MADRID / Ejemplares y emocionantes Wagner y Mahler por Harding

Madrid. Auditorio Nacional. 28-V-2025. La Filarmónica 24-25. Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia. Director: Daniel Harding. Solistas: Fleur Barron, mezzo-soprano. Andrew Stapples, tenor. Obras de Wagner, Jolas y Mahler.
Visitaba el exitoso ciclo de La Filarmónica la Orquesta Sinfónica de la Radio de Suecia, creada en 1965 a partir de la fusión de dos formaciones preexistentes: la Radioorkestern y la Underhållningsorkestern. Su primer titular fue nada menos que Sergiu Celibidache, de cuya labor allí quedan sabrosos testimonios discográficos. Los que le sucedieron tampoco han sido cualquier cosa en el panorama directorial: Herbert Blomstedt (1977-1982), ahora director honorario, y después Salonen, Svetlanov, Honeck y, finalmente, Daniel Harding, que llegó en 2007 y ha prolongado su mandato en varias ocasiones, aunque lo concluirá al final de la presente temporada.
El programa tenía como obra central La Canción de la Tierra de Mahler, aunque precedida por el Preludio y Muerte de Isolda del “Tristán e Isolda” de Wagner, y una obra de la veterana compositora francesa Betsy Jolas (1926), Ces belles années. Combinación larga y singular, que nos habla, como señala con acierto Juan Manuel Viana en el título de sus excelentes notas al programa, de belleza, de vida, de amor y de muerte.
Se han escrito ríos de tinta sobre el atrevimiento al que llega Wagner en Tristán, y hasta qué punto llevó el lenguaje armónico a un límite cuyo siguiente escalón sería el abandono de la tonalidad. Más allá de tecnicismos, la música de Tristán vive en una tensión permanente. Y lo hace desde el mismo principio, cuando en el tercer compás se nos presenta ese acorde tan especial, el llamado “acorde de Tristán”, que transpira misterio y tensión, una que no abandonará al oyente hasta el final de la obra. No es de extrañar la conexión, muy natural, que se establece con el final de la ópera, la Muerte de Isolda, que incluso sin la voz de la protagonista nos lleva a una conclusión de una exaltación tan incontenible como finalmente extática, casi contemplativa. Música de una intensidad emocional que no conoce respiro en todo su curso.
La Canción de la Tierra, que, como señalaba oportunamente De la Grange, es una “meditación humilde sobre el destino del hombre en la tierra”, empieza con sencilla alegría, se mueve por aguas desenfadadas, dulces y líricas, hasta impulsivas, en los cinco primeros números, pero es muy significativo que el sexto, tan largo como los restantes sumados, esté impregnado de una tristeza emocionante, cuyo origen hay que buscar en un año 1907 que para Mahler resulta devastador: su tempestuosa salida de la ópera de Viena, la muerte de su hija Putzi, por difteria, y, finalmente, el hachazo del propio diagnóstico de endocarditis bacteriana que, en la era preantibiótica, suponía una sentencia mortal. Lejos de la monumentalidad de la Octava Sinfonía, la música de La Canción de la Tierra se inicia con una canción cuya apasionada exaltación esconde parcialmente el regusto amargo de una estrofa repetida que anticipa ese trasfondo de dolor: Sombría es la vida y la muerte. Hay más paz, aunque diríase que no sin melancolía, en la segunda canción, dedicada al otoño. La alegría viene en la tercera, dedicada a la juventud, con ecos orientalistas que incluyen el uso de motivos pentatónicos y giros tímbricos evocadores del trasfondo chino del texto. Motivos y evocaciones presentes también en la cuarta canción, De la belleza, quizá la más lírica de las seis. La penúltima, El borracho en primavera, se antoja tanto exaltación de la primavera como del desahogo (“Si la vida no es más que sueño, ¿por qué tanta fatiga y pena’”).
Pero todo ese preludio de las cinco canciones aboca a una última, La Despedida, en la que el ambiente transmite una paz resignada, serenamente doliente. Una música que tiene mucho de contemplación, de esperanza en una infinitud que parece escaparse. Las últimas palabras (“¡Por todas partes y eternamente brillan luces azules en el horizonte! Eternamente… eternamente…”), y la música en que se apoyan, parecen sugerir más una desvanecida evaporación, no exenta de esperanza, que una muerte desgarrada. Hay una profunda emoción en esa tristeza que, por serena, por esperanzada, resulta quizá más conmovedora. Tanto, aunque en estética distinta, como la más desolada y angustiosa con que se ahoga el último tiempo de la Novena Sinfonía.
En medio, la obra de la compositora francesa Betsy Jolas que, ya bien entrados los 90 (en agosto cumplirá 99), escribió “Ces belles années…” por encargo conjunto de la Sinfónica de Londres, el Festival de Aix-en Provence y la Orquesta de Cleveland. Estrenó la obra Rattle hace un par de años. Cita Viana las palabras de la compositora, sobre unos “veranos maravillosos llenos de música”, con “alusiones más o menos disimuladas a estos recuerdos”. Dice Jolas que era necesario después “volver a un presente más general, para conectar con personas de todas las edades y horizontes”. La mezzo Fleur Barron se encargó del papel encomendado por Jolas a un “ángel mensajero” que invita a la orquesta al júbilo, incluidas risas y aplauso final de los músicos. A quien firma estas líneas la obra, impecablemente realizada por la formación sueca bajo el mando seguro y diáfano de su titular, no dejó de resultarle un lienzo sonoro de variada tímbrica (la orquesta completa incluía un generosísimo contingente de percusión) pero lejos de resultar cautivador. Creo que las palmas y zapateados de los músicos, y finalmente las risas del tramo final, dejaron al respetable más desconcertado que entusiasmado.

La Sinfónica de la Radio Sueca se reveló como una excelente y muy cohesionada formación, que se entiende a las mil maravillas con quien ha sido su titular los últimos dieciocho años. Cuerda muy bien empastada y de bella sonoridad, maderas magníficas (flautas, oboes, clarinetes, fagots, contrafagot, corno inglés… todos solistas de primerísima categoría), metales sólidos y capaces de los mejores matices (las trompas, muy exigidas en Mahler, sonaron con envidiable redondez y seguridad) y excelente percusión, igualmente capaz de los más variados matices.
Daniel Harding, por su parte, volvió a demostrar que es uno de los mejores directores del planeta, más allá del relumbrón mediático que puedan tener otros. El maestro británico es un músico excepcional y un director de primerísima, con una técnica extraordinaria que sirve con tanta naturalidad como nitidez a un propósito artístico armado con enorme solidez. Descubierto muy pronto por Rattle y nombrado por Abbado asistente en la Filarmónica de Berlín, tiene un gesto tan natural y fluido como nítido, nada dado (como tampoco lo era del de su mentor) a la teatralidad. Bastaba ver la flexibilidad con que subdividía en el inicio del Preludio wagneriano, que indicaba con claridad, pero respiraba con envidiable naturalidad, para apreciar lo que esa batuta y esa mano izquierda eran capaces de dibujar. En muchos momentos de la obra de Mahler recordé la anécdota que relataba alguien, creo recordar de Previn, de una de las clases recibidas de Pierre Monteux: “¿no le parece que la orquesta está tocando muy bien?” le dijo, y ante la respuesta afirmativa de Previn, le lanzó el dardo: “pues entonces, procure no interferir la próxima vez”. Así lo hizo Harding. En muchos pasajes de La Canción de la Tierra, muy especialmente en la última canción, algunos de los solistas de madera (flauta, oboe…) tienen pasajes de mucha libertad en el fraseo, y en esos momentos Harding permanecía inmóvil, apenas alguna mínima indicación de expresión, pero sin marcar un compás que, en ese momento, hubiera encarcelado el discurso en vez de dejarlo fluir.
Otra virtud del británico es la claridad de su exposición, la nitidez con la que nos llega la música de un nutrido tejido orquestal. Y, algo tan importante en Mahler (y diríase que especialmente importante en este Mahler), pero también en Wagner, como la agógica. Las sutiles inflexiones, las pausas, los contrastes, los reguladores, toda la graduación dinámica se manejó con tanta precisión como sensibilidad. El Preludio y Muerte de Isolda del Tristán wagneriano tuvieron la cualidad extática requerida en el inicio, y la tensión quedó magistralmente graduada desde el podio, siempre asentada con firmeza en una sonoridad redonda, poderosa, de la cuerda grave de la orquesta. Envidiables clímax, tanto en el Preludio como en la Muerte, y ejemplar transición de una a otra. Una emocionante maravilla.
Lo que consiguió Harding en La Canción de la Tierra fue llevarnos con mano maestra en un viaje fascinante a través de todo el caleidoscopio de emociones antes descrito, para culminar en una traducción realmente sobrecogedora de esa canción colosal que es La Despedida. Rotundo, descarado en la primera canción, con un Staples que lució una voz de más presencia que atractivo en el timbre, pero que dibujó con plausible acierto expresivo la música y superó con solvencia el complicado reto que supone enfrentarse a la nutrida orquesta mahleriana, especialmente en algunos pasajes en los que resultaba especialmente exigido en su registro agudo. Acertó siempre Harding con la atmósfera adecuada en cada momento de la obra, y le ayudó también Barron, una mezzo que, como tal, no tiene la inolvidable y bellísima oscuridad de Ferrier en los graves, pero que presenta una voz de hermoso timbre, segura y redonda emisión y capaz de bellísimos matices y anchas dinámicas. Lució con gran acierto en De la belleza, pero también, de forma muy especial, en La Despedida, desde el precioso pp sobre las palabras “el mundo se adormece” al sobrecogedor final, pasando por una traducción emocionante del pasaje sobre las palabras “Bajó del caballo y le ofreció la copa de la despedida”.
Un Mahler magníficamente planteado y muy bien traducido por los dos solistas y la orquesta sueca. Tras reseñar que el éxito, grande y merecido, coronó tan excelente labor, procede una nota final desgraciadamente contrastante. Con la misma rotundidad que aplaudí en su día el comportamiento del público en los conciertos de Currentzis, debo censurar el presenciado ayer. Todo tipo de ruidos intrusivos, caídas de objetos y demás, para coronar con la guillotina inclemente sobre el momento final de la obra de Mahler. Apenas se había desvanecido la última nota. Harding permanecía con los brazos en alto, con evidente intención de que se siguiera en silencio. Un Harding que después pareció visiblemente emocionado. Dio igual, unos cuantos impertinentes sin sensibilidad no contuvieron el aplauso y se cargaron la magia del momento. Todavía no he progresado con el arameo, pero se va a convertir en una prioridad a este paso. Ya que no hay ocasión de sacudir un pescozón, que al menos se pueda jurar a gusto. La cosa es bien simple: no hay derecho a que la belleza sea mutilada de esta forma.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


