MADRID / Delicioso cierre de Ibermúsica con Gardiner, su nueva orquesta y la gran clarinetista Nicola Boud

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 28-V-2026. The Constellation Orchestra. Director: Sir John Eliot Gardiner. Solista: Nicola Boud, clarinete. Obras de Arriaga, W.A. Mozart y J. Haydn.
Es una buena noticia, al menos para algunos, entre los que me cuento, la vuelta de Sir John Eliot Gardiner a los escenarios españoles, tras el tormentoso episodio protagonizado hace casi tres años y su polémica salida posterior de la orquesta y coro que él mismo fundó, decidida por el consejo director de la formación británica y, según parece, con fuerte disenso de muchos de los músicos. Por fortuna, el veterano maestro (Fontmell, Dorset, 1943) no se rinde fácilmente, y no le faltaron energías para fundar en 2024 una nueva agrupación, la Constellation Orchestra, con la que se presentaba en Madrid para el cierre de la temporada de Ibermúsica, como parte de una pequeña gira que comprenderá conciertos también en Barcelona, Zaragoza y Augsburg.
El programa, que en la web de la orquesta aparece con el título de “tres maestros del rococó”, presentaba obras bien significadas que se encuadran bastante bien en ese título, de Mozart (Concierto para clarinete K 622) y Joseph Haydn (Sinfonía nº 49 en Fa menor “La passione”), precedidas por la Sinfonía en Re mayor de Arriaga, que quien suscribe encuentra más cercana al clasicismo del primer Schubert que al rococó.
Si buena noticia es poder tener la ocasión de ver de nuevo a ese gran músico que es Gardiner (que, por cierto, tiene un aspecto magnífico para sus 83 años), no lo es menos que nos brinde su visión de la Sinfonía de ese genio truncado tan prematuramente que fue Juan Crisóstomo Arriaga. Asombra ver lo que consiguió antes de su temprana muerte con 19 años. Y es también materia para la reflexión que la obra ocupe menos lugar del que debería en los atriles de las formaciones españolas, que en sus giras no presentan de forma habitual esta hermosa partitura.
Es cierto que orquestas como la Sinfónica de Bilbao o la de RTVE, y más recientemente Le Concert des Nations con Savall la llevaron al disco. Pero no deja de ser significativo que encontremos incursiones recientes de Marriner (Orquesta de Cadaqués), Mackerras (Scottish Chamber), el Concerto Köln, los London Mozart Players, la Filarmónica de la BBC (con Mena, que parece haber sido de los más reivindicadores de la obra) o agrupaciones portuguesas ocupándose de la obra con más asiduidad que muchas orquestas y directores españoles.
La cosa tiene, para el que suscribe, difícil explicación, porque la obra es deliciosa. Nos gana el tenso dramatismo del adagio inicial, la trepidante y también dramática energía del Allegro vivace, la elegante belleza del andante (y muy especialmente la del hermoso segundo motivo expuesto por la cuerda), la vivacidad del animado minueto o, de nuevo, la urgente trepidación del allegro con moto final. Una obra hermosísima que quien firma estas líneas puede afirmar, con directo conocimiento de causa que, cuando se conoce por ahí fuera, y por grandes formaciones extranjeras, causa un gran impacto. Que se lo pregunten a la Staatskapelle de Dresde, que movió lo necesario hasta ponerla en atriles cuando su concertino conoció la grabación de López-Cobos.

Planteó Gardiner la obra con una plantilla de cuerda de 8/6/4/4/2 más el contingente prescrito de madera (2 flautas, 2 oboes, 2 fagots, 2 clarinetes) y metales (2 trompas, 2 trompetas) y timbales. Y lo hizo con la vibración y nervio que le caracteriza, que no ha mermado un ápice respecto a actuaciones presenciadas hace tiempo. Un Arriaga vibrante, contrastado, muy bien matizado, recreado con elegancia cuando procedía (como el Andante) pero con toda la tensión que uno espera en los movimientos extremos, especialmente evidente en el urgente Presto final que corona el último. Preciosa la realización del Minueto, con la solista de flauta adornando con gusto la repetición de las dos partes del Trío.
Respondió la Constellation Orchestra con más que plausible agilidad y ajuste a la demanda de su fundador, que no hacía concesión alguna. Alguna muy esporádica borrosidad en la cuerda en los pasajes más comprometidos y un mínimo roce en los oboes en el inicio de la obra, prontamente olvidado porque estuvieron excelentes en todo el resto del concierto, no deben empañar una prestación que hay que situar a alto nivel. Muy bella e intensa interpretación.
Tras el descanso, uno de los conciertos más maravillosos salidos de la genial pluma mozartiana: el escrito en 1791, el mismo año de su muerte, para clarinete, destinado a su amigo Anton Stadler y al clarinete di bassetto. La solista de la ocasión, que lo es también de esta orquesta (y que intervino como tal en la obra de Arriaga) y de otras formaciones historicistas punteras (Orquesta de los Campos Elíseos, Ensemble Pygmalion, Orquesta del Siglo XVIII), la australiana Nicola Boud, presentó el instrumento con la ayuda de la concertino de la agrupación, que tradujo su parlamento a un estupendo español. Por desgracia, entre los murmullos del personal, incapaz de estar callado, y la falta de micrófono, el parlamento llegó solo de manera muy parcial a la audiencia.
Digamos, por resumir, que el instrumento, afinado en La, tiene una suerte de apéndice en ángulo que le permite alcanzar una tercera más en el grave que el clarinete tradicional. Por desgracia, el manuscrito original para este instrumento se perdió, y sobrevivió en cambio la adaptación que el propio Stadler llevó a cabo para el clarinete tradicional. La Nueva edición Mozart (Neue Mozart Ausgabe), sin embargo, contiene una reconstrucción más que plausible de lo que bien pudo ser la versión original para clarinete di bassetto, y esta fue la que utilizó Boud para su interpretación. Los interesados en poder escuchar (y ver) una explicación sobre el instrumento parecida a la ofrecida ayer, también protagonizada por la australiana pueden encontrarla aquí, al hilo de una interpretación hace algunos años junto a la Academy of Ancient Music.
Aunque la maravillosa escritura mozartiana exprime al máximo los recursos del instrumento (cualquiera diría que no había hecho otra cosa en su vida que escribir para clarinete) y pone a prueba el virtuosismo del solista, el primer movimiento no deja de transmitir una suave y delicada melancolía, algo que se hace más evidente en el emocionante, bellísimo Adagio, una música de singular paz, pero impregnada de una sensación de nostalgia y añoranza realmente emocionante. Hay algo de crepuscular emoción en la música de estos dos primeros tiempos. Más animado el elegante, luminoso y brillante rondó final, en el que de nuevo se pone a prueba al solista.
Superó el trance con sobresaliente la estupenda clarinetista australiana. Lució un precioso sonido, estupendos matices, ágil y nítida articulación y finura en las semicadencias. Una maravilla su interpretación, sensible y expresiva, del adagio central, con matices pp de una delicadeza exquisita. Y apropiadamente vital y vibrante el rondó final. Algún mínimo roce a lo largo de la interpretación no puede empañar una labor realmente extraordinaria.

De un genio a otro, para terminar la velada: la Sinfonía nº 49 del gran padre del género, Joseph Haydn, una de sus mejores creaciones del periodo Sturm und Drang. Más allá del equívoco apodo de La Passione (que, como en tantas ocasiones, no es del compositor), la obra es, como señala el gran experto haydniano H.C. Robbins-Landon, sombría e incluso trágica.
Como tantas veces, Haydn es una caja de sorpresas. Y la primera de la serie es encontrar el movimiento lento como apertura de la sinfonía. Para confirmar lo apuntado por Landon, esta apertura no tiene asomo de la sonrisa o luminosidad que tantas veces son el sello de su música. Es un inicio incluso inquietante para una obra que sigue que el esquema de las sonatas de iglesia: lento-rápido-lento (el minueto en este caso)-rápido. Hay mucha tensión en el trepidante allegro di molto siguiente, e inquieta urgencia en el Presto final. El Minueto parece hablarnos desde una severidad no tan habitual en Haydn.
Como cabía esperar, no ahorró Gardiner energía, nervio, urgencia e incisión en su acercamiento, dibujado con solidez y matizado con finura, con una excelente respuesta general de la orquesta (sobresalientes los oboes en este movimiento), en la que no es mácula la aparición de algún mínimo y esporádico roce en las trompas naturales en el Trio del minueto. Por pedir, quien esto firma hubiera pedido algo más de rubato en el minueto, y especialmente en el Trío.
Haydn no produce los mismos decibelios que Chaikovski, pero la gran belleza esta música y la excelencia con que fue ofrecida resultó suficiente para coronar un éxito grande y merecido. Obtuvo como regalo la propina de una segunda ejecución del movimiento final de la sinfonía que, como anécdota, pareció culminar en una pequeña confusión entre orquesta y director en cuanto a ejecutar, esta segunda vez, la repetición prescrita. En todo caso, un concierto delicioso para marcar el feliz retorno de Gardiner a nuestros escenarios y cerrar la temporada de Ibermúsica (aunque queda el extraordinario aplazado de la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela con Dudamel, que tendrá lugar el 8 de julio) de la mejor forma.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín / Ibermúsica)


