MADRID / Cuarteto Emerson: emotivo adiós desde la sabiduría

Madrid. Auditorio Nacional (Sala de cámara). 10-III-2022. Liceo de cámara XXI del CNDM. Cuarteto Emerson. Obras de Beethoven y Schubert.
No es frecuente escuchar, en el mismo programa, obras de tanta intensidad como el op. 131 de Beethoven, uno de los últimos en salir de su pluma, y el D. 810 de Schubert, “La muerte y la doncella”, también postrero y de un dramatismo estremecedor. Lo es más hacerlo en un concierto que tiene todos los tintes de ser el adiós del Cuarteto Emerson al público madrileño, dado que, tras más de cuarenta años de actividad, el conjunto ha anunciado su disolución en 2023 y lleva a cabo, desde el otoño pasado, una suerte de gira de despedida.
El cuarteto americano, formado inicialmente en el seno de la Juilliard School en los 70, ha mantenido la misma composición con el único cambio del violonchelista David Finckel por Paul Watkins hace nueve años. Los violinistas Eugene Drucker (1952) y Philip Setzer (1951) y el violista Lawrence Dutton (1954) se han mantenido en el cuarteto desde su fundación. El Emerson tiene una trayectoria larga e ilustre, cuenta con numerosos galardones (nueve Grammys, incluyendo dos al mejor álbum de clásica del año, tres premios Gramophone y un premio Avery Fisher, entre otros), y una amplia discografía que recoge integrales de Beethoven, Brahms, Mendelssohn, Shostakovich y Bartók o álbumes con los principales cuartetos de Haydn, Mozart, Schubert y Dvorák. No parece discutible su privilegiada posición entre los cuartetos de cuerda más celebrados de los últimos treinta o cuarenta años.
Nos recuerda oportunamente Luis Gago, en sus obligadamente escuetas pero oportunas notas, que el op. 131 de Beethoven es, un cuarteto de dimensiones tan amplias como libre en su arquitectura y visionario en su perspectiva, desplegada en siete movimientos, de desigual duración, eso sí, con algunos bien amplios (cuarto, las variaciones que constituyen el verdadero centro de gravedad de la obra) y otros (tercero, sexto) muy breves, que empiezan, sin concesiones a la galería, con una fuga planteada desde la, en cierto modo, inesperada delicadeza del Adagio ma non troppo e molto espressivo, para culminar en ese vibrante, contundente Allegro final.
Dice también con acierto Gago que La muerte y la doncella es una obra desaforada. Lo es sin duda, porque su desgarrado dramatismo no concede respiro alguno. También diríamos que, en alguna medida, es una obra schubertiana atípica. Como lo es, en otro ámbito (el pianístico) la Wanderer, cuya continua y a menudo desatada trepidación no conoce parangón en el catálogo pianístico schubertiano. En ambas, hay un lied en el origen de su escritura. Y en ambas, el movimiento lento, donde se alberga la raíz de esa canción, ejerce como centro.
Como cabe esperar en una formación tan veterana, lo que el Emerson presenta en su interpretación se mueve en los parámetros más tradicionales. No hay, en su acercamiento a Beethoven y Schubert, atisbo de comunión con lo históricamente informado, que puede representar hoy en día formaciones como el Chiaroscuro, o de cierta proximidad con ello, como puede ocurrir con el Casals. Pero el Emerson siempre fue un cuarteto de sólido criterio en la construcción del discurso, desde la sensibilidad musical y el respeto a lo escrito. Su Beethoven tal vez no tuvo la eléctrica adrenalina de la inolvidable del Alban Berg, pero era toda una garantía de consistencia musical. En su momento, también lo era de exquisita perfección en la ejecución.
Fue el Emerson uno de los primeros (hoy es algo habitual en muchos otros) cuartetos en que los violines alternan sus posiciones. Unos (el mencionado Casals, por ejemplo) lo hacen en función de repertorio o periodo. Otros, como el caso del Emerson, simplemente por la propia decisión de sus componentes en función de la obra concreta. Ayer, Philip Setzer ejerció de primer violín en Beethoven, y Eugene Drucker lo hizo en Schubert. Apunté antes que el Emerson era, en su mejor momento, un cuarteto de exquisita perfección ejecutora. Lo que ayer escuchamos fue testimonio patente de ese clásico dicho de “quien tuvo, retuvo”, porque, en lo musical, el nivel mantuvo la extraordinaria altura a que el cuarteto estadounidense nos tiene acostumbrados, aunque en materia ejecutora, la redondez no es ya la de antaño.
Disfrutamos, a lo largo de toda la velada, de un buen equilibrio, notable empaste y exquisita sensibilidad, ya desde el contenido pero finalmente emotivo Adagio beethoveniano inicial, con el contrapunto nítidamente expuesto. Tuvieron sabia construcción igualmente las variaciones del cuarto movimiento, Andante ma non troppo e molto cantabile, elegante y sensible el canto, en el que quizá solo sobró algún portamento en el discurso de Setzer. Especialmente atractivo el pasaje de dicho movimiento marcado Adagio ma non troppo e semplice. Enérgico, sin concesiones, contundente, el Allegro final. Si la ejecución no fue lo perfecta que era antaño, es algo que se notó especialmente en los dos violines, que generaron bella sonoridad (más Drucker que Setzer) pero no resultaron siempre precisos en cuanto a entonación, materia en la que ambas partituras someten a los intérpretes a complicada exigencia y evidente exposición.
Pareció más redonda la interpretación schubertiana, donde ya el primer movimiento (sin la repetición de su primera mitad) tuvo notable intensidad y envidiable efusividad en el canto. Quizá influyó en ello el sonido más cálido desplegado por Drucker. El Andante con moto, el verdadero centro de gravedad de la partitura, llegó con riqueza expresiva y muy notable prestación del chelista Watkins en el tramo final del movimiento. Tuvo más energía que precisión el Scherzo, sobre todo por parte de Drucker, y en el Presto final no hubo conservadurismo alguno: el Emerson lo planteó sin dudar como la trepidante culminación del carácter desaforado que apuntaba Gago. Arrolladora, de contagiosa incandescencia, aunque de nuevo no del todo redonda en su precisión, la coda en Prestissimo.
Efectivamente, quien tuvo, retuvo, y no cabe duda de que el Emerson está formado por cuatro grandes músicos, tres de ellos verdaderos arquitectos de una labor extraordinaria durante décadas, que ahora se encuentra próxima a su lógico final. El éxito fue comprensiblemente grande, y el regalo llegó en forma de coral bachiano: Wenn wir in höchsten Nöten sein BWV 668, presentado por Drucker en un buen castellano “con la intención de que sirva de himno de paz”. Pocos (si es que hay alguno) apóstoles musicales mejores que el Cantor hay, sin duda, para tan noble y deseada causa. En resumen, emotiva y preciosa velada de despedida para este gran Cuarteto, con dos de las más intensas y emocionantes partituras del repertorio, servidas con toda la sabiduría musical atesorada durante tantos años por este gran Cuarteto que ha sido el Emerson.
Rafael Ortega Basagoiti
(Foto: Rafa Martín – CNDM)


