MADRID / Dudamel y la Sinfónica de Londres, mejor en el Ravel más colorista

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 12-V-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta Sinfónica de Londres. Director: Gustavo Dudamel. Solista: Marina Rebeka, soprano. Obras de Ravel y R. Strauss.
El segundo concierto de la Sinfónica de Londres con Dudamel (extraordinario, fuera de abono), ofrecía una curiosa combinación de obras de Ravel y Richard Strauss. Del francés, las tres canciones de Scheherezade y la Rapsodia española. Del alemán, su juvenil poema sinfónico Don Juan y la suite sinfónica que Artur Rodzinski, con la autorización de Strauss, elaboró con fragmentos de la ópera El Caballero de la Rosa. Dos autores prácticamente coetáneos, de estilos radicalmente diferentes, pero, como oportunamente señala Sofía Martínez Villar en sus excelentes notas al programa, con el común denominador de ser maestros excepcionales en el arte de la orquestación. Si Strauss encontró en la orquesta, de forma directa, su vehículo natural de expresión, incluso en el otro género en el que más brilló, la ópera, Ravel se lució a menudo con transcripciones de obras propias (la Rapsodia Española es solo una, pero hay muchas más, desde la Pavana para una infanta difunta a la Alborada del gracioso) y ajenas (los Cuadros de una exposición de Mussorgski) desde el teclado. El que suscribe coincide plenamente con lo que señala Martínez Villar en cuanto a que la orquestación implica otorgar nuevos colores a las ideas musicales a través de la variedad que ofrece la paleta sonora de los instrumentos de la orquesta.
El Don Juan de Strauss ejemplifica el enorme talento que el entonces veinteañero compositor tenía para construir narrativas que iban más allá de lo meramente descriptivo para sumergirnos en toda una variedad de emociones, en el género que elevaría a su máxima expresión: el del poema sinfónico. El impetuoso, contrastado, luego divertido y, finalmente, dramático Don Juan, nos lleva, en su relativamente breve curso (menos de 20 minutos) con pluma magistral a todos esos climas. La suite de El caballero de la rosa, ópera de 1911, obra maestra también del colorido, demuestra la flexibilidad del bávaro, capaz, como apunta Martínez Villar, de pasar sin respiración del expresionismo crudo de Electra a este encantador neoclasicismo tan refinadamente evocador del glamour vienés y de su festiva exuberancia. Como en el caso de Ravel, dos piezas del mismo compositor, ambas obras maestras del manejo de la orquesta, pero de ambiente y carácter bien diferente.
Ya comentamos en la reseña del primer concierto sobre las características del maestro venezolano. Y también sobre el hecho de que es músico que no teme a los riesgos, aunque por ellos se pague un precio. El temible, fulgurante comienzo del Don Juan straussiano (por algo es un pasaje que constituye pesadilla en las audiciones de violinistas para las orquestas), se afrontó con un tiempo más que vivo. Impetuoso, sin duda, hasta tumultuoso. Y si el perfecto encaje del pasaje es habitualmente casi imposible incluso para orquestas avezadas, a esa velocidad sería casi milagroso. No fue el caso, claro, y el precio del vibrante y contagioso nervio fue el de un comienzo un tanto confuso, aunque sin duda dotado de un nervio especial. Más adelante, las texturas de más de un tutti llevaron la apasionada exaltación al lado más bombástico, y pudo echarse de menos la flexibilidad agógica apreciada en Mahler, de forma que motivos como el segundo (con la indicación tranquillo, primero en manos de los clarinetes, luego en los violines), llegaran con la expansión requerida, porque es música que la reclama. El tramo final no terminó de llegar, sin embargo, con el misterio y dramatismo que la música sugiere. La orquesta, desde el concertino a la estupenda madera, pasando por unos metales (con las trompas a la cabeza) de modélica redondez, respondió a las mil maravillas, por mucho que, momentos más borrosos, como el inicio, sean poco menos que inevitables a ciertas velocidades.

De Ravel nos llegaban dos páginas bien distintas en carácter. Las tres canciones de Scheherezade (Asie, La flûte enchantée y L’indifférent) se construyen con música y orquestación sugerente, tranquila, a menudo ensoñadora, dotada de fina sutileza expresiva y refinada capacidad evocadora. Se movió bien en estas aguas la voz bien timbrada de la letona Marina Rebeka, muy expresiva y matizada, que mostró su poderío apenas en algún momento puntual de mayor exaltación, pero que en líneas generales se sumó con acierto a la levedad sonora que demanda el ambiente creado por Ravel, muy bien planteada por Dudamel y la Sinfónica londinense. Especialmente encantadora la inicial (y más extensa) Asia, con evidentes evocaciones de Arabia, India y China, pero no puede olvidarse la bella flûte enchantée en la que un magnífico solista de flauta hizo más que merecido el título. Buen éxito de Rebeka, en obra cuyo tranquilo clima, lejos de la exaltación decibélica, no suele provocar grandes explosiones de entusiasmo.
En el principio de la segunda parte nos llegaba la otra obra de Ravel, la Rapsodia española. Inicialmente concebida solo como una Habanera para dos pianos, el compositor francés añadió luego los otros tres movimientos (Prélude à la nuit, Malagueña y Feria) y la llevó después a la orquesta. Paso muy natural, porque el piano de Ravel tiene a menudo algo que parece estar llamando al color orquestal. Si Scheherezade era toda una representación de la fantasía evocadora, de la más encantadora ensoñación, la Rapsodia española, pese al inicio tranquilo y nocturnal del Prélude, crece poco a poco en la intensidad rítmica hasta llegar al festivo frenesí final de Feria. Quien firma estas líneas tuvo la sensación de que, de las cuatro obras del programa, esta fue en la que Dudamel se encontró más en su salsa. Trazó con finura la levedad vaporosa del ppp inicial de la cuerda en su reiterado dibujo del Prélude. Manejó, aquí sí, la agógica con notable acierto, consiguiendo esa capacidad de evocación que la música transpira. Y dejó a sus músicos la debida libertad en las cadencias, por cierto, magníficamente interpretadas, de clarinetes y fagots. Sorprendió que no se respetara la indicación attacca para iniciar la Malagueña, una continuidad que sin duda Ravel pretendía con buen efecto y que, lógicamente, se perdió con la pausa entre los dos movimientos. Esa Malagueña tuvo buen sabor rítmico, con estupenda intervención del corno inglés.

Tras la muy apropiadamente sensual y sugerente Habanera, fue en el último número, Feria, en el que el venezolano desplegó lo mejor y más efusivo del brillante y festivo colorido que su batuta es capaz (y es mucha, como ha demostrado en muchos repertorios en que ritmo y colorido son lo más destacado), con un rubato estupendo y una intensidad creciente hasta culminar en el final, exuberante, recibido con una bien entendible manifestación de entusiasmo por el público.
Cerraba el programa la otra obra de Richard Strauss, la precitada suite con fragmentos de El Caballero de la Rosa. Otra fiesta del color, esta con buena dosis de humor (el propio Strauss introduce la palabra “parodia” en la partitura), y con una genuina, refinada evocación del vals vienés, simbolizado en el vals del Barón Ochs que termina convirtiéndose en pieza esencial. Planteó Dudamel la interpretación desde un impulso inicial algo arrebatado y, como en Don Juan, con una expansión en los pasajes más tranquilos que pudo haber tenido algo más de anchura expresiva y efusión, como si la magia del rubato que había estado presente en la Rapsodia raveliana hubiera quedado en esta ocasión algo recortada. Se matizó muy bien el precitado vals del Barón Ochs, aunque el vuelo pudo haber tenido más sensualidad, pero la interpretación fue ganando en clima e intensidad, con intervenciones solistas brillantes del concertino, la madera y el trompeta (este, sobresaliente en el sempre più lento poco después del vals), hasta llegar a un tramo final muy brillante, contagiosamente festivo y efusivo, muy bien llevado por el maestro venezolano. La música de esta suite, y en particular la de este pasaje final, es una maravilla, y cuando se traduce de esta forma, con una orquesta extraordinaria como la londinense, es muy comprensible la apoteosis de entusiasmo con que el público que llenaba el auditorio acogió la interpretación.
Por mi parte, debo lamentar que, apenas a un par de butacas de la mía, una tosedora estentórea nos dio una tarde tremenda de exabruptos bronquiales, crujido de blisters y caramelos varios y, cabe imaginar, a juzgar por la contundencia de las toses, expulsión incontrolada de miasmas de diverso tipo, porque la dama no hizo ademán alguno de contención ni de evitar el posible contagio. En fin, sus toses fueron casi tan sonoras como las mayores explosiones straussianas, maltrataron más de un pasaje en piano y pusieron a prueba la paciencia de quienes rodeábamos a la susodicha. Valoraré apuntarme a un curso de arameo para jurar en el futuro de forma no contenida sin que se me entiendan los venablos.
Volviendo a la materia, esas prolongadas y grandes ovaciones fueron testimonio de un éxito grandísimo, una estupenda coronación de una muy notable velada que, a su vez, lo ha sido de otra temporada sobresaliente de Ibermúsica.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


