MADRID / Del lirismo de Schumann con Ferrández al vibrante Chaikovski de Orozco-Estrada

Madrid. Auditorio Nacional. 27-II-2025. Ciclo La Filarmónica. Orquesta Sinfónica de la WDR de Colonia. Director: Andrés Orozco-Estrada. Solista: Pablo Ferrández, violonchelo. Obras de Beethoven, Schumann y Chaikovski.
El nuevo concierto de La Filarmónica traía a otra ilustre orquesta alemana, la Sinfónica de la WDR de Colonia, que ha conocido titulares célebres, como Christoph von Dohnányi, Gary Bertini, Semyon Bychkov y Jukka-Pekka Saraste. Venía en esta ocasión no con su actual titular, Christian Macelaru, sino con un director invitado que es bien conocido de nuestro público, el colombiano Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 1977), actual titular de la Sinfónica Nacional de la RAI y, a partir de la temporada próxima, nuevo Director General de Música en Colonia, y titular (kapellmeister) de la Orquesta Gürzenich de esa ciudad. El solista de la ocasión era el violonchelista madrileño Pablo Ferrández (1991), también muy conocido y apreciado por el público madrileño.
Programa convencional, con el diseño clásico obertura-concierto-sinfonía, pero con obras que son siempre garantía de gancho para el público y, por tanto, de buen aforo. Lo tuvo la sesión que se comenta, como cabía esperar por intérpretes y obras: Obertura Egmont de Beethoven, Concierto para violonchelo y orquesta de Schumann y Quinta Sinfonía de Chaikovski.
De las diez piezas que componen la música incidental que Beethoven compuso para la tragedia Egmont, de Goethe, es la obertura la que, con mucho se ha hecho más célebre. Con justicia, hay que decir, porque es una página que se abre con rotundo y sombrío dramatismo (el propio de la tragedia a la que acompaña) pero culmina en una coda de trepidante exaltación, una de esas erupciones beethovenianas capaces de hacer temblar los cimientos más sólidos. Como solían decir los ingleses, música de las que te pone en el borde de la silla.
Orozco-Estrada confirmó una vez más ser un director de mando atento, firme y claro, de evidente carisma con la orquesta, que le siguió en todo momento con ejemplar disciplina y entrega. Su Egmont escapó a solemnidades furtwänglerianas en el inicio, rotundo, casi cortante en el ritmo punteado inicial del sostenuto ma non troppo, de resonancias casi historicistas. Pero no ahorró voltaje en el allegro siguiente, no arrebatado de velocidad, pero con excelentes acentos y matices, siempre dotado de una urgencia interna envidiable, generalmente respetuoso con la letra, con tan solo alguna mínima libertad de matiz que, sin embargo, tenía todo el sentido en el juego de tensiones. La electrizante coda fue preparada con acierto y ejecutada de forma vibrante por la muy notable orquesta germana. Destacaron en ella una muy sólida y ágil sección de cuerda, pero fueron notables las maderas y seguros los metales.

El Concierto para violonchelo de Schumann es una obra de madurez (1850, Schumann fallecería 6 años después) y estructura y características un tanto atípicas. Sus tres movimientos están conectados y por tanto no hay pausa entre los mismos, pero es más el carácter introspectivo, uniformemente lírico, y tal vez la aparentemente camuflada notable dificultad para el solista, la que hace que sea obra que tardó en alcanzar difusión entre el público. El hecho de ese virtuosismo no tan evidente ni servidor del espectáculo (entendiendo este como la demostración de las habilidades ejecutantes del solista ante las más aparatosas dificultades) tampoco ayuda a su fácil recepción, y obliga al intérprete a desplegar sus mejores recursos expresivos.
Los tiene sobrados el madrileño Ferrández, de bella y redonda sonoridad, arco ágil y afinación generalmente precisa, que sabe delinear el canto desde su instrumento (el Stradivarius “Archinto” de 1689) con exquisita sensibilidad y elegancia, matizando con variedad y anchura dinámica. Brilló su gran musicalidad en todo el concierto, pero de forma muy especial en el segundo movimiento (Langsam, lento), donde el encanto melódico alcanza quizá su mejor momento, especialmente en el diálogo del solista con el primer violonchelo de la orquesta. Diálogo que nos llegó con grandeza y encanto expresivo y con bella sonoridad por parte de ambos. Los movimientos extremos tuvieron la efusión y luminosidad apropiadas, siempre en el ambiente lírico antes apuntado. Ferrández lució una excelente articulación en el tiempo final, y Orozco-Estrada ofreció un acompañamiento bien ajustado y cuidado en la expresión. Cosechó Ferrández otro gran éxito en esta nueva comparecencia, y regaló una interpretación sensible, aunque un tanto impregnada de romanticismo (y por tanto alejada de las pautas históricamente informadas) de la Sarabande de la Primera suite de J.S. Bach.

La segunda parte estaba ocupada por la Quinta Sinfonía de Chaikovski, que los aficionados de la capital han podido escuchar hasta tres veces en las últimas semanas (Sinfónica de Madrid/Gimeno, Filarmónica de Munich/Shani y la que se comenta). Obra redonda, magníficamente construida en su carácter cíclico, con ese motivo que inicialmente parece un tanto ominoso y que retorna una y otra vez, con diverso carácter, a lo largo de toda la obra, hasta alcanzar el carácter jubilosamente triunfal en el tramo final. Música de belleza y carga emotiva incuestionable, que requiere, eso sí, una buena orquesta para hacerle justicia y una batuta que sepa extraer toda la sensibilidad, pero también todo el voltaje que hay en ella. Sentimiento sin sensiblería, con respeto para las múltiples inflexiones de tempo con las que Chaikovski inunda la partitura, como modo para generar tensiones y pasiones, arrebatos y sosiegos.
Orozco-Estrada ha demostrado ser maestro de buen control de esos aspectos, y lo confirmó esta vez. Tuvo la serenidad de detenerse y comenzar de nuevo cuando el criminal del móvil (que últimamente es ubicuo y hace horas extraordinarias) irrumpió en el mismo comienzo de la sinfonía. Cabe imaginar que los muy justificados juramentos irían por dentro. Silenciado el artilugio, llegaron con excelencia matices y reguladores en el comienzo de la obra, con muy buena contribución del clarinete solista. Tuvo buena energía, pero sin crispar ni excederse, el allegro con anima, con el grado justo de urgencia, apenas excedido en el final de alguna frase, repentinamente acelerado. Todo el primer movimiento quedó muy bien construido, también en el tramo final, aunque quizá los matices más extremos (pp y ppp) pudieran haber alcanzado más afilada delgadez, mayor sutileza.
Pudo esta haberse alcanzado también en un andante cantabile bien dibujado. El solista de trompa salvó, matizando con acierto, el comprometido solo inicial, aunque luego no siempre consiguió la redondez de este comienzo. Sí la demostró, sin embargo, una sección de cuerda bien ajustada y, como apunta Chaikovski, con passione en el retorno del motivo principal junto al oboe. Elegante, con buen tempo y excelente rubato, el vals, aunque en los pasajes más rápidos la articulación de la cuerda pudo haber tenido algún punto más de precisión. El cuarto tiempo se inició por Orozco-Estrada en attacca, con un carácter adecuadamente solemne en su inicio (andante maestoso) y una muy convincente mezcla de energía y urgencia en el allegro vivace siguiente. Construyó muy bien el maestro colombiano este movimiento, incluyendo un clímax de alta intensidad. Pudo, eso sí, haber conseguido más tensión ensanchando algo el comienzo del moderato assai e molto maestoso antes del trepidante final. Tal vez ensanchar ese comienzo hubiera aumentado la tensión. En todo caso, la coda llegó con tremenda energía y electrizante vibración.
La orquesta de la WDR evidenció una clase muy notable. Fue la cuerda quizá la familia más redonda, con una sonoridad poderosa y llena, muy bien ajustada, y con una gran agilidad de articulación, que apenas llegó a su límite en algún momento de la máxima exigencia. Notable, aunque no excepcional, sección de maderas, en la que destacaron especialmente clarinetes y oboes. Metales especialmente compactos en cuanto a trompetas, trombones y tuba, no tanto (aun siendo notables en todo caso) en la de trompas.
Fácil adivinar que, con obra tan conocida y brillante, y más si se brinda en una interpretación notable, el éxito va a ser de los grandes. Lo fue, claro está, en esta ocasión, y tras reconocer a solistas y familias instrumentales su contribución, Orozco-Estrada anunció que iban a ofrecer como propina la sexta de las Diez Melodías Vascas de Guridi, titulada Amorosa. Declaró el maestro que la obra le gusta mucho, lo que no es de extrañar, porque es preciosa. Y hermosa resultó, en verdad, una vez más en la batuta del colombiano y en la admirable respuesta de la orquesta de Colonia. Posiblemente, además, le permitió recordar a Orozco-Estrada su época como titular de la Sinfónica de Euskadi (2009-13).
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín)


