MADRID / ‘El bateo’ y ‘La revoltosa’: dos caras de un mismo género

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 9-IV-2025. Gerardo Bullón. Berna Perles. José Manuel Zapata. María Rodríguez. Milagros Martín. José Julián Frontal. Lara Chaves. Alberto Frías. Julen Alba. Sergio Dorado. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección escénica: Juan Echanove. Chueca: El bateo. R. Chapí: La revoltosa.
En un mundo tan vario y multiforme, también tan mal estudiado y conocido como es el teatro musical español, se hace cada vez más necesario definir perfiles y concretar realidades. Todo ello con el fin de aclarar qué es lo válido y permanente y desterrar tantos tópicos y vulgaridades que han lastrado hasta hoy la justa consideración de obras de auténtico valor y de indudable significación en el devenir de nuestra historia musical.
El fenómeno del “género chico”, es decir de la obra de pequeño formato que en los últimos veinte años del siglo XIX inundó los escenarios de Madrid, posee unos componentes bastante complejos y plantea unos interrogantes que parecen irse dilucidando. Sin embargo, hay mucho que matizar. Si entre el fárrago de miles de títulos para siempre olvidados permanecen otros de gran calidad será porque el género o el subgénero, si se quiere, daba más de sí de lo que en un principio podríamos pensar. En el “género chico” se percibe la sensación de una España satisfecha consigo misma, que se asomaba igualmente a la vida y a la historia. Las regiones españolas proporcionaban una estampa optimista con unas virtudes reales o estereotipadas y unos tipos que iban desde el aragonés hasta el gitano andaluz. Pero en lo que el “género chico” se excedió fue en mostrar una visión sainetesca del pueblo madrileño, en que no se sabe si la naturaleza imitaba al arte y la realidad a lo teatral. A esta mezcla se superponía un halo patriótico, invocado en la calidad de sus elementos. No hay que olvidar que este género nace en Madrid y que reina en una etapa política y social de franca centralización. Madrid era una especie de todo nacional, y por eso el “genero chico”, nacido en su seno, era una de las fuerzas inconscientes de la centralización y de los resquemores que suscitaba. Quizá la visión barojiana del Madrid del fin de siglo esté tocada de su humor crítico, pero algo de verdad había en que tal Madrid debía ser “un pueblo raro, distinto a los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, en donde un hombre, solo por ser gracioso, podía vivir”.
Se representa en el Teatro de la Zarzuela, durante quince funciones, un programa doble con una nueva propuesta escénica que combina dos joyitas del teatro breve musical; un interesante contraste: El bateo, de Federico Chueca y La revoltosa, de Ruperto Chapí, estrenada en Apolo, el 25 de noviembre de 1897. Obra ésta en la que se incluye, por primera vez, un terceto cómico femenino de unos 171 compases, interpretado por los personajes de Soledad, Gorgonia y Encarna que el compositor envió a la empresa del Teatro Apolo y que fue, en su día, extraviado por el servicio de Correos y actualmente encontrado en la Biblioteca Nacional de España. En lo que respecta a las obras que ahora nos ocupan, El bateo pudo verse representada junto con De Madrid a París en 2008, y La revoltosa junto con Las bribonas en 2007.
Ruperto Chapí supo siempre lo que quería. Excepcionalmente dotado y con una facilidad pasmosa, logró realizar obras definitivas en todos los géneros y dentro de los estilos teatrales más diversos. Se apunta en todas sus biografías el entusiasmo del músico ante el libreto de La revoltosa. Su colaboración con Carlos Fernández Shaw se había iniciado en 1895 con una bellísima zarzuela ambientada en el Aranjuez dieciochesco, El cortejo de la Irene, y más tarde sugirió al poeta gaditano la colaboración con José López Silva, vate popular conocedor como pocos de los entresijos del habla madrileña y de las tabernas, callejones y plazuelas que eran auténtico marco. El cóctel podía ser explosivo: nunca como en Las bravías, La revoltosa y La chavala ambos escritores lograron dar lo mejor de sí mismos, dando pie a que el maestro alicantino compusiera una trilogía de obras maestras que constituyen la quintaesencia de su arte dentro del sainete de costumbres; tomado en su faceta musical como una explotación de caracteres y una descripción de ambientes, más que decorativos, emocionales. Si hay algún protagonista en La revoltosa, ese no es otro que la orquesta. Ya el Preludio, como ninguna otra página de este género define con lógica el acontecer de la acción. De otro lado, pero incidiendo en el mismo aspecto, el tema fundamental de la obra que es al mismo tiempo el núcleo anímico del celebérrimo dúo del tercer cuadro, que marca el clímax de la obra. Si no hay en La revoltosa lugar para la problemática social tan presente en La verbena de la Paloma o en ciertas obras de Chueca es porque Chapí se vuelca en el mundo de la pasión, los celos y la angustia amorosa. Una historia de amor, de seducción y de pasiones vecinales de verano dentro de una misma comunidad.

La otra cara del Teatro por horas y de la zarzuela finisecular nos viene dada por la música de Federico Chueca. Su música se halla en su condición de heredero de Barbieri en tanto músico del folclore ciudadano. Chueca es un paradigma de sí mismo y el epifenómeno de una España abocada al escapismo y al autoengaño. Conectó con un estado de la idiosincrasia española que basa su fuerza y su verdad en la presentación de los que siempre pierden: pícaros, mendigos, ladronzuelos, chulos y frescos. Tipos de baja catadura moral pero cuya fuerza de salvación es el humor, la sonrisa o el disparate. El último triunfo en la carrera del músico madrileño lo constituyó el estreno de El bateo, sainete lírico con un gracioso libreto de Antonio Paso y Antonio Domínguez. La historia de un bautizo en la que se pone en duda la paternidad de un individuo. Con esta obrita deliciosa no solo entraba en el nuevo siglo luciendo lo mejor de su inspiración, sino que cumplía su deseo de estrenar en el flamante Teatro de la Zarzuela el 7 de noviembre de 1901 ¡Qué inspiración tan fresca, graciosa y acordada con el mismo corazón del género! Era un músico madrileño, con capa y pañuelo al cuello, al que tenía sin cuidado desde la sintaxis de los cantables que él mismo componía para sus obras como que su música mereciera el elogio del propio Nietzsche que había oído en Italia La Gran Vía. El Preludio de El bateo, escrito en colaboración con algún colega que supiese instrumentación, puesto que sus conocimientos técnicos eran limitados, ha pasado al repertorio de los mejores fragmentos orquestales del teatro lírico español y solo un número como la Mazurca y el Pasacalle de los organilleros justifican la reposición de este título.
Asume la dirección escénica de esta conjunta producción Juan Echanove, quien ya se estrenó en este Teatro con una notable visión de Pan y toros de Barbieri en la temporada 22/23. En esta ocasión no ha sido así. La identificación con postulados actuales ha servido para exhibir un producto fallido. Desde hace años se ha impuesto, como una obsesión o moda, entre los directores escénicos, la descontextualización de toda obra que cae en sus manos. Esa deconstrucción suele llevar en la mayoría de los casos a la incoherencia y al fin contrario de las intenciones. Un sainete como El bateo se ve afeado, incomprensible, con un conglomerado de personajes que no permiten el juego escénico, con una escenografía de Ana Garay que no deja espacio. Hay algún acierto, como la videoescena en la pelea que establecen Lolo y Pamplinas en ese juego de siluetas. Mejor enfoque se logra en La revoltosa, más vistosa y hasta cierto punto coherente. Un patio de vecinos que quiere simular una corrala con una barra de bar y en la que los personajes se mueven con más racionalidad, vestuario e iluminación más acorde. Menos comprensible la parte coreográfica.
Este programa doble se sirve, prácticamente, del mismo reparto. Cantantes y actores hacen un gran trabajo y reviven con su actuación éstas dos geniales obras del teatro breve. El elenco actoral y musical se vio bien provisto con una Milagros Martín que domina la escena y la vis cómica de José Manuel Zapata. Más destacable es el plano musical: el coro tiene un papel interesante; no se trata en muchos de los casos del coro general, sino de la cooperación de los personajes del drama a coro o en solitario, proporcionando a los diferentes números una gran variedad. Acertada en su cometido la Orquesta de la Comunidad de Madrid dirigida por Oliver Díaz, que supo acentuar los puntos culminantes de ambos libretos. Destacó Gerardo Bullón, más como Felipe que como Wamba. Dotó al primero de inspiración en el recitado de los textos y con un centro de barítono seguro y poderoso abordó el célebre dúo junto a la soprano Berna Perles, que le acompañó como Mari-Pepa, con musicalidad, aunque algo falto de ese arrojado brío que lleva su personaje.
Manuel García Franco


