MADRID / Buen cierre beethoveniano de la temporada de la OCNE

Madrid. Auditorio Nacional. 21-VI-2024. Concierto sinfónico 22 de la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Solistas: Sarah Wegener, soprano; Wiebke Lehmkuhl, contralto; Maximilian Schmitt, tenor; Ashley Riches, bajo-barítono. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Director: David Afkham. Beethoven: Missa solemnis en re mayor op 123.
Cierran la temporada de este año los conjuntos nacionales con una obra sinfónico-coral que se encuentra entre las de más complejo desentrañamiento del repertorio: la Missa solemnis de Beethoven. Una clausura que, además, conecta con la apertura, también beethoveniana, de la temporada siguiente, otro plato fuerte: Fidelio, la única ópera del de Bonn, “hija de su dolor”, como la bautizó Otto Klemperer en las notas que acompañaban a su legendaria grabación.
Partitura coetánea de las últimas sonatas pianísticas y de la Novena sinfonía, la Missa solemnis es una obra de gran singularidad. Acierta Arturo Reverter, en opinión de quien esto firma, al afirmar, en sus precisas y muy ilustrativas notas al programa, que es “obra caudalosa, difícil, compleja, irregular, aristada, de una celestial inmensidad”. Hay en esta música una amalgama tan cautivadora y monumental como, en muchos momentos, desconcertante. Encontramos devoción en un Kyrie calmado y petitorio, y aún más en un emotivo, sublimado Benedictus, en el que el solo de violín lleva el espíritu a alturas realmente emocionantes (probablemente el momento de mayor carga emotiva de la obra). Se escuchan exuberantes manifestaciones de júbilo en muchos momentos del Gloria (el vibrante, urgente tramo final, de una exaltación contagiosa) y el Credo (especialmente el Et resurrexit).
Hallamos también momentos de casi angustiado ruego (Qui tollis en el Gloria) o de sereno dolor (Crucifixus en el Credo). Pero hay también sorpresas. Uno espera tal vez un comienzo más jubiloso del Sanctus (como en muchas otras misas), pero aquí la música se presenta lejos de la grandeza, con carácter íntimo, remarcado por el hecho de que el comienzo se encomienda a los solistas. Más calmada, solemne y hasta un punto sombría, como señala Reverter. La exaltación solo llega sobre las palabras Pleni sunt coeli et terra. Y las sombras apuntadas se acentúan en un Agnus Dei en el que la súplica trasciende la mera petición para adquirir un tono de ruego desesperado, desgarrado. El Dona nobis pacem sorprende igualmente. En primer término, porque la relativa calma de su inicio, tras la tensión previa sobre las palabras miserere nobis, es literalmente asaltada por ecos bélicos. Ecos de años de guerras napoleónicas en Europa, que Haydn ya utilizara (con otras guerras en mente) en su Missa in tempore belli, y que, como en ésta, vienen transmitidos por trompetas y timbales.
Pero, en segundo lugar, porque la súplica, nuevamente, se tiñe de angustia. Es una petición, por así decirlo, con su particular cuota de desesperación, incluso su gotita de escepticismo, una especie de ‘creo, pero no del todo”. Beethoven subraya esta parte, como apunta Reverter, con las palabras “Bitte um innern und äussern Frieden” (“Súplica por la paz interior y exterior”). Es muy significativa la reiteración, una vez iniciado ese Dona nobis pacem, de la súplica miserere nobis, como si la angustia previa no hubiera sido apagada, como si la paz no fuera posible sin la misericordia. Todo este fragmento alterna momentos de una calma relativa con ramalazos de cierta trepidación sombría (los ecos militares vuelven) y el final es, efectivamente, algo que queda como una seguridad entre suspendida e incompleta, como una afirmación que, en el fondo, contiene una duda. Casi podría decirse que un interrogante sin respuesta completa.
Señalaba Riccardo Muti, en la entrevista que Pablo L. Rodríguez le realizó para Scherzo cuando el maestro napolitano se decidió (cumplidos los 80) a afrontar esta mezcla compleja, sublime y conmovedora, que la Missa solemnis “requiere una gran experiencia no sólo como artista sino también como persona”. Y sí, esa amalgama que nos emociona, pero también nos desconcierta es, en el fondo, un trasunto de la vida misma, en la que tantas veces las dudas y contradicciones adquieren un peso diferente con la experiencia vital.
Más allá de lo intrincado que el edificio resulta para la batuta, que es muchísimo, la obra es de exigencia máxima para sus participantes, tanto la orquesta como los solistas y el coro. Muy especialmente para este, llevado con reiteración casi inhumana al extremo agudo de sus registros (no contento con alcanzar repetidamente el La agudo, Beethoven alcanza repetidamente el Si inmediatamente por encima) en un esfuerzo que pone a prueba no sólo la capacidad de los cantantes para alcanzarlo, sino la resistencia para mantener el tipo ante la necesidad de llegar a esas cimas una y otra vez, por encima de una orquesta que tampoco ahorra intensidades.
David Afkahm presentó, con una cuerda suficientemente nutrida (14/12/10/6/6), una interpretación generalmente bien armada, con plausible intención expresiva y su bien apreciada sensibilidad artística. Es un estupendo director y un excelente músico. Tempi generalmente bien juzgados, quizá contenidos en algún caso (algunos momentos de Gloria y Credo, especialmente), buena planificación y generalmente ajustada ejecución, con esporádicas y ligeras dudas puntuales en algún ataque (en el inicio del Credo, por ejemplo). Gobernó la singladura con el mando firme y claro que le caracteriza. Consiguió plausible intensidad en la visible exaltación del tramo final del Gloria y los dos fragmentos que en ese sentido son más significativos del Credo, Et resurrexit y Et vitam Venturi saeculi. Aunque el primero posiblemente hubiera conseguido un efecto mayor si la pausa respecto al pasaje que le precede hubiera sido más larga. Quien esto firma, sin embargo, echó de menos una penetración más honda, más impactante, en esas sombras dramáticas que planean por toda la obra. Parecieron cortos, en ese sentido, momentos del Kyrie, otros en el Gloria (el Qui tollis, por ejemplo), y el Credo (Crucifixus especialmente), y tampoco terminó de generarse en toda su amplitud la tensión tremenda que esconde el citado Dona nobis pacem.
Entre los mejores momentos cabe apuntar, además del tramo final del Gloria, el Gratias agimus de este, con muy buena prestación de los solistas y de chelos y violas, el Et incarnatus del Credo y, sobre todo, el Benedictus. Brilló especialmente en este fragmento tan formidable el bello sonido de la concertino Valerie Steenken. La joven germana lució una vez más su exquisita precisión en la afinación, hermosos matices e impecable línea de expresión. El sonido no es de gran presencia, pero tampoco esta música la pide, y lo que consiguió Steenken bien puede considerarse uno de los fragmentos más sobresalientes de la velada.
Sonó muy bien la Nacional en todas sus secciones, con excelente ajuste general, no empañado por los escasos momentos de duda apuntados. En el cuarteto solista cabe recoger la notable prestación de la soprano Wegener, la contralto Lehmkuhl (excelente su miserere nobis en el agnus) y el tenor Schmitt. Tres voces de atractivo timbre, buena presencia y apropiada extensión. Bastante por debajo de este nivel el bajo-barítono Riches, que pareció muy corto de volumen, hasta el punto de que costaba escucharle en los conjuntos. Cuando actuó solo (al principio del Agnus, por ejemplo) tampoco voz y presencia acompañaron para dotar al fragmento del clima sombrío que lo impregna. El coro, en fin, consiguió un ajuste generalmente plausible y salvó dignamente, con denodada entrega, la inclemente tesitura a la que le somete Beethoven. Hay que aplaudir y agradecer el esfuerzo, sin duda, por más que se apreciara alguna tirantez en los tenores y que los apuros de las sopranos, en esas notas despiadadas antes citadas, fueran evidentes.
Interpretación, pues, muy correcta en líneas generales, con momentos puntuales muy logrados, pero que a buen seguro progresará y madurará con el tiempo, porque, como dijimos al principio, no estamos ante una obra en la que se llegue al fondo con facilidad. El éxito fue muy grande (con una obra tan apabullante es difícil que no lo haya, y más si se hace, como así fue, más que correctamente) y todos los intérpretes fueron calurosamente ovacionados, con especial mención para el coro (un clásico) y la concertino Steenken.
Rafael Ortega Basagoiti


