MADRID / Ciclo Shostakovich del Mandelring: una despedida más allá de lo brillante

MADRID / Ciclo Shostakovich del Mandelring: una despedida más allá de lo brillante

Madrid. Círculo de Bellas Artes. 9-V-2021. Círculo de cámara. Cuarteto Mandelring de Berlín. Shostakovich, Cuartetos nº 13, 14 y 15.

El Cuarteto Mandelring dio ayer su último recital de los cuartetos completos compuestos por Shostakovich. Los quince, en secuencia cronológica. Otras agrupaciones los presentaron en su día mediante otra lógica, las lógicas no ya tonales, sino de temperamento, de intensidad dramática o cualquiera de las otras dos o tres intensidades que se pueden detectar en estos cuartetos cargados de electricidad, como algunos poemas y ciertos relatos breves, como imágenes que golpean. Al concluir este espléndido ciclo, se siente que ha habido una lucha no solo por el discurso, sino también por el hecho mismo de la celebración de los conciertos. Este ciclo del Círculo de Bellas Artes (con el patrocinio de la Fundación Montemadrid) resiste, como otros teatros y auditorios, las adversidades de estos tiempos, que acaso no sean duraderas. Y lo ha hecho sin confundir el esfuerzo con la frivolidad o la temeridad. Nadie se ha expuesto al contagio en estos conciertos.

Acaso sea demasiado atrevido afirmar que “no hay lirismo en Shostakovich”. Al oír este concierto final del Manderling en la sala Francisco de Rojas del Círculo de Bellas Artes de Madrid, siente uno que la poética ha cambiado de aspecto; es decir, de contenido. Si no hay lirismo, podemos en cambio, seguir las huellas de la introspección, pero es una introspección desolada; de la calma, pero una calma posterior a la vida, esto es, cuando vives la soledad ante la muerte; o del estupor, si es que el estupor da para una poética (duda retórica, disculpen).

A estas alturas, en este cuarto concierto, parece que todo está dicho, porque el discurso de Shostakovich tiene la misma impronta desde el comienzo de su carrera (y el Primer cuarteto no es de sus inicios); y a medida que pasan los años lo que cambia es el alcance, acaso la trascendencia. Para reseñar un concierto tan bello como el de ayer tenemos que evitar calificativos y descripciones de los otros tres, pero son inevitables sus resonancias.

Quedémonos, en cualquier caso, con unas pinceladas de despedida (y de agradecimiento) al Cuarteto Mandelring: En el Cuarteto nº 13 destacó lo que podríamos denominar el lamento de la viola, un lamento que no es tristeza, sino un quejido expresado por la viola en su extremo agudo (¿estamos ya cerca de la Sonata para viola, obra final, puro testamento?). En el Cuarteto nº 14 nos agita la danza chirriante que es marca del compositor, pero que en este caso eleva lo que acaso es folk a una estilización de agresiones que no celebra ninguno de los festejos que suele evocar la melodía popular, sino el terror grotesco, situación en cuyo despliegue el compositor era maestro. El Mandelring, se diría, trata de evitar el pathos, no le teme miedo el frío. El frío puede ser un componente esencial de un arte poético o una narración. No se trata de distanciamiento (el famoso Verfremdung brechtiano), aunque sea una actitud emparentada en cuanto a interpretación. En el  Cuarteto nº 15, a falta de lirismo, sí tenemos el despliegue de la introspección; es la introspección de un instrumento concreto de los cuatro: pongamos, el violín primero, que invita a otros instrumentos al diálogo, o éstos se adhieren sin invitación, solo por empatía. Pero ese Cuarteto es el más osado, el más atrevido de todo el ciclo.

Así parece demostrarlo el que, tras esa introspección que, tratándose de Shostakovich, nunca conoce la paz, sino la tensión de lo que acecha (luego no es introspección pura, porque a ésta le espera la alteración, que hace imposible el ensimismamiento), le sigan los pasajes finales que van más allá de lo indeciso, que son vacilantes: “estoy perdido”, parece decir (parecen decir), el instrumentista cuando cada uno lanza sus llamadas mediante estridentes notas tenidas, mediante frases inconclusas, mediante balbuceos, el discurso que no es incoherente, sino reflejo del absurdo.

El violonchelista Bernhard Schmidt expresó la satisfacción de todo el cuarteto por haber concluido con bien esta misión que, si no imposible, sí parecía difícil de llevar a cabo cuando comenzó en diciembre de 2020. El público tributó a estas palabras y al cuarteto una ovación muy sentida.