MADRID / El Cuarteto Quiroga cierra el Liceo de Cámara hilando tres siglos de música

Madrid. Auditorio Nacional. 13-V-2026. José Antonio López, barítono. Cuarteto Quiroga. Obras de Webern, López Estelche y Brahms.
El Rondó M 115 de Anton Webern es una obra de juventud mucho menos interpretada que su Langsamer Satz, del mismo año, 1906. El Cuarteto Quiroga, en la clausura del Ciclo Liceo de Cámara que esta temporada ha programado el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), se acercó a él con la sinuosidad que exigen sus líneas melódicas, pero también con ese punto de astringencia que caracteriza la obra del austríaco. En su interpretación, las individualizadas voces de la formación trabaron una armonía reconocible, heredera de Schoenberg, con Wagner todavía allá al fondo, pero no recargaron la ejecución con adornos excesivos. El tema, presentado por el primer violín de Aitor Hevia, recorrió el conjunto de los cuatro atriles hasta que, recogido por la violonchelista Helena Poggio, invitó entonces al resto a retomarlo e irlo presentando como fuga. De sonoridad lacónica resultó una audición cálida pero consciente de que aquel lenguaje, para Webern, estaba a punto de fracturarse.
La expresividad de la Segunda Escuela de Viena —aunque fuera en su estado más temprano— conectó bien con la audición de Revés, para barítono y cuarteto, estreno absoluto de Israel López Estelche (1983), cuyo viraje hacia un lenguaje conservador queda perfectamente expuesto en este ciclo de cinco canciones, sobre poemas descriptivos y de costuras académicas de Jesús Ruiz Mantilla. La voz, un punto impostada, tensa y de timbre oscuro de José Antonio López se diluyó, en algunos pasajes, en la trama del cuarteto. Los Quiroga se tomaron muy en serio una obra en la que el material que este aporta es tan determinante como la del cantante recitador. En la gravedad de la música —toda la pieza está revestida de una solemnidad que apenas abandona— también en los cambios abruptos de dinámicas la prosodia tendía a desdibujarse. Hubiera sido acertada la proyección del texto de los poemas para comprender mejor las implicaciones dialogales entre la voz y el cuarteto que encontraron la mejor confluencia en las dos piezas más breves: Final (con una curiosa querencia repetitiva) y Tacto.
Desde la asunción y pleno conocimiento de su estructura, el Cuarteto Quiroga supo hallar en el Cuarteto nº 2 Op. 51 de Brahms una llamativa ligereza, muy bien expresada en el Allegro non troppo. Conectando con el modo de presentar el relato con Webern, el conjunto no se recreó tanto en la exuberancia de la letra escrita como en la presentación de los temas y en la viveza interior de una música que asumieron con confianza plena en un acercamiento especialmente diestro. Hubo en la escucha un rubato flexible, agitación interna, estallidos de proporciones beethovenianas y una atención esmerada a los continuos cambios de humor característicos en Brahms, que dotan a la partitura de materiales dispares no siempre fáciles de cohesionar.
Ismael G. Cabral
(fotos: Rafa Martín)


