MADRID / El buen hacer de Mena, Isserlis y la Nacional

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 25-IV-2025. Concierto sinfónico 21 de la temporada de la OCNE. Director: Juanjo Mena. Solista: Steven Isserlis, violonchelo. Obras de Vaughan Williams, J. Haydn y W.A. Mozart.
Feliz y bienvenido regreso del siempre apreciado maestro vitoriano Juanjo Mena (1965) al podio de la Nacional para este vigésimo primer concierto sinfónico de la temporada, con un programa centrado en el clasicismo (Haydn y Mozart) pero con un guiño a la música británica a la que Mena ha estado (y sigue estando) tan ligado. Y fue con ese guiño, encarnado en la hermosa Serenata a la música, compuesta en 1938 por Vaughan-Williams para conmemorar los 50 años de carrera del director británico Sir Henry Wood, con el que se abrió el concierto. La obra, llena de encanto poético, está construida sobre versos del acto V de El mercader de Venecia, de Shakespeare. Vaughan Williams escribió el original para orquesta y dieciséis voces solistas de cantantes seleccionados por el propio Wood entre quienes más habían colaborado con él. Consciente de que reunir dieciséis cantantes de élite en repetidas ocasiones no era factible, el compositor realizó distintas adaptaciones, una de ellas para coro y orquesta, que fue la que pudimos escuchar en el concierto que se comenta.
La dibujó con su característica sensibilidad el maestro vitoriano, atento a esa efusión lírica de la página, modelando con acierto cuidadas sonoridades en el coro, que respondió con general empaste y buenos matices, y la orquesta, siempre precisa y con especial protagonismo de la concertino Valerie Steenken, que lució su precioso sonido y siempre perfecta afinación en sus pasajes solistas. Muy bien construido el crescendo hasta el forte, de indudable carga emocional, sobre las palabras Las almas inmortales albergan una música así. El evanescente final, muy bien conseguido por Mena y los conjuntos nacionales, fue lamentablemente malogrado por el impaciente aplaudidor, incapaz de respetar (¿es realmente tan difícil?) que los brazos aún en alto del maestro indican que la música (hay que recordar de nuevo que el silencio también lo es) NO ha terminado. Qué cansancio, señor.
El Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor de Haydn tiene una historia rocambolesca que se resume en que, hasta como aquel que dice antes de ayer, se ha creído que estaba destinado a un violonchelista, Anton Kraft, al que incluso se atribuyó durante un tiempo la autoría. Hoy se sabe que el concierto es de Haydn y que el destinatario, y quien lo estrenó en 1783, era otro, James Cervetto. Música que, sin el vibrante impulso que asociamos al otro concierto escrito por Haydn para este instrumento, en do mayor, se mueve siempre en una atmósfera amable, con encanto melódico especial en el adagio y un rondó final que responde a la siempre envidiable y contagiosa alegría vital, tan sonriente, característica del genio haydniano. La exigencia de virtuosismo para el solista es muy grande, pero quizá no tan inmediatamente patente como en otras piezas. No es, dicho de otra manera, pieza que vive del efecto aparente, por mucho que el solista tenga un trabajo ante sí más complejo de lo que parece. En todo caso, lo que sí abunda, como siempre en Haydn, es la vitalidad, la alegría, la luminosidad. Hay músicas que no se pueden tocar de mal humor, hay que afrontarlas con la sonrisa en los labios.
Y para tal fin, pocos mejores que el londinense Steven Isserlis (1958), que lució una vez más todas sus virtudes de belleza de sonido, agilidad de arco, variedad de matices e inmejorable humor. En un concierto con orquesta liviana, como el que nos ocupa, el volumen no especialmente poderoso del británico queda menos penalizado, y en cambio todas las cualidades apuntadas lucen con esplendor. El violonchelista, autor también de Por qué Beethoven tiró el estofado, es un artista dotado de un gran sentido del humor, algo que siempre es bienvenido, pero que se convierte en imprescindible ingrediente cuando se trata de la música de Haydn. Y eso justamente fue lo que obtuvimos: un Haydn sonriente, alegre, finamente articulado (también por el bien ajustado y delineado acompañamiento de Mena con la Nacional), con los pasajes virtuosos despachados con desenfado y facilidad, haciendo él mismo también muchos de los tutti, con una expresión facial de estar pasándolo divinamente. Y claro, si él lo pasa divinamente, es fácil que los demás lo hagamos también. Lo hicimos, también en la bonita cadencia del primer movimiento, muy bien integrada con el estilo de la música. Precioso el canto del adagio, en el que lució especialmente la belleza del sonido de Isserlis. Fluida, sonriente, hasta juguetón, el allegro final. Envidiable complicidad de Isserlis con la orquesta, para una interpretación excelente que entusiasmó al respetable.
Y la misma alegría que respiró en Haydn la transmitió en la propina, magistral, una pieza realizada totalmente en pizzicato, saltarina y de contagioso ímpetu rítmico, llamada Chonguri, perteneciente a una colección de 5 piezas inspiradas en temas populares del compositor georgiano Sulkhan Tsintsadze (1925-1991).
La conocidísima Sinfonía nº 40 en sol menor de Mozart ocupó la segunda parte. Hermana en esta dramática tonalidad de la que había compuesto mucho tiempo atrás, en su adolescencia (nº 25 K 183), escrita de un fulgurante tirón junto a las otras dos que componen la trilogía final (nº 39 y 41), en apenas dos meses, es obra que hasta desconcierta un poco, con un dramatismo casi camuflado, y que muchas veces no termina de salir en algunas interpretaciones, pero que, en realidad, subyace en una música que tiene, sin duda, un desasosiego inquietante que procede revelar. El suyo es el juego de unas tensiones que parecen redirigidas, no resueltas, como si aguardaran (si uno se adhiere a la tesis harnoncourtiana de que esta obra forma parte de una unidad que es esa trilogía sinfónica final de Mozart) la respuesta final que solo llegaría en la sinfonía postrera de la trilogía.
Quien esto firma aplaude sin reservas la decisión de Mena de olvidarse de plantillas ridículas (el mencionado Harnoncourt ya documentó en sus escritos hasta qué punto no respondían a la realidad mozartiana) y presentar una plantilla nutrida. Además de los vientos prescritos en la partitura (flauta, parejas de oboes, fagots, clarinetes y trompas), Mena reunió un abundante contingente de cuerda (13/12/10/8/6), pero consiguió de ella los mejores resultados. Empezó la cosa de forma surrealista, porque un móvil impertinente no cesaba de sonar pese a que el maestro se volvió y requirió, repetidamente, por señas, que el intruso cesara en su interferencia. Costó, pero se consiguió al fin.

Mena planteó el Molto allegro con un tempo vivo, pero sin arrebatar. Bien articulado, con buenos acentos, consiguiendo una sonoridad con cuerpo, pero sin el peso que pudiera anticipar el contingente empleado. Este primer tiempo tuvo buena energía y brío, aunque sin las aristas punzantes que ofrecía el precitado Harnoncourt. Interpretación, en todo caso, sensible, siempre articulada y cantada con nitidez y elegancia, con un desarrollo de buena intensidad, todo ello apoyado en una respuesta orquestal excelente, con una cuerda que lució un notable empaste general y muy buena agilidad. Grácil, más bien amable el Andante, con preciosas intervenciones de toda la madera, y muy buenos contrastes en el inicio de la segunda parte del movimiento, dotado de más tensión. Vivo, enérgico, incisivo, el Minueto, precioso, posiblemente uno de los momentos más conseguidos de la interpretación. Muy bien dibujado el trío, otra vez con una madera y unas trompas excelentes. También rápido, enérgico, con urgencia, el Allegro assai final, con un desarrollo expuesto con tanta nitidez como vigor, siempre con una respuesta orquestal excelente. Se respetaron todas las repeticiones menos las de las segundas partes del Andante y el Allegro assai (que por otra parte se omiten casi siempre). El público acogió con entusiasmo la interpretación y Mena recibió todo el calor del público y de la propia orquesta, que le ovacionó con admiración y cariño. Cuando se junta buena música, bien interpretada por músicos que disfrutan (y se les ve) haciéndola, que el público conecte con ello es algo inevitable. Y así ocurrió ayer en esta excelente velada de la temporada de la Nacional. Es lo que tiene hacer las cosas bien.
Rafael Ortega Basagoiti


