MADRID / De nuevo, a la vida

MADRID / De nuevo, a la vida

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 29-IX-2020. XXV Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Pierre-Laurent Aimard, piano. Obras de Beethoven.

El retorno postrero de la fuga, ahora invertida, que cierra la Sonata op. 110, está presidido por una indicación muy especial, que no se refiere al tempo, y que resulta inhabitual en la dirección expresiva, porque no habla de “expresivo” o de “con mucho sentimiento” o “apasionado” o, como en el principio de la obra, pide “amabilidad”. No. El Beethoven que sufría en el periodo 1821-22 serios problemas de salud, preludio siniestro de la progresión final de la enfermedad hepática que le mataría pocos años después, apuntaba en esa ascensión final de la fuga una suerte de rebelión vital ante el agravamiento de su salud. Y lo hacía con una indicación que habla por si sola: “Poi a poi di nuovo vivente(Poco a poco de nuevo viviente).

Precisamente me referí a esta sonata hace unos meses desde mi blog personal, en un largo artículo escrito en plena apoteosis de la pandemia y en la cima del asfixiante confinamiento, comentando que hay en ella un ambiente de intemporalidad y una rara cohesión quizá derivada de un diseño casi narrativo, rapsódico, que nos lleva por tantas sensaciones que el ser humano experimenta con especial intensidad en tiempos, como estos, de gran zozobra: dolor, sufrimiento, desconcierto, tristeza, incertidumbre, angustia, miedo… y también anhelo, esperanza y exaltación vital. Y todo esto último alumbra especialmente ese retorno final de la fuga que es un canto triunfal a una vida que Beethoven deseaba seguir viviendo, aunque la sentía escaparse.

Por eso, tras tantos meses de forzado silencio, pareció especialmente afortunada la elección de la Sonata op. 110 para el ansiado retorno del XXV Ciclo de Grandes Intérpretes. La música, el piano, el gran Beethoven, volvían al auditorio ofreciendo al público el alivio del espíritu que siempre proporciona la música del genial sordo. Alivio… y sacudida. Porque ese pianista extraordinario que es Pierre-Laurente Aimard, que tan bien se entendió con otro amante de resaltar debidamente el temperamento beethoveniano, como era el inolvidable Nikolaus Harnoncourt, ofrecía, después de la citada penúltima sonata, la monumental, visionaria y apabullante Hammerklavier.

La atmósfera, primero. El firmante, que asistía ayer al primer concierto en siete meses, lo hacía con una rara mezcla de sensaciones. Había en mí alguna inquietud, ya saben: locales cerrados, tiempo de exposición… pero confiaba en el plan de aforo que habían preparado desde la Fundación, y que se desarrolló (para necesario y conveniente aprendizaje de algún temerario insensato, ya se imaginan a quien me refiero), con exquisita perfección, agrupando a aquellos espectadores que podían ser agrupados por convivientes, y separando a aquellos que, como el que suscribe, asistíamos solos. Eso es hacer las cosas bien. Impecable además el comportamiento del público. Tuve la ocasión de comprobar el hecho insólito de no escuchar una sola tos en todo el concierto. Si la hubo, desde luego no ocurrió en mi proximidad. El concierto, como todos los que se desarrollan en el auditorio, tuvo lugar sin descanso, aunque se ofrecieron hasta cuatro “pares” de bises, como luego explicaré.

Aimard, con mascarilla en el tránsito desde bastidores al piano, pero retirándosela para la ejecución, y con partituras en el atril (nuestro compañero Nacho Castellanos de improvisado pero efectivo pasa-páginas), puso sobre la mesa desde el principio ese pianismo sin concesiones que le caracteriza. Intenso, variado, rotundo en muchas ocasiones (así en buena parte del final de la Hammerklavier o en la precitada fuga final de la op. 110, de arrebatada y temperamental exaltación), pero también maestro en unas pausas y silencios de rara elocuencia y en un dibujo narrativo exquisito, dotado de un acertado aroma de libertad en el canto (primer tiempo de la precitada op. 110, adagio de la misma, el monumental, desgarrador adagio sostenuto de la Hammerklavier) y, por supuesto, de gran claridad en el dibujo contrapuntístico (las dos fugas de la op. 110 y la tremenda que preside el final de la Hammerklavier). Pero Aimard, que tan bien se mueve (como luego demostró) en las aguas de Ligeti o Messiaen, resaltó también, con intencionada crudeza, el lado más visionario y moderno del músico de Bonn. De ahí que esa tremenda op. 106, la que iba a dar tanto que hablar a los pianistas (y sigue haciéndolo) nos llegara con todo el halo de anticipación futura que le rodea, incluida la violencia temperamental que encierra en algunos pasajes del primer movimiento y del futurista último.

Quería más el hambriento público, que aplaudió al pianista francés con más calor que el esperable en tan enmascarado ambiente. A esas alturas la audiencia estaba ya hecha a la incomodidad de la mascarilla y a la rareza de la separación física, que en el fondo tranquilizaba, aunque fuera una tranquilidad también algo dolorosa. Y Aimard, con fino humor, diseñó cuatro parejas de bises, a base de Bagatelas de Beethoven (las op. 19 nº 11 y 2, op. 119 nº 3 y op. 33 nº 7) y una selección de la Musica ricercata de Ligeti (nº 7,3, 4 y 10), presentadas por parejas que conectaban divinamente. Aimard lució aquí su versión más elegante y sonriente, y el público gozó de la misma en grande.

El curso de la velada fue pues, también pensado con inteligencia. El inicio marcó ese retorno a la vida tras el largo y angustiado silencio, el final nos llevó a un futuro contundente, pero con gran dramatismo en la Hammerklavier, y los bises consiguieron traer la sonrisa que tanto necesitamos. En el ambiente sobrevolaba el temor de un nuevo confinamiento, pero en el momento de redactar estas líneas no parece que algunas CCAA estén por la labor de aceptar el criterio del Ministerio de Sanidad, así que… veremos.