MADRID / El efecto Vengerov

Madrid. Auditorio Nacional. 07-X-2026. Atlántida Chamber Orchestra; Maxim Vengerov, violín; Manuel Tévar, director. Obras de Glinka, Sibelius y Dvořák.
El pasado miércoles acudimos al primer concierto de la temporada de la Atlántida Chamber Orchestra en el Auditorio Nacional de Música de Madrid (AN), una temporada que consta de diez conciertos por los que desfilarán diversos solistas como las violinistas María Solozobova, Yunmao Kang y Sherry Tse; los pianistas Alberto Urroz, Congyu Wang, Shiran Wang y Mario Prisuelos; las sopranos Alexandra Zamfira y Ainhoa Arteta; la cantaora Estrella Morente, el violonchelista Misha Mayski y la flautista Silvia Careddu. El miércoles, por la pasarela del Auditorio Nacional, desfiló el violinista Maxim Vengerov. Sin duda era la estrella del recital al que acudió un público variopinto: ancianos, maduros, menos maduros, jóvenes y muy jóvenes. En el ambiente se sentía el efecto Vengerov: el violinista israelí-ruso convocó a un nutrido público y fue el foco de atención. Prueba de ello es, primero, el larguísimo aplauso que le dieron incluso antes de empezar a tocar y, segundo, que no pocas personas abandonaron la sala cuando terminó su interpretación —fantástica, por cierto— y no se quedaron a escuchar la segunda parte del concierto en la que la Atlántida Chamber Orchestra interpretó la Octava de Antonin Dvořák.
Vaya por delante la siguiente aclaración. A juzgar por los aplausos y ovaciones —las ovaciones se las llevó Vengerov—, no cabe duda de que al público le encantaron todas las interpretaciones de las obras en el programa. Así que, probablemente, alguno de los comentarios de quien suscribe esta crítica resulten discordantes en ese consenso público del aplauso. En la página web de la orquesta que dirige el madrileño Manuel Tévar puede leerse la siguiente frase: «La Atlántida en el escenario es como una botella de cava: cuando la descorchas, sabes que el corcho saldrá, pero no en qué dirección… Y eso es apasionante, cada actuación de la orquesta lo es». Ayer salió el corcho, sí, pero su trayectoria describió una curva irregular con el punto más elevado y apasionante en la actuación de Maxim Vengerov. ¿Fue un buen concierto? Lo fue, sí. ¿Pudo haber sido mejor? Sí, también. Que conste igualmente que tiene muchísimo mérito programar diez conciertos al año en el AN —y la orquesta ya lleva cuatro temporadas— y que el público acuda a la Sala Sinfónica para escucharlos. Interpretar no es fácil; hacer buenos programas, tampoco; pero lo que sí que es más difícil y arduo es llenar un auditorio con público. Hecha esta aclaración, prosigamos.
El recital comenzó con la obertura de la ópera Ruslán y Ludmila del compositor ruso Mijaíl Glinka (1804-1857). Glinka compuso esta ópera entre 1837 y 1842, es decir, que la terminó cuando tenía treinta y ocho años. La ópera está basada en un poema homónimo de Alexandr Pushkin (1799-1837), quien murió en un duelo antes de poder escribir el libreto. De esta ópera, lo más conocido hoy es su obertura. Una música exuberante que dura de entre cinco a seis minutos; enérgica, heroica, entusiasta. Y eso es lo que transmitió la Atlántida en su interpretación: energía, heroísmo, entusiasmo, frescura… Una carta de presentación digna. El público la aplaudió con la impaciencia de quien espera el plato principal con los dientes largos.
Y el plato principal llegó: «Sibelius a la Vengerov». En cuanto Vengerov pisó el escenario, el público aplaudió a rabiar —casi una ovación— antes de que sus dedos siquiera se posasen en las cuerdas del Stradivarius ex-Kreutzer con el que suele tocar en los conciertos. Una vez se apagó el aplauso del público, comenzó la interpretación del Concierto para violín en Re menor, op. 47 que Jean Sibelius (1865-1957) compuso en 1903. Los violines de la orquesta extendieron ese agudo manto etéreo sobre el que el violín de Vengerov presentó el bellísimo tema —que más tarde pasa a los clarinetes— con el que comienza el primer movimiento Allegro moderato. Bastaron cuatro notas para sentir que esa interpretación iba a ser memorable: calidad, profundidad, precisión, lirismo e inventiva. Cierto es que el Vengerov de 2026 no es el mismo que el de la década de los noventa del pasado siglo, pero quien tuvo, retuvo. Y Vengerov ha retenido excelentemente. La orquesta supo acompañarlo y estuvo a la altura del solista que estaba sobre el escenario. No obstante, la calidad del sonido de Vengerov eclipsó un tanto el buen hacer de la orquesta. Quien lo escuchaba no podía más que maravillarse con el despliegue de un emocionante y virtuoso lirismo.
El segundo movimiento, Adagio di molto, comenzó con una buena y misteriosa introducción de los dos clarinetes de la Atlántida a la que se unió el oboe, posteriormente el resto de instrumentos de metal. Una introducción suave bien sostenida por el director Manuel Tévar, que sirvió para resaltar el canto grave del violín de Vengerov. ¡Qué potencia y proyección! Y qué control de los pianissimi a lo largo de todo el movimiento y, especialmente, al final. El tercer movimiento Allegro, ma non tanto fue —y no es exageración— sencillamente increíble. La capacidad técnica y el lirismo de Vengerov fueron absolutos. Una orquesta que supo acompañarlo para generar esa sensación de galope del comienzo del movimiento. ¡Qué dobles cuerdas al unísono las de Vengerov! Interpretación emocionante, apasionante, intensa. Notas agudas penetrantes y ¡qué precisión! Es normal que, apenas al sonar el último acorde del concierto, el público prorrumpiese en una aclamación por unanimidad y con buena parte de los asistentes en pie hasta que Vengerov les regaló una propina: el imponente Adagio de la Sonata nº 1 en Sol menor para violín solo de Johann Sebastian Bach. Las dobles cuerdas ¡impecables! ¡Qué musicalidad! El público ovacionó a Vengerov… pero no hubo más propinas y, seguramente, muchas personas se quedaron con ganas de más.
Tras el descanso comenzó la Sinfonía nº 8 en Sol mayor, op. 88, que Dvořák compuso en 1889 para el emperador de Austria Francisco José I. El compositor tenía cuarenta y ocho años, es decir, diez más que Glinka cuando compuso Ruslán y Ludmila y once más que Sibelius cuando escribió su concierto para violín. La Octava se divide en cuatro movimientos. Es en la interpretación de esta sinfonía donde retomamos la trayectoria irregular del corcho mencionado más arriba. En general, la orquesta sonó un poco descompensada —muchos agudos y pocos graves; quizás una sección más nutrida de violonchelos hubiera ayudado—, le faltó precisión y profundidad en algunos pasajes. Entusiasmo, desde luego, no les faltó a los músicos, especialmente a dos de los miembros de la sección de contrabajos y a dos de la de violas, a quienes se les veía disfrutar interpretando la música. Y ese brío resultaba contagioso. También mucho entusiasmo y energía expresaba el concertino, quien hacía muy buenos gestos para dirigir a sus compañeros, pero que, sin embargo, no estuvo tan fino en la afinación de alguno de los solos. Los oboes, muy musicales, y muy bueno y preciso el timbalero. A la sinfonía pudo habérsele sacado más partido, pero el público se mostró satisfecho y complacido. El efecto Vengerov seguía latente.
Michael Thallium


