el recitado y desarrollo del acto segundo. Por toda la partitura campea una atractiva espontaneidad melódica, casi siempre pasional y emotiva, con una instrumentación fluida y ecléctica, sobria y brillante. En la musa genuinamente española buscó la orientación de sus cadencias rítmicas y de su orquestación brillante y coloreada.

El Gato Montés es obra compleja de poner en escena, a lo que se añaden las dificultades de una partitura que exige al elenco protagonista buenos recursos vocales y expresivos. Se trata de la visión de una Andalucía interiorizada en un drama con tintes de tragedia que combina el ambiente romántico de toreros y bandidos con resonancias veristas y el aire popular del folclore andaluz y el canto flamenco.
La nueva producción supone el debut en el Teatro de la Zarzuela del director alemán Christof Loy, habitual del Teatro Real y de otros principales teatros de Europa, a quien su fascinación por nuestro género lírico le ha llevado a dirigir recientemente títulos como la opereta Benamor de Pablo Luna en el Theater an der Wien de la capital austriaca y El barberillo de Lavapiés en la Ópera de Basilea el pasado otoño. Producción que la Zarzuela ha programado para la temporada próxima. Su propósito es ayudar a que el género encuentre su el lugar que merece en el mundo lírico internacional. Loy defiende que la estructura de la ópera combina con maestría el color costumbrista con una sorprendente modernidad, plasmando con contundencia el gran contraste con la alegría y la fiesta popular que avanzan inexorablemente hacia un destino fatal. Uno de los grandes aciertos de la puesta de Christofer Loy es la habilidad con la que concierta el discurso musical con una acción escénica de una gran intensidad, que exige un alto grado de precisión. La escena se desarrolla en espacios amplios dominados por grandes paredes blancas por las que parece filtrarse una luz casi natural. Es pura plástica, de gran elegancia, en la cual cada personaje sabe cuál es su ubicación, su movimiento en escena. La escenografía de Manuel Lacasta, el vestuario de Robby Duiveman y la iluminación de Albert Faura contribuyen a presentar un espectáculo de gran calidad.

Tanto los protagonistas vocales como el resto de los intérpretes insuflaron a la acción buenas dosis de emoción, brindando en su conjunto un gran trabajo actoral. Visita por primera vez este escenario, encarnando a Rafael el Macareno, el tenor mexicano Rodrigo Garull, que exhibió un solvente agudo y gran intensidad vocal, convincente en el porte torero que su papel exige. La soprano armenia Mané Galoyan, como Soleá, lució una cuidada línea melódica, delicada en los dúos amorosos, de buena emisión y controlados agudos. La figura del bandido protagonista, Juanillo, el Gato Montés del título, la asumió el barítono madrileño David Oller, cuya voz tal vez carece de la densidad tímbrica que nos puede suscitar un personaje matón, pero que en todo caso compuso un personaje de suave melancolía, de tristeza honda y amarga que acompañó con una notable actuación. Completaron el resto del primer reparto María Rodríguez, conmovedora como Frasquita, la madre de Rafael; Carol García, de voz cálida, que aportó temperamento como la Gitana; Gerardo Bullón, que lució su excelente voz baritonal como el picador Hormigón; y el también barítono Manel Esteve, quien aportó toques de humor y soltura escénica como Padre Antón. Todos estuvieron muy bien acompañados por el resto del reparto.
Hay que destacar la actuación de los Pequeños Cantores de la Orcam. La entrada de los niños que van a depositar flores en el lecho mortuorio de Soleá es una página sencilla y conmovedora. Espléndida la actuación del Coro Titular, todo quietud y recogimiento cuando unos coros internos de marcado sabor popular interrumpen el silencio sepulcral.
La dirección musical correspondió a José Miguel Pérez Sierra, gran amante de esta partitura, quien realizó una lectura muy convincente; extrajo toda la riqueza cromática de ella, impulsando en todo momento la acción dramática, combinando sabiamente tensión y lirismo y cuidando la densidad orquestal para no tapar a las voces. La orquesta se plegó a sus indicaciones. Lástima que los dos últimos entreactos se dilataran más de lo acostumbrado, lo que provocó que la representación perdiera parte de la tensión conseguida.
Buen final de temporada. Grandes y prolongadas ovaciones. Como consecuencia, varias salidas a saludar de los intérpretes.
Manuel García Franco


