MADRID / Dvorák, lo mejor del segundo concierto de Nelsons con la Gewandhaus

Madrid. Auditorio Nacional. 26-II-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Director: Andris Nelsons. Lucas y Arthur Jussen, pianos. Obras de Mahler, Mendelssohn y Dvorák.
Hay que agradecer a Nelsons y a la Gewandhaus que en estos dos programas hayan combinado el más conocido repertorio (la Cuarta de Mahler en la primera sesión, la Octava de Dvorák en la segunda) con obras que, aun estando en el catálogo de grandes compositores, se escuchan poco o nada. Comentamos con ocasión del primer concierto sobre La rueca de oro de Dvorák. En el segundo concierto, antes de la sinfonía del checo, se escucharon dos obras menos que infrecuentes. Vuelvo a otro dato como el de ayer: Blumine, de Mahler, solo se ha escuchado una vez en Ibermúsica (por Sir Simon Rattle, en 2013, al frente de la Filarmónica de Berlín). El Concierto para dos pianos nº 1 de Mendelssohn se escuchaba hoy por primera vez en el ciclo de Ibermúsica, que ha cumplido ya 50 años de existencia. Significativo, creo.
Es cierto que la obra de Mahler, al principio ideada como segundo tiempo de la Primera sinfonía y luego descartada por el propio compositor, es, como señala González Lapuente en sus notas al programa, “una anécdota de relativo valor” en el universo del compositor bohemio. Pero, pese a ello, es bueno escucharla de cuando en cuando y apreciar su sencilla poesía y la sugerente belleza del motivo principal que el trompeta ejecuta en piano inmediatamente tras el inicio. Dibujó Nelsons la interpretación con el cuidado detalle que le caracteriza, y pese a alguna aspereza inicial de los trompas, se lució el trompeta solista de la formación germana con un sonido precioso y un matiz piano que nos recordó que tal cosa es posible, aunque algunos solistas del instrumento en otras formaciones tiendan con demasiada frecuencia a contradecirlo por su tendencia al exceso. Lucieron también la cuerda (qué maravilla la resonancia de los contrabajos de esta orquesta, hasta en el más leve pizzicato) y el solista de oboe.
El caso del catálogo concertante de Mendelssohn es más sangrante, porque de él, apenas escuchamos, de manera sistemática (y entiéndaseme bien, con todo placer, porque es precioso), el Concierto para violín op. 64, pero los dos conciertos para piano, el concierto para violín y cuerdas, los dos conciertos para dos pianos y el concierto para piano, violín y cuerdas se escuchan, siendo generosos, con cuentagotas, y con cuentagotas de los de una gota cada año bisiesto). En fin, uno aprovecha para echar su cuarto a espadas y recordar que del compositor de Hamburgo escuchamos siempre las mismas tres o cuatro obras (sensacionales, es verdad), olvidando que su genio iba mucho más allá, y que dejamos en el más injusto baúl del recuerdo muchas páginas que no merecen tan oprobioso olvido.
Hay que recibir con alegría, por tanto, la interpretación del Concierto para dos pianos en mi mayor, obra asombrosa para haber salido de la pluma de un chaval de quince años, cuya adolescencia nos dejó joyas (recuérdese la obertura de El sueño de una noche de verano, escrita con diecisiete años) que aún nos admiran una y otra vez. Partitura luminosa, de brillante virtuosismo, con una escritura bien perfilada, elegante, que homenajea la melodía con trazo grácil y siempre hermoso, combinado con momentos de notable fantasía. No evita ello que el propio Mendelssohn la considerara más tarde inmadura, ni señalar que, evidentemente, no alcanza la perfección del mencionado Concierto para violín. Pero, como antes con Blumine, es muy de agradecer que se nos de la posibilidad de apreciar su notable calidad en vivo.
Se encargó de la tarea el dúo de pianistas neerlandeses compuesto por los hermanos Lucas y Arthur Jussen (1993 y 1996, respectivamente). Los Jussen evidenciaron, en el lado más positivo, un mecanismo capaz de afrontar con plena garantía el siempre exigente virtuosismo mendelssohniano, además de una compenetración excelente. No pareció, sin embargo, uniforme el nivel en cuanto al cuidado del sonido, más conseguido por el mayor (Lucas) que por su hermano, de sonoridad algo más tosca. Se antojó ello más evidente en las largas peroratas que Mendelssohn encarga a cada uno de ellos, por separado, en el segundo tiempo. Ese adagio non troppo quedó un tanto lineal de expresión, y probablemente ese movimiento marcó el punto más alicaído de la interpretación. Funcionó mejor la luminosa, animada y vibrante efusión del allegro final. Con todo, la lectura de los jóvenes neerlandeses pareció más sobresaliente en cuanto a la ejecución que enjundiosa en lo musical. Algunos apreciables desajustes con la orquesta dejaron a quien esto firma la impresión de que el concierto se ensayó menos que lo justo, y que el encuadre de solista con orquesta llegó prendido con alfileres (tampoco sería la primera vez: el mal de los conciertos con solista estos días es que, ante la premura de ensayos, la primera víctima por la que se entona el “que sea lo que Dios quiera” es la pieza concertante). Lo anterior, sin embargo, no es óbice para anotar que el éxito fue grande. Suficiente para que los Jussen ofrecieran una propina espectacular, de pura pirotecnia, la titulada Strausseinander, una suerte de fantasía-paráfrasis sobre melodías de El Murciélago de Johann Strauss, debida al pianista Igor Roma (Baden, 1969).

La segunda parte nos devolvía al repertorio más conocido: la Octava Sinfonía de Dvorák, que pudimos escuchar, hace ahora casi un año, en una soberbia interpretación de la Filarmónica Checa, bajo la batuta de Semyon Bychkov. En la conversación mantenida hace un par de años con el director ruso, se refería, creo que con buena razón, a esta sinfonía como la “perfección absoluta” entre las creaciones sinfónicas del checo. Decía Bychkov que la belleza de la música de Dvorák es que “no sólo se basa en la melodía o en la armonía, también en la polifonía interior, que, al final, la enriquece hasta el punto de hacerla inagotable.”
Refiere con acierto González Lapuente que “una atmósfera alegre y sosegada alumbra al compositor durante sus vacaciones en la aldea bohemia de Vysoká”, y habiendo visitado aquellos lugares donde vivió el compositor en la época de composición de esta y otras grandes obras (Rusalka a la cabeza), no puede uno sino dar fe de lo cierto de tal afirmación. La obra transpira luminosidad y naturaleza en cada nota, con una profusión de ideas bellísimas que parece no conocer límite. Hay en ella lirismo (el canto inicial, el hermoso adagio, el solemne inicio del último), grácil elegancia en el vals eslavo que encontramos en el tercer movimiento, y momentos de gran impulso rítmico y brillante colorido orquestal, en los dos movimientos extremos, ambos culminados de manera trepidante.
La mejor noticia de la tarde vino del hacer de Nelsons, nuevamente cuidado planificador (alejado de aparato alguno, pero de contagioso arrastre en su lenguaje gestual) y lúcido alquimista del sonido. En su haber hay que anotar el cuidado balance orquestal, el dibujo de bellísimos matices en la orquesta, y un discurso siempre de sólida coherencia musical y gran sensibilidad expresiva. La introducción de la obra, la del cuarto movimiento, el delicado matiz del comienzo del segundo, el bellísimo planteamiento del tercero, el manejo exquisito del rubato en este, la rica matización que empleó en la reiteración de muchas “minisecciones” en el cuarto tiempo, son sólo algunos ejemplos. Podrían añadirse las estupendas codas de los tiempos extremos. Todo ello puesto al servicio de una interpretación animada, luminosa, bien contrastada y admirablemente construida.
La prestación orquestal, dentro de un nivel altísimo, solo alcanzó el excepcional nivel de la velada anterior en algunos aspectos. La cuerda se mostró, de nuevo, magnífica, con una sección grave sencillamente imponente, que ya mostró sus credenciales en el estupendo canto de los chelos en el motivo principal del primer tiempo. Increíbles, por inverosímiles, los matices de los clarinetes en el adagio. Sin embargo, hubo detalles que sugieren que tampoco aquí se ensayó tanto como en la sinfonía de Mahler el día anterior. Algunos desajustes en el segundo tiempo, incluyendo una pifia evidente del timbal, ciertas asperezas en las trompas, impiden situar la notable prestación de la orquesta alemana en el mismo nivel excepcional que el día previo. Claro es, en todo caso, que hablamos de un nivel sobresaliente. Éxito muy grande, aunque, como el día anterior, no se concedieron propinas.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Rafa Martín/Ibermúsica)


