MADRID / El encantamiento de Currentzis en su ‘performance’ haendeliana

Madrid. Auditorio Nacional. 17-X-2025. Ciclo La Filarmónica, concierto en colaboración con el CNDM. MusicAeterna, orquesta y coro. Director: Teodor Currentzis. Artistas de la Academia Anton Rubinstein: Tatiana Bikmukhametova, Ksenia Dorodova, Diana Nosyreva, Iveta Simonyan, sopranos. Yulia Vakula, mezzosoprano. Con la participación de Sofia Tsygankova, soprano, y Andrey Nemzer, contratenor y vocal coach de la Academia Anton Rubinstein. Obras de G.F. Haendel.
La primera de las dos visitas programadas por Currentzis y su grupo MusicAeterna en esta temporada 25-26 (ambas en colaboración con el CNDM) se dedicó por entero a la música de Haendel, dentro de una gira que se había iniciado en Atenas, Moscú y San Petersburgo y los llevará posteriormente a Valencia y Barcelona. Además de sus ya bien conocidos coro y orquesta MusicAeterna, el evento incluía la novedad de la participación de hasta siete solistas vocales seleccionados en la primera temporada de la Academia Anton Rubinstein, la iniciativa educacional que Currentzis y su orquesta han puesto en marcha para cantantes. Si no falla la memoria, solo habíamos escuchado en Madrid con anterioridad a Sofia Tsygankova, que cantó la Segunda de Mahler el pasado año, y al contratenor Nemzer, que intervino en el Requiem de Mozart.
Es francamente interesante lo que puede leerse en la web de MusicAeterna sobre esta iniciativa de la Academia Rubinstein: “En la temporada 2025-2026, jóvenes cantantes prometedores de toda Rusia que hayan superado una selección en varias fases serán invitados a la Academia: estudiantes universitarios de conservatorios, recién graduados y aspirantes a artistas de teatros de ópera. El programa de formación es gratuito y tiene una duración de tres años. Incluye clases individuales y de grupo, participación en conciertos y producciones teatrales de musicAeterna, clases magistrales con Teodor Currentzis y mentores y artistas de renombre mundial, además de enseñanza en disciplinas interpretativas, humanísticas y lingüísticas, así como un amplio curso de educación estética en música, literatura, cine, filosofía y arte. Se diseñará un plan de estudios individual para cada cantante.” La idea seguro que suena familiar a más de un amante del barroco, porque guarda algún paralelismo con Le Jardin des voix de William Christie. Al final, es algo parecido a la cantera de los equipos de fútbol. Una buena cantera asegura un buen futuro.
Había en el programa un poco de todo en lo que se refiere a los géneros cultivados por Il caro sassone: algunas piezas puramente orquestales como la oberturas de Agrippina o el Alla Hornpipe de la Suite nº 2 de la archiconocida Música Acuática, pero el foco principal estaba en páginas vocales y corales de oratorios y óperas, que cubrían prácticamente todo el periodo vital del compositor, desde las escritas cuando aún era un adolescente (el salmo Dixit Dominus, de 1707, La Resurrezione, de 1708, o la citada Agrippina, de 1709, todas resultado de su estancia en Italia) a las obras más maduras, como los diversos fragmentos ofrecidos de sus oratorios Theodora (escrito en 1749 y algunas veces llevado a la escena como ópera, no siempre con fortuna), Israel en Egipto (1738) o L’allegro, il penseroso ed il moderato (1740).
Entre esos extremos, nutrida representación de obras escritas entre 1713 y 1738, que incluían himnos como Zadok, the priest (compuesto en 1727 para la coronación del Rey Jorge II y utilizado desde entonces en todas las coronaciones de monarcas británicos) y el fragmento ofrecido de la Oda para el cumpleaños de la Reina Ana (1713). La ópera (dejando aparte si Theodora se encuadra o no allí) estaba bien representada. Además de la obertura de Agrippina, pudimos escuchar arias de Amadigi di Gaula, Giulio Cesare in Egitto y Orlando. El gran talento de Haendel para producir (a toda velocidad y con insólita perfección) música de impacto emocional y dramático indudable, nutrida, entre otros elementos, de una inventiva melódica extraordinaria, le permitía moverse como pez en el agua en la mayor variedad de climas y atmósferas. El teatro, el oratorio, la solemnidad de las celebraciones reales, en todos los terrenos se movía con una facilidad asombrosa y lograba resultados de enorme belleza, que enterraban con facilidad las críticas de algunos por su también reconocida tendencia a reciclar materiales propios (y, en alguna ocasión, ajenos).

No empezó la velada con los mejores augurios, porque la prolongada duración del concierto previo de la Nacional retrasó la preparación del escenario para el concierto de Currentzis. Y el retraso no fue corto: algo más de 30 minutos… entre otras cosas porque esa preparación no es cualquier cosa. Y no lo es porque, como suele ocurrir con Currentzis, lo que se vive no es un concierto al uso, sino una performance, un acontecimiento que trasciende la mera interpretación musical para adentrarse en el terreno semiescénico (o escénico, sin el “semi”), en el que el juego de iluminación y los movimientos de cantantes tienen un papel esencial. Como suele decirse, se juntó el hambre (el largo concierto de la Nacional) con las ganas de comer (la prolija preparación del concierto haendeliano) y el resultado fue el retraso citado, recibido con perceptible desagrado por una parte del público, que palmeó ostensiblemente reclamando el comienzo, incluso después de que, desde la organización (La Filarmónica), Marcos Amat, micrófono en mano, explicara la razón de la dilación y ofreciera las correspondientes disculpas.
Pero ni los retrasos (ni probablemente varios rayos que hubieran caído) evitaron que el griego consiguiera lo que siempre logra: hipnotizar al personal. Currentzis es un músico de talento privilegiado que, como hemos señalado en otras ocasiones, trabaja además en unas condiciones únicas en cuanto a tiempo y profundidad de ensayo (y no es baladí tal ventaja). Logra con sus músicos esa atmósfera envidiable de unidad y voluntad de lograr la mayor intensidad en lo que ofrecen. Los lleva a su particular huerto con un convencimiento que se diría casi ciego y consigue de ellos una entrega absoluta. Y de esa suerte, es fácil que, a su vez, la situación de trance que la formación vive se contagie al público.
El particular encantamiento de Currentzis (y de su formidable grupo) cala en buena parte del público (una muy buena parte, diría yo), salvo que se vaya al acontecimiento con la lanza del purismo o se rechace la parte de show festivo que tiene el asunto (que la tiene, desde luego). Currentzis se mueve sin freno, gesticula de forma tan explícita como, para algunos, excesiva, y también matiza, acentúa, contrasta, impulsa y pausa, casi siempre de forma extrema. El impacto en cuanto a emociones es tan evidente como grande… para quien esté abierto a tal aproximación. Porque si uno va a ver a Currentzis esperando un concierto comme il faut o si determinadas teatralidades le despiertan sarpullido, es muy probable que salga del evento con urticaria y prurito. El griego es de esos artistas cuyo menú no admite el troceado. Hay que comprar el menú entero, con su importante componente de heterodoxia… o descartarlo. Pero si uno está dispuesto a disfrutar de unos músicos que se lo pasan en grande, puede también participar del festín.
Y eso fue también evidente en la noche (madrugada más bien) haendeliana que se comenta. Comenzó con golpes de campana, el escenario en la semioscuridad. Sonó un solo de clavecín que no correspondía con el anunciado Preludio de Theodora (en realidad tal “preludio” no existe, es una obertura francesa en toda regla). En los eventos de la gira que han precedido al de Madrid, el programa anunciaba, antes de la primera aria (Augelletti, ruscelletti, de la segunda parte de La resurrezione) un Preludio, sin más apellidos, que indudablemente era el solo escuchado de clavecín. No ahorró Currentzis (nunca lo hace) contingente, con una plantilla de cuerda en la que me pareció contar (no era fácil desde mi localidad y más con el continuo ir y venir de luces) 10/8/4/4/3. Personalmente agradezco que no se recorte en plantilla para una sala de 2300 personas. No es purista, desde luego, pero no seré yo quien critique tal decisión.

La orquesta ofreció una prestación magnífica en lo que a la cuerda (empastada, ágil, poderosa y bien matizada) se refiere. Algo más discreta la madera, con un solista de oboe no siempre redondo. Solventes, salvo algún pequeño desliz, las trompetas y trompas naturales, exigidas en más de un momento. La plantilla de cantantes jóvenes de la Academia Anton Rubinstein evidenció un notable nivel. No estamos ante voces de gran calado en lo que a volumen y presencia se refiere (con la excepción del contratenor Nemzer, muy notable y con buen instinto teatral en su Ah! Stigie larve-Vaghe pupille de Orlando, o Diana Nosyreva, de volumen más importante que el de sus colegas, pero no exenta de agilidad), pero si bien timbradas y con buena línea de canto, siempre con un Currentzis que las cuidó con mimo (a veces con gestos evidentes a la orquesta para reducir volumen).
Por su parte, Currentzis tomó (la heterodoxia) vías, en alguna ocasión, sorprendentes. Por poner solo dos ejemplos, la introducción de dos tambores en el Alla hornpipe de la Música acuática, o la de una viola de gamba soprano en bastantes momentos (muy notoriamente en el De torrente in via bibet del Dixit Dominus), con un solista que no estuvo entre los más destacados. Parte de la teatralidad la propia actuación del coro (absolutamente superlativo, por cierto, en toda su actuación, cantada de memoria), que permanecían sentados en el suelo mientras no actuaban (supongo que no poner sillas formaba parte de la mise en scène, como el hecho de que los músicos de cuerda aguda unas veces actuaran de pie y otras sentados), era pedirles que no se limitaran a cantar, sino que realizaran una suerte de coreografía gestual que acompañaba al canto.
Con todo, es difícil no quedarse con muchos momentos de notable impacto. Sirvan de ejemplo la grandeza y solemnidad de ese precioso himno que es Zadok the Priest (sí, incluyendo el efectista cambio de luces en el momento oportuno), la fulgurante vitalidad de la Obertura de Agrippina, la emoción del citado fragmento del Dixit Dominus, el hermoso coro He saw the lovely youth de Theodora o el grandioso cierre con el final de Israel en Egipto. Currentzis se salió con la suya, una vez más, y ni el retraso ni lo avanzado de la hora le disuadieron de dar hasta cuatro propinas a un público entusiasmado: Amarti si vorrei, de Teseo, Tornami a vagheggiar, de Alcina, la vibrante Come nube che fugge dal vento de Agrippina (la solista de la ocasión tomó también los “trastos” de dirigir los últimos compases, parte del show) y cierre con Lascia la spina, de Il trionfo del tempo e del disinganno, aunque la misma melodía, utilizada varias veces por Haendel, se ha hecho especialmente conocida como Lascia ch’io pianga como parte de Rinaldo.
Una “performance” haendeliana que quizá no se encuentra entre las actuaciones más memorables del director griego, pero que pese a todo nos dejó muchísimos ingredientes para disfrutar. Ellos disfrutaron, y buena parte del público, también.
Rafael Ortega Basagoiti


