MADRID / Cuarteto Bozzini, gritos y susurros inauguran el ciclo VANG

Madrid. CentroCentro. 28-II-2026. Cuarteto Bozzini. Obras de Frey y Niblock.
Estamos en un tiempo artístico en el que lo discursivo tantas veces opaca lo puramente artístico. Por eso un concierto como el planteado por el canadiense Cuarteto Bozzini en la inauguración del octavo ciclo VANG, Músicas en vanguardia, que se desarrolla en CentroCentro tenía mucho de sano ejercicio estrictamente auditivo. Lo formulado por los comisarios Víctor Barceló y Sergio Luque se circunscribía a un sencillo esquema de opuestos: la levedad de la música de Jürg Frey (1953) frente a la apisonadora sónica de Phill Niblock (1933-2024). Y es de este modo que el concierto funcionó con un espíritu provocador que, seguramente, no había sido invocado.
Hubo mucho de ambiente de festival, de celebración de esa VANGuardia a la que alude nada veladamente el ciclo, en la heterodoxia de la audición presentada; también en la sola presencia de los Bozzini, una formación que se prodiga muy poco en España y que pertenece a la más sobresaliente estirpe de cuartetos de cuerda especializados en lo contemporáneo, así lo atestigua su larga trayectoria y sus grabaciones, que van de Tom Johnson a James Tenney, de Éliane Radigue a Steve Reich, etc. Quizás incluso ellos mismos sorprendidos por la audacia del programa sugerido se enfrentaron en el Auditorio de CentroCentro a una partitura bellísima pero empeñada en discutir con las condiciones acústicas de la sala en la que se daba. Cualquier mínimo crujido, el más sutil de los ruidos torpedeó la escucha del Cuarteto de cuerdas nº 2 de Jürg Frey. Una música que aborrece de la idea de clímax y que, sencillamente, pasa susurrada ante nuestros oídos. Los silencios que la puntean tienen una precisión rítmica, forman parte del material estructural, de la concepción de la arquitectura de la pieza.

El compositor suizo extrema la influencia de Morton Feldman y la lleva a un lugar de frío ascetismo, contagiado por la contemplación de las serenas y deshabitadas pinturas de Agnes Martin. Con frases largas y un rango de dinámicas muy circunscrito al pianissimo, los Bozzini enfatizaron el sonido a madera, a resina; y optaron por agigantar los valores largos de las notas. Escrito con notación convencional, Frey no busca una sensación de mecido, de vaivén, prioriza el estatismo y, sin embargo, los músicos optaron por unos ataques no tan firmes de las notas; con una presión algo inestable en ocasiones en el inicio de las frases. Por el contrario, acertaron plenamente en las parcas musitaciones que debían hacer, confundidas con el sonido de los arcos, generando pareidolias sonoras de gran atractivo.
Estamos convencidos de que Phill Niblock habría pedido a los Bozzini un volumen mucho mayor de la cinta para la interpretación de su Baobab (también una mayor duración, una exposición del material más dilatado). Fiel a su provocadora formulación —“No melody, no harmony, no shit”— la pieza plantea un masivo drone en el que un cuarteto de cuerdas en directo añade su sonar a una grabación electrónica en el que ese mismo cuarteto ha registrado varias decenas de tomas superpuestas, una sucesión de capas que busca una inmersión física en la música como objeto más escultórico que estructurado. En la versión interpretada, el Cuarteto Bozzini se adentró en este bloque sonoro compacto y granítico, una masa casi mineral que parecía sostener el tiempo mismo, con una estasis radical que envolvía al auditorio. Quedó en el debe la posibilidad alucinógena de que, ante nuestros oídos, prendieran los batimentos acústicos, las vibraciones internas que aparecen por el choque entre frecuencias y que son más advertibles cuando los decibelios atronan.
Ismael G. Cabral
(fotos: CentroCentro)


