MADRID / El Coro y la Orquesta Balthasar Neumann, en las alturas beethovenianas

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 9-III-2025. Ciclo Universo Barroco del CNDM. Balthasar-Neumann Chor & Orchester. Regula Mühlemann, soprano. Eva Zaïcik, mezzo. Julian Prégardien, tenor. Gabriel Rollinson, bajo. Director: Thomas Hengelbrock. Beethoven: Missa Solemnis op 123.
Resulta un poco chocante que la Missa Solemnis de Beethoven se encuadre en un ciclo bajo el título de “Universo Barroco”, pero es bien cierto que una aproximación históricamente informada a la partitura, como la que es objeto de la presente reseña, no encuentra fácil acomodo en otra serie de las organizadas por este centro que no sea esta. Y parece justo que pueda escucharse tal planteamiento interpretativo, en contraste con las más tradicionales, como las que pudimos escuchar el pasado año, en Madrid y Granada, con la Orquesta Nacional.
Cuando comenté la primera de ellas, destaqué en la reseña que estamos ante una obra de gran singularidad y enorme complejidad. Recordando las excelentes notas de Arturo Reverter, citaba sus pertinentes palabras: “obra caudalosa, difícil, compleja, irregular, aristada, de una celestial inmensidad”. Añadía yo, y debo reiterar ahora, que contiene una amalgama tan monumental y cautivadora como, en muchos momentos, desconcertante. Y siempre, hasta en los momentos finales (de hecho, muy especialmente en ellos) de una modernidad asombrosa. Hay mucho en Beethoven que se adelantó muchas décadas a su tiempo. Hasta más de un siglo. Hasta ahora mismo. Y aquí hay buenas muestras de ello.
Encontramos, sí, devoción en un Kyrie calmado y petitorio, y aún más en un emotivo, sublimado Benedictus, en el que el solo de violín lleva el espíritu a alturas realmente emocionantes (probablemente el momento de mayor carga emotiva de la obra). Se escuchan exuberantes manifestaciones de júbilo en muchos momentos del Gloria (el vibrante, urgente tramo final, de una exaltación contagiosa) y el Credo (especialmente el Et resurrexit).
Hallamos también momentos de casi angustiado ruego (Qui tollis en el Gloria) o de sereno dolor (Crucifixus en el Credo). Pero hay también sorpresas. Uno espera tal vez un comienzo más jubiloso del Sanctus (como en muchas otras misas, algo que señala también Luis Gago en sus notas para el concierto que se comenta), pero aquí la música se presenta lejos de la grandeza, con carácter íntimo, remarcado por el hecho de que el comienzo se encomienda a los solistas, y la exaltación llega solo sobre las palabras Pleni sunt coeli et terra.
En el Agnus, Beethoven regala un estremecimiento adicional con el asalto que los ecos bélicos presentan en algunos momentos, en los que la súplica trasciende la mera petición para adquirir un tono de ruego desesperado, desgarrado, como recordando que la paz, esa que Beethoven indica en la partitura, como recuerda oportunamente Gago (“Plegaria por una paz interior y exterior”), parece negarse en todo ámbito, entonces y ahora. Uno queda con cierta sensación de que estamos ante un anhelo que queda, sin embargo, suspendido, incierto. Y eso, también, es lo que nos estremece, porque, como concluye Gago, la paz exterior no existe en este mundo en el que la guerra no cesa, y la paz interior parece un bien cada vez más escaso.

Esa complejidad es la que tal vez se esconde tras la decisión de muchos directores (Muti, Toscanini) de no afrontarla hasta los tramos finales de sus carreras, de abandonara por imposible, pese a admirarla, tras dirigirla unas cuantas veces (Furtwängler) o de, cumplidos los setenta, declarar que aún siente que le supera (Rattle). Escuchada una y otra vez, uno no puede sino comprender lo atinado de esas consideraciones, porque, en efecto, la complejidad de la partitura beethoveniana abruma.
Afrontó Hengelbrock el reto con sus conjuntos historicistas, desde parámetros alejados de pátinas románticas, sin que ello implique frialdades ni falta de expresión. Situó la cuerda grave atrás (contrabajos a la izquierda, chelos en el centro, detrás de las maderas y delante justo del cuarteto solista), las cuatro trompas delante de los contrabajos y trombones y trompetas, junto al timbal, en la esquina superior derecha del escenario. Violines primeros y segundos enfrentados, con las violas a la izquierda de los chelos, justo delante de los trombones. El tambor de guerra antes aludido se situó arriba, en el segundo anfiteatro, acentuando ese efecto de eco lejano. Allí acudieron en ese momento citado del Agnus los dos solistas de trompeta, cuya presencia en el escenario era requerida en el resto de la obra. La ubicación de esos tres músicos consiguió un efecto de notable impacto. El contingente empleado de cuerda fue de 11/10/8/6/4, muy poco más corto que el utilizado por Afkham el pasado año (14/12/10/6/6). El coro contó con 56 voces.
Más allá de lo intrincado que el edificio beethoveniano resulta para el director, que es muchísimo, la obra es de exigencia máxima para sus participantes, tanto la orquesta como los solistas y el coro. Muy especialmente para este, llevado con reiteración casi inhumana al extremo agudo de sus registros (no contento con alcanzar repetidamente el La agudo, Beethoven alcanza repetidamente el Si bemol inmediatamente por encima) en un esfuerzo que pone a prueba no sólo la capacidad de los cantantes para alcanzarlo, sino la resistencia para mantener el tipo ante la necesidad de llegar a esas cimas una y otra vez, por encima de una orquesta que tampoco ahorra intensidades.
El acercamiento de Hengelbrock tuvo la rotundidad de acentos que uno espera de un conjunto como el Balthasar Neumann, pero también la sutileza de expresión, la respiración, el adecuado juego de tensiones en casi todo momento. Tempi ajustados, como en el sereno inicio del Kyrie, la decidida vivacidad del Allegro vivace inicial del Gloria, la acertada secuencia en el tramo final de este (desde el allegro maestoso en el inicio del Quoniam al trepidante Presto del final del In gloria Dei Patris Amen). Pudo quizá haberse pedido más flexibilidad y reposo en el Benedictus, para el que Beethoven resalta la petición sobre lo cantable y advierte contra la precipitación (Andante molto cantabile e non troppo mosso). Por lo demás, el planteamiento del fundador de los conjuntos Balthasar Neumann resultó excelente, bien construido y expuesto con absoluta claridad, sin evitar los remansos de reflexión ni los pasajes en los que Beethoven nos lleva al estremecimiento, ya citados antes.

Y contó para ello, digámoslo ya, con unos mimbres de lujo. El lugar más destacado debe llevarlo el coro, realmente fabuloso. Es una gozada ver una agrupación coral encaramarse repetidamente a esas alturas inclementes exigidas continuamente por Beethoven sin asomo de duda, fatiga o inseguridad, sin rozar jamás la estridencia. Cierto, el diapasón historicista, medio tono por debajo del actual, facilita algo el asunto. Pero no nos engañemos, ese La y ese si bemol agudos son altísimos incluso medio tono por debajo del actual. Y más cuando Beethoven los demanda de forma reiterada y, en más de una ocasión, con matices piano que los hacen aún más endiablados. El Balthasar Neumann ya mostró su empaste sobresaliente, afinación redonda y amplitud de matices desde el mismo inicio del Kyrie. Y de ahí adelante, ofrecieron una auténtica lección de canto coral. Un mínimo, apenas apreciable, roce en uno de los ataques sobre ese Si bemol agudo en el Et vitam Venturi saeculi es una anécdota minúscula, que queda fácilmente sepultada por momentos inolvidables como el susurro del Et incarnatus o la precisa articulación en el pasaje allegro con moto del precitado Et vitam Venturi saeculi, por no hablar del arrollador tramo final del Gloria o el estremecedor Agnus Dei.
Estupenda también la orquesta, ágil, precisa, empastada y de bella sonoridad. Algún mínimo roce esporádico de las trompas naturales, siempre traicioneras, no empaña una prestación sobresaliente. A destacar unas maderas magníficas (clarinetes y fagots de manera especial; algunos de sus momentos, como el inicio del Gratias agimus, realmente estupendos) y una cuerda de precisión y redondez envidiables. Sobresaliente prestación del concertino, el madrileño Pablo Hernán Benedí, protagonista de un estupendo solo en el Benedictus, aunque obviamente la sonoridad no es tan poderosa como la del instrumento moderno.
Balance global más que notable para el cuarteto solista, aunque con diferencias. Magnífica Mühlemann, una soprano de preciosa y bien timbrada voz, segurísima en los agudos y fina en los matices. Protagonizó una actuación magnifica, la mejor del cuarteto sin duda. Sobresaliente también la mezzo Eva Zaïcik, también con un instrumento vocal de bonito timbre y buena presencia, regular en todo el registro y admirable en el matiz. Prégardien lució su clase en muchos momentos, muy especialmente en algunos tramos del Agnus y con apenas algún apuro en el inicio del Et homo factus est, luego por lo demás muy bien resuelto. El inglés Rollinson pasó, sin embargo, un tanto inadvertido, porque, aunque la voz pareció bien timbrada y no exenta de calidad, resultó muy corta de volumen, apenas audible en sus pasajes a solo (su et deprecationem nostram casi inaudible) y prácticamente tapado por sus otros compañeros solistas, con presencias mucho más patentes.
En cualquier caso, el balance hay que calificarlo como excelente. No es fácil escuchar en vivo una interpretación de este nivel en partitura tan comprometida y compleja como esta. Y lo del coro es para no olvidar.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Elvira Megías)


