MADRID / El dominio del Cuarteto Diotima ante Janáček, Berg y Beethoven

Madrid. Teatro Fernando de Rojas. 9-XI-2025. Círculo de Cámara-Círculo de Bellas Artes. Cuarteto Diotima. Yun-Peng Zhao (violín), Léo Marillier (violín), Franck Chevalier (viola), Alexis Descharmes (violonchelo). Obras de Léos Janáček, Alban Berg y Ludwig van Beethoven.
Un concierto del Cuarteto Diotima es siempre un acontecimiento para los amantes de la música de cámara y más específicamente de las composiciones producidas para esta agrupación en los siglos XX y XXI en las que se han especializado y cuyas versiones son realmente referenciales. El Círculo de Bellas Artes acogió el pasado domingo un programa de enorme exigencia —como es habitual en ellos— que unía a Janáček y Berg en la primera parte con Beethoven en la segunda.
Los dos cuartetos para cuerda de Leoš Janáček (1854-1928) son obras tardías e inspiradas por un amor otoñal (y casi hiemal) por una mujer treinta y siete años más joven que él, Kamila Stösslova, a la que conoció en un balneario moravo al que el compositor acudía a descansar en verano. Si bien la cosa no prosperó en cuanto a la reciprocidad de los sentimientos —a pesar de que el veterano Leoš no dudó en utilizar la vieja táctica del pesado— por lo menos consiguió que la mujer, casada como él, aceptara sus epístolas e incluso, que se encontrara a su lado en el momento de su muerte, acaecida el 12 de agosto de 1928 de resultas de una pulmonía contraída días antes durante un paseo que ambos daban.
Once años de amor apasionado sin respuesta completamente satisfactoria dan para mucho, así que el buen hombre decidió sublimar tanto fuego en dos cuartetos de cuerda. El segundo, el interpretado por los Diotima, fue compuesto el mismo año de su muerte y titulado Cartas íntimas, nombre que no necesita ninguna explicación a la luz de la relación que mantenían. Obra fragmentaria, deslavazada y por momentos precursora de ese nefasto movimiento que es el minimalismo, necesita de unos intérpretes como los que pudimos escuchar para conferir cierta coherencia a un discurso que estalla y se dispersa constantemente. Las tensiones nunca resueltas (lógico, si se inspiró en ese amor tan incompleto) fueron magníficamente trasladadas por los Diotima, que bordaron cada efecto, comenzando por esos sul ponticello del comienzo y que vuelven una y otra vez a lo largo de la obra.
El aspecto rítmico, muy complejo por sus constantes rupturas y cambios de pulsación, fue dominado con una solvencia y una naturalidad enormes y esa mezcla de furia/pasión/ardor, lirismo e inevitables elementos folclóricos (en el cuarto movimiento) quedó perfectamente plasmada en una interpretación en la que estos músicos lograron encontrar un equilibrio perfecto a una obra en la que todo es desequilibrio. Si los cuatro tienen una calidad excepcional, en esta partitura destacó el viola Franck Chevalier: su instrumento representa la voz de la amada y por tanto su papel es realmente primordial. Una de las características por la que destacan los Diotima es por el control perfecto del sonido y de los arcos y en una obra de esta complejidad en que el carácter y la escritura cambian constantemente, apabullaron por su precisión y conjunción.

Siguió la Suite lírica de Alban Berg, obra estrenada en Viena en 1927 con gran éxito. La obra está dedicada a Zemlinsky y probablemente su estructura en seis movimientos remite muy voluntariamente a la Sinfonía lírica de este último. También una cita en el cuarto movimiento que toma el tema del barítono en el momento en que canta “Du bist mein Eigen, mein Eigen” (que vendría a ser “eres mío”) sobre un poema de Rabindranath Tagore rinde homenaje a su admirado Zemlinsky. A pesar de todo esto, su inspiración proviene de otro lío de faldas. O de otra historia de amor, para los más románticos. Concretamente, la que tuvo con Hanna Fuchs, una hermana de Franz Werfel, entonces ya marido de Alma Mahler. Esta historia clandestina se descubrió mucho más tarde por una serie de vericuetos en los que se metió la propia hija de Hanna al proponer a unos musicólogos que estudiaran unas partituras de Berg dedicadas a su madre. Y se abrió la caja de Pandora, porque había unas anotaciones en miniatura más que indiscretas. Conclusiones: 1. no te pongas a hurgar en la vida de tus padres, que seguro se hace añicos la paz familiar; 2. mantente alejado de los musicólogos.
Dicho esto, gracias a este cotilleo póstumo, se descubrió que Berg utiliza las iniciales propias y las de su enamorada permanentemente, esto es AB y HF, o lo que es lo mismo La-Si bemol y Si natural-Fa. Esto le viene de perlas al amigo Berg, porque sendos pares de notas conforman los dos intervalos y sus respectivas inversiones le proporcionan la posibilidad de utilizar los intervalos más disonantes, es decir, la segunda menor, la séptima mayor, la quinta disminuida y el tetracordo. Para qué quería más el compositor, muy amigo de ocultar programas, mensajes… y hasta una hija.
La interpretación de los Diotima fue un verdadero disfrute gracias a la precisión milimétrica con que ejecutan cada una de las infinitas indicaciones del compositor y sobre todo, cómo consiguen reconcentrar todo eso en un sonido orgánico. Fue impresionante ese “flautando” que pide Berg en el segundo movimiento en ppp y ese final en cascada descendente y notas paralelas, en el que dividieron el arco en tantos ataques como notas hay en esa escala descendente. Realmente admirable cómo desentrañaron esa especie de maraña inextricable que es el Allegro misterioso en el que los diferentes efectos y tipos de arco se combinan en un contrapunto absolutamente fantasioso. Consiguieron dosificar esa tremenda tensión de la primera parte del Adagio appassionato en un alarde de virtuosismo individual y conjunción camerística al mismo tiempo para obtener un ambiente completamente estático en toda la sección final. La capacidad de pasar de un ambiente a otro, de un tipo de fraseo a otro completamente distinto quedó patente en ese Presto delirando-Tenebroso, que nos lleva desde un juego casi inocente hasta la brutalidad pasando por el suspense, todo ello a través de un catálogo impresionante de articulaciones, dinámicas y ataques que los Diotima han integrado con total dominio. La obra se cerró con ese Largo desolato en el que, como buena obra dedicada a un amor más o menos imposible, no falta el acorde de Tristán, que va diluyendo toda la tensión acumulada con la desaparición progresiva de cada instrumento hasta un pianissimo casi imposible de la viola. Difícil encontrar una versión más asentada, potente y, en definitiva, magistral que la que ofrecieron los Diotima.

El último Cuarteto nº 16 en Fa mayor op. 135 de Beethoven —y última de sus obras— fue el protagonista de la segunda parte del concierto. Compuesto en octubre de 1826 pero estrenado en marzo de 1828, es decir, ya muerto Beethoven, está dedicado al comerciante Johann Nepomuk Wolfmayer, gran admirador del compositor. El sobrenombre de esta obra “La difícil decisión” ha dado lugar a un fárrago de especulaciones más o menos verosímiles. El último movimiento comienza con unos acordes lentos que llevan la anotación “Muß es sein?” (¿Debe ser?), a los que se les responde con el más veloz y alegre tema principal “Es muß sein!” (¡Debe ser!)”. Quedémonos con la versión de Beethoven que en una carta a su editor Moritz Schlesinger adjuntando el último de los cuartetos, le dijo “Aquí, mi querido amigo, está mi último cuarteto. Será el último; y de hecho me ha dado muchos problemas. Porque no he podido componer el último movimiento. Pero como sus cartas me lo recordaban, al final decidí componerlo. Y por eso he escrito el lema: “La decisión tomada con dificultad —¿Debe serlo?— ¡Debe ser, debe ser!” Lo realmente sorprendente es que tal música, de una vivacidad, una gracia y una vitalidad contagiosas, fuera escrita por un hombre con la salud muy quebrantada y al que le quedaban sólo unos meses de vida.
Los Diotima llevaron a cabo una ejecución impecable, pero dio la impresión de que abordaban su interpretación partiendo de los ataques, las articulaciones y las células para encontrar el carácter de las frases y no al contrario. Se trata de una visión más caleidoscópica que unitaria y más de acuerdo con el tipo de obras que habitualmente interpretan, pero al fin y al cabo ¿por qué no adoptar esta mirada más “contemporánea”? Sólo eché de menos un poco más de humor y de espíritu juguetón en esta música que, en cierto modo, mira a otros cuartetos anteriores. La claridad y el equilibrio entre instrumentos primaron en ese primer movimiento Allegretto, con un control completo de las dinámicas y los planos sonoros. El segundo movimiento Vivace comienza con toda una sección sincopada en ese tres por cuatro escrita para generar cierto desasosiego al oyente en cuanto al punto de apoyo, pero al mismo tiempo, hay que procurárselo y conseguir que entienda dónde va el tiempo fuerte del compás. Los Diotima optaron por lo contrario, por enfatizar las síncopas y borrar las pistas, de manera que sin duda lograron un efecto de flotación rítmica muy interesante pero que a mí particularmente no me terminó de convencer. Fantástica en cambio esa sección intermedia, de una insistencia verdaderamente beethoveniana en la que el violín primero —fabulosa afinación de Yun-Peng Zhao— ejecuta notas picadas separadas por grandes intervalos mientras sus compañeros ejecutan una célula homofónica y homorrítmica. El Lento assai permitió una exhibición de la belleza sonora y de la perfecta dosificación de planos en este ensemble, con ese inicio en el que sobre un soporte armónico de sus compañeros —con un cuidado extremo del vibrato en esos largos acordes— comenzó a evolucionar la melodía al primer violín. Francamente bien ejecutada estuvo la sección central que tanto recuerda a La Muerte y la Doncella de Schubert, con una perfecta conjunción en los acordes pero en la que faltó un poco de emoción y también de respiración antes de esos pianissimi súbitos. Fantástico el contracanto del segundo violín Léo Marillier y el soporte cantabile del siempre asombroso violonchelista Alexis Descharmes. Y si desde el punto de vista de las dinámicas el Grave que da paso al último movimiento fue perfecto, se me quedó corto de carácter dramático, como también fue en este Allegro final en el que más eché de menos un poco de humor en la interpretación que, por otra parte, fue absolutamente impecable de rigor textual, afinación, dinámicas y articulaciones.
Como no podía ser menos, el éxito fue arrollador y ante el aplauso del público, los Diotima ofrecieron, con ocasión del centenario del nacimiento de ese gran director y sectario compositor que fue Pierre Boulez, la transcripción del primer movimiento de Notations para piano que ha llevado a cabo el segundo violín Léo Marillier.
Ana García Urcola


