MADRID / ‘Doña Francisquita’, producción en versión libre

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 19-VI-2024. Sabina Puértolas. Ismael Jordi. Ana Ibarra. Enrique Ferrer. Milagros Martín. Santos Ariño. Isaac Galán. Graciela Moncloa. Matew Loren Crawford. Lucero Tena. Gonzalo de Castro. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Rondalla Lírica de Madrid “Manuel Gil”. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Dirección de escena y textos hablados: Lluís Pasqual. Amadeo Vives: Doña Francisquita.
El Teatro de la Zarzuela vuelve a presentar en estos días (diez funciones), una de las partituras más brillantes de nuestro género lírico, en la polémica producción de Lluís Pascual y coproducida con el Gran Teatre del Liceu y con la Ópera de Lausana que ya pudimos contemplar hace un lustro (2019). Esta propuesta regresa, tal cual, después de haber sido recompensada con el Premio Max a la mejor Producción Lírica en 2020, y después de tener éxito en Barcelona, Valencia y Lausana. Se da además el caso de la celebración de los cien años de la primera escenificación de Doña Francisquita en este teatro.
La noche del 17 de octubre de 1923 se estrenaría en el Apolo esta gloriosa comedia lírica en tres actos con texto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw inspirado en La discreta enamorada, obra de Lope de Vega escrita en 1604, con la que Vives quería, desde mucho tiempo atrás, rendir homenaje musical a Madrid, capital que con tanto afecto y aliento había acogido sus producciones. Meses después, el viernes 19 de enero de 1924, se representaría en el Teatro de la Zarzuela refrendando el éxito de Apolo. La partitura, cuidada hasta el mínimo detalle, se mantuvo en cartel hasta el 25 de febrero en funciones de tarde y noche, si bien la última semana compartió la de tarde con otra obra de Vives, Don Lucas del cigarral. Si la obra de Bretón y Ricardo de la Vega, La verbena de la Paloma, ejemplifica las más altas virtudes del género chico, bien se puede decir que Doña Francisquita representa el gran exponente de lo que ha dado en llamarse “zarzuela grande”. Digno homenaje a la gracia castiza y popular de aquel pueblo, todavía, al decir de Benavente, “alegre y confiado”.
Lluís Pasqual es el último en sumarse como director escénico a esa tendencia de sacudir el polvo a la zarzuela, una práctica que tan felices hace a algunos y tan disgustados a otros. El revisionismo es un nuevo reconocimiento que se hace de una cosa y a la vez una tendencia a someter a revisión metódica interpretaciones establecidas con la pretensión de transformarlas y actualizarlas. La Modernidad, antigua o reciente, no se deja definir ni modificar si no se vuelven a examinar con todo cuidado los sillares sobre los que se asienta el edificio del que tratamos. Pero, sobre todo, se siente esta necesidad en los momentos en que los cimientos parece que ceden o que no proporcionan la estabilidad necesaria al conjunto de la fábrica. Esta parece ser la corriente de los grandes directores de escena y que nos hace pensar en la revisión de la noción de verdad, plenamente nietzscheana, que tiene el inconveniente de que deja las cosas donde estaban o un poco peor de lo que estaban.

Plantea Pasqual los tres actos de la obra como un viaje en el tiempo: un primero en un estudio de grabación de 1932, un segundo en 1962, en un plató de televisión y el tercero en una sala de ensayos en época actual. Como sabio hombre de teatro sabe manejar el espectáculo, pasando de un primer acto estático –que más parece una zarzuela en versión de concierto– a un segundo y tercero, quizás el mejor de este montaje, de mayor movimiento escénico y colorido con la irrupción del ballet, muy bien coreografiado por Nuria Castejón. En el tercero se tiene como telón de fondo una proyección de fotogramas del largometraje que sobre Doña Francisquita realizó el director alemán Hans Behrendt (1934), director y guionista alemán que falleció en agosto de 1942 en el campo de concentración nazi de Auschwitz. Actualmente se encuentra una copia digital completamente restaurada en la Filmoteca Española después de haberla recuperado físicamente entre 1995 y 1996. El Teatro de la Zarzuela colaboró en el 2018 para el tiraje de esa copia digital. La película es un importante ejemplo del cine sonoro del periodo republicano, rodada íntegramente en Madrid. El promotor del proyecto fue el hijo de Amadeo Vives, quien ejerció de supervisor de esta adaptación de la popular zarzuela.
La irrupción en escena de Lucero Tena para tocar con las castañuelas el fandango subió el tono del espectáculo produciendo en el público, puesto en pie, una fervorosa ovación, un detalle emocionante y poco coherente con la obra. Muestra, entre otras cosas, los nuevos modos de interacción humana. Esta Doña Francisquita se ha visto privada del texto original que Romero y Fernández-Shaw escribieron para ella y sustituido por otro que no solo no lo mejora, sino que se hace más ininteligible. Se han respetado los maravillosos quince números musicales que se abordaron con gran calidad por el elenco vocal, salvadores realmente de esta representación teatral: Sabina Puértolas, soprano lírico-ligera, exhibió su voz atractiva, flexible, con volumen y suficiencia. Ismael Jordi, tenor lírico, tuvo una actuación soberbia, largamente aplaudido, mostró un exquisito fraseo y una admirable línea de canto. Tanto Sabina como él dieron a sus papeles personalidad. Ana Ibarra, mezzo, brillante en su papel de Aurora la Beltrana, rol de gran dificultad, resolvió con calidez y contención. Merece mención el toque humorístico e interpretativo de Milagros Martín y Gonzalo de Castro. Alegre intervención del Coro titular. Desajustada y excesiva la dirección del maestro García Calvo al frente de la Orquesta de la Comunidad. Acompañó el resto del elenco al éxito de este “espíritu de fin de fiesta” que Pascual propone. El público despidió la función con grandes aplausos, unos con perplejidad, otros con aceptación y otros enojados, pero siempre con respeto al reconocimiento de un buen trabajo.
Manuel García Franco
(fotos: Elena del Real)


