MADRID / Conmovedora ‘Segunda’ de Mahler por Currentzis, MusicAeterna y el Coro Ibercámera

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Ciclo “La Filarmónica”. 26-III-2025. MusicAeterna. Coro Ibercámera (Directora: Mireia Barrera). Sophia Tsygankova, soprano. Maria Barakova, contralto. Director: Teodor Currentzis. Mahler: Sinfonía nº 2 “Resurrección”.
Quizá no anticipaba Mahler, cuando unos años antes Hans von Bülow rechazó abiertamente su Totenfeier (que luego sería, sin mucha alteración, el primer movimiento de su Segunda Sinfonía; las palabras de Bülow no dejaban lugar a dudas: “Si lo que acabo de oír es música, no entiendo nada de música. […] Comparado con esto, Tristán es una sinfonía de Haydn”) que sería en las honras fúnebres del propio Bülow, en 1894, cuando encontraría la chispa de inspiración para el último movimiento de la sinfonía que había empezado a gestar en 1888. Nos lo cuenta Henry-Louis de La Grange en las palabras del propio Mahler: “Cuando Bülow murió, asistí a su servicio fúnebre. El estado de ánimo en que me encontraba, pensando en el difunto, correspondía exactamente al de la obra que me preocupaba sin descanso. En un momento dado, el coro entonó la oda de Klopstock ‘Resurrección’. Fue como un relámpago, y todo se hizo claro en mi cabeza”). Aquellas palabras finales añadidas por Mahler, “Yo moriré para vivir” son el resumen de la triunfal, incontenible exaltación de la sobrecogedora culminación de esta obra monumental. Y, como señala Pérez de Arteaga en su estupendo libro sobre el compositor bohemio, eran palabras que tenían cierta concomitancia con aquella otra frase suya: “Mi tiempo aún está por llegar”.
El propio Mahler había apuntado palabras precisas sobre la idea que preside ese colosal himno final de resurrección. Nos lo cuenta el citado de la Grange: “… no hay Juicio, no hay pecadores, no hay justos –no hay grandes ni humildes– no hay castigos ni recompensas. Un glorioso sentido del amor nos penetra con el conocimiento de sabernos salvados”. En la suerte de “programa” sugerido por Mahler, según señala de la Grange, viajamos desde el entierro del héroe (en el primer movimiento) hasta la triunfal resurrección en el último, tras haber experimentado momentos de felicidad (segundo movimiento), el espíritu de la incredulidad y la negación (tercero) y las palabras conmovedoras de la fe (cuarto).
Mahler se mueve a menudo, como siempre recordaba Bernstein, en los extremos. Hay intérpretes que los limitan, otros que los resaltan. Currentzis es, sin duda, de estos últimos. Pero su aproximación, el cuidado de los mínimos detalles, es reveladora de muchos aspectos de su forma de trabajar. La primera evidencia, también en el concierto que se comenta, es que tiene una idea meridianamente clara de lo que quiere en todos los términos: estructura, sonoridad, expresión, tensión interna, transiciones, balance… todo. La segunda es que sabe perfectamente cómo conseguirlo. Y en ese conocimiento del métier reside buena parte de su éxito. Como decía Boulez, hay directores que saben lo que quieren transmitir y no saben transmitirlo. A otros les pasa lo contrario, transmiten muy bien, pero no tienen materia para transmitir. Currentzis tiene ambas cosas: sabe qué quiere y cómo conseguirlo. Y ese cómo se basa en un trabajo de ensayos de precisión quirúrgica. Es como si siguiera aquella máxima de Celibidache: un ensayo bueno consiste en decir mil veces que no y una que sí. Método que, claro está, en los tiempos que corren solo es posible si uno cuenta, como es el caso, con una orquesta propia y puede ensayar cuanto le venga en gana, sin los límites rácanos que se llevan hoy en día y que tanto limitan las posibilidades de directores y orquestas para exprimir en su medida justa el jugo último de las partituras. Manera amable de decir que cuando se ensaya poco y por encima lo probable es disfrutar de faenas de aliño, aseadas y correctas (incluso impecables) pero sin la enjundia que un trabajo más reposado y detallado podría conseguir.
Otro ingrediente esencial en esa consecución del objetivo es la propia personalidad, carismática donde las haya, del maestro greco-ruso, que antes siquiera de empezar ya tiene a músicos y público en el bolsillo. Hay excepciones, claro está, y Currentzis tiene sus detractores, pero es difícil resistirse al aura magnética de este director, porque la intensidad, la tremenda tensión interna que transmite, nos gana a casi todos desde el principio, como a los músicos. Ningún detalle es ajeno a esa suerte de secuestro emocional que ejerce casi sin que nos demos cuenta. No lo es el hecho de prescindir de podio (su espigada estatura permite que sea visible por todos) o de tener los primeros atriles literalmente pegados al suyo. Tampoco su propia gestualidad, exagerada, teatral, desmelenada y, para muchos, poco estética, pero de una eficacia incuestionable como elemento que arrastra a los músicos como quien ejerce una hipnosis o una comunicación telepática con una capacidad persuasiva de la que es imposible escapar.
Sí, Currentzis es también iconoclasta, alejado de convenciones, exagerado en sus movimientos desgarbados, como también en el énfasis de algunos acentos o en el dibujo de algunos contrastes muy teatrales. Pero quien firma estas líneas acaba, tras ver sus interpretaciones una y otra vez, pensando qué bendito sea ese carácter iconoclasta, que bienhalladas sean sus exageraciones y bienvenidas sus teatralidades. Porque la intensidad de la experiencia emocional que se vive con el greco-ruso y su orquesta es, sencillamente, excepcional. De esas que hoy se viven pocas veces, por una sencilla razón: no hay muchos artistas que puedan trabajar con esa minuciosidad, y el producto musical que se nos brinda la mayor parte de las veces puede estar bien hecho, incluso muy bien hecho, pero no tantas veces trasciende a esa otra dimensión de experiencia antes mencionada.
La Segunda de Mahler, como apunté al principio de esta reseña, es obra de alta carga emocional en ese recorrido vital que empieza en la sombría tragedia y termina en el exaltado triunfo de la resurrección. Y, como cabía esperar, Currentzis no evitó la oportunidad de atestar la primera sacudida. El arranque del primer movimiento, con esas ráfagas furibundas de la cuerda grave (que, por lo difícil de la ejecución, no es tan habitual escuchar con perfecto empaste), llegó rotundo, brutal, precisamente ajustado. Un fff de espeluznante efecto para empezar, sobre un inquietante trémolo de la cuerda aguda. Con un sonido poderoso, como si temblara la tierra bajo aquel ataque de violonchelos y contrabajos. Cada matiz, cada inflexión, cada acento se presentaban con la intención adecuada para el propósito de crear una tensión interna a la que era imposible sustraerse. Un viaje a lo más tenebroso y dramático de las tinieblas. Contrastes de enorme efecto y últimos compases realmente aterradores.
Se tomó Currentzis la larga pausa prescrita por Mahler (el compositor prescribió cinco minutos, por considerar que el segundo tiempo suponía un contraste excesivo, hasta inadecuado; de la Grange decía que Mahler abandonó luego esa idea, pero lo cierto es que la indicación en la partitura persiste) antes del inicio del Andante moderato. Y, en efecto, el contraste fue tremendo. Música que llegó con un lirismo encantador, amable, presentada por la cuerda con un sonido primoroso, especialmente hermoso en el núcleo del movimiento, un ländler bellísimo. Un paréntesis catártico de luminosidad.
Nuevo contraste con el Scherzo, iniciado con dos rotundos golpes de timbal, como premonitorios de la suerte de hermanamiento entre lo trágico y lo grotesco (esto muy bien ilustrado por el clarinete en mi bemol y el flautín), con algunos ataques de una furia desatada. Consiguió plenamente Currentzis llevarnos a esa atmósfera ambivalente e inquietante. La contralto Barakova, situada junto a la soprano en el centro de la orquesta, justo delante de la madera, mostró desde el principio del cuarto tiempo una voz de hermoso timbre, con el grado justo de oscuridad en los graves, y con una línea de canto preciosa. Su inicio del Urlicht, con unos solemnes metales en el fondo, fue modélico, muy bien matizado y con exquisita sensibilidad. Estupenda aquí la pequeña orquesta que Mahler prescribe en la lejanía (aquí en el anfiteatro), que consiguió el efecto deseado.
Otro arranque explosivo para abrir el quinto movimiento, pero Currentzis extrajo de nuevo el mejor partido a los contrates, aquí con el inicio susurrado del coro (estupendo, dicho sea de paso) sobre la palabra “resurrección”. Como señalaba en su momento Pérez de Arteaga, el efecto conseguido por Mahler haciendo que el coro exprese esas palabras en pp y que la exaltación se haga esperar, es extraordinario. Magnífica también la soprano Tsygankova.
Construyó el greco-ruso con volcánica incandescencia el apabullante crescendo de la percusión casi inmediatamente antes del Allegro energico, otra vez dibujado con tremenda intensidad. También en este movimiento estuvo excelente el pequeño contingente “en la distancia”. Magistral la transición del più mosso-molto accelerando al langsam poco después, todo un modelo de graduación de la tensión. Repitió excelencia Barakova sobre su inicial O glaube, con un punto adecuado de urgencia y con una sección de violas primorosa. Su canto con el coro sobre las palabras “Prepárate para vivir” fue otro momento espeluznante. Sobrecogió, en fin, el grandioso final, solemne, expandido, decididamente triunfal.
MusicAeterna, como nos tiene acostumbrados, sonó maravillosamente en todas sus familias. Apenas algún mínimo y aislado roce de las trompas no empaña una prestación espectacular, algo que puede extenderse sin reparos al excelente coro Ibercamera y, como se ha apuntado, a las dos solistas vocales. Pero todo el caleidoscopio de emociones sobrecogedoras que Mahler despliega en la monumental partitura requiere una suerte de demiurgo musical que la exponga y transmita con la intensidad y excelencia con la que lo hizo Currentzis ayer. No es eso algo que se experimente todos los días. Lo normal, como nos pasó a muchos ayer, es salir sin palabras. Las que me costó encontrar para intentar describir fielmente lo vivido, otra vez, de la mano de este músico tan controvertido como excepcional, en el más amplio sentido del término. Y si hay que resumir con una sola palabra lo vivido, creo que la más oportuna es: conmovedora.
(foto: Rafa Martín)


