MADRID / Brillo espectacular de la joven Beatrice Rana

MADRID / Brillo espectacular de la joven Beatrice Rana

Madrid. Auditorio Nacional. 12-XI-2019. XXIV Ciclo de Grandes Intérpretes. Beatrice Rana, piano. Obras de Chopin, Albéniz y Stravinsky.

Debutaba la joven italiana Beatrice Rana (Copertino, 1993) en el Ciclo de Grandes Intérpretes, aunque el firmante la había escuchado ya en Madrid, en el ciclo de Ibermúsica, cuando a finales de 2017 ofreció, junto a la Orquesta de Cadaqués, el Concierto nº 9 de Mozart. Se enfrentaba en esta ocasión a un programa de esos que provocan escalofrío a cualquier pianista. Programa exigente donde los haya, iniciado con los 12 Estudios op. 25 de Chopin, para seguir en la segunda parte con el Tercer Cuaderno de Iberia de Albéniz y culminar nada menos que con la endemoniada partitura de los Tres movimientos de Petruchka de Stravinsky. Elogié, con motivo de su anterior visita, y lo reitero ahora con más argumentos, la limpieza y agilidad de su mecanismo, la admirable elegancia de su canto (que en aquella ocasión lució especialmente en el movimiento lento) y la belleza de su sonido. Lamenté también entonces, el exceso de velocidad imprimido al tiempo final mozartiano, que, pese a la felina agilidad de articulación, quedó emborronado en exceso, algo que en alguna ocasión menor ocurrió también ayer.

Entiende la joven italiana que los Estudios de Chopin van más allá de la ejercitación de demandas técnicas concretas, y hace muy bien, porque al final, Chopin nunca prescinde de esa vena que le acerca tanto al belcanto, y si la música de Chopin no canta y no se inserta en ella el rubato justo… simplemente deja de ser Chopin para convertirse en una reproducción mecánica, todo lo brillante que se quiera, pero falta de vida. Y el hecho de que los Estudios contengan demandas técnicas no significa que no contengan música. Puede que en otros compositores sea así. De hecho, lo es, como sabemos bien quienes los hemos padecido estudiándolos. Pero no es el caso de Chopin, cuyos Estudios contienen música extraordinaria, si se le sabe sacar el partido adecuado. Desde el primer estudio quedó en evidencia la belleza de sonido que consigue la italiana, la perfección de su legato, la limpieza de su articulación y el respeto escrupuloso por una gradación cuidadísima de la dinámica, con cada regulador dibujado con atención exquisita. Dinámica que además goza de enorme amplitud, como tuvimos sobrada ocasión de comprobar a lo largo de la tarde.

Quedó también de manifiesto, en ese estudio y en bastantes de los que siguieron, la perfección conseguida en el toque leggiero, que tan a menudo demanda Chopin y que estuvo admirablemente traducido siempre. De cristalina claridad la articulación del segundo estudio, muy vivo el tempo, respondiendo a la indicación Presto, pero dibujado con envidiable rubato y con un cantable precioso en el acompañamiento. Tras la magnífica la sección central del quinto (Più lento, leggiero, tenuto), creo que el ágil impulso del sexto lo podría muy bien haber suscrito el joven Pollini. Intensamente emotivo, extraordinariamente cantado y con una mano izquierda sobresaliente (la que acumula toda la demanda técnica de esta página) el séptimo, rotundo el con fuoco del estudio de octavas (décimo) y la trepidación del penúltimo, reproducido con un nervio envidiable. El veterano Pollini ofreció como propina esta misma página hace meses, pero sus dedos ya están lejos de los que fueron, y probablemente hubiera envidiado la agilidad de su compatriota hoy, la que él mismo poseía en lo más brillante de su carrera. Tremendo, difícil de resistir, el contundente ímpetu del último de la colección.

En conjunto, una magnífica interpretación, que con el tiempo madurará hasta alcanzar más equilibrio en algún tempo, pero que es ya hoy una lectura soberana. A quien esto firma, entre los pianistas jóvenes, solo una grabación de Trifonov en Tel Aviv (2011, puede localizarse en YouTube) le ha producido una impresión similar. Hay que quitarse el sombrero con el coraje de la italiana afrontando una de las partes más comprometidas de Iberia (todavía recuerdo cuando Barenboim decía que Lavapiés era imposible). Es evidente que en la lectura de esta obra tiene aún mucho que ganar en cuanto a frescura, a libertad en el fraseo (que el propio Albéniz pide), pero es ya admirable la claridad y perfección técnica conseguida, y, de nuevo, la anchísima y siempre inteligentemente graduada dinámica, que reproduce fielmente demandas desde pppp hasta fff. Iberia pide, si se me permite la expresión, soltarse más el pelo y acercarse a ella con más determinación para romper barreras. Pero todo llegará, porque lo conseguido es ya más que notable y desde luego es la promesa de algo muy grande.

Quedaba lo mejor, de la mano de una Petruchka (que acaba de grabar en disco) extraordinaria, tan contundente como precisa en el ritmo (¡qué mano izquierda en la Danza rusa inicial!) y, otra vez, de exigencia inverosímil (los tres pentagramas utilizados ya por Albéniz parecen insuficientes y Stravinsky utiliza hasta cuatro en el último movimiento). Sonido más percusivo, sí, pero sin perder jamás la redondez y la belleza. Extraordinaria solidez en la ejecución, de un solo trazo (los tres movimientos literalmente sin respiro) y con una tensión e impacto asombrosos. El público que, por desgracia, apenas mediaba la sala, premió a la joven italiana con una arrolladora y justísima ovación. Rana regaló otro admirable, interiorizado Preludio nº 13 de Chopin, de nuevo exquisito en el canto y el legato. Posteriormente, como ya hiciera hace dos años, tocó la Giga de la Primera partita de Bach. Por desgracia, como entonces, perfectamente ejecutada, pero por completo exagerada en la velocidad y, por ende, distorsionada en el carácter. En todo caso, un magnífico recital de una estupenda joven pianista que, si sigue por este camino, no solo se va a convertir en ilustre heredera de Pollini, Ciani y Benedetti-Michelangeli, sino que nos va a dar grandes ratos de música con mayúsculas. Y, por cierto, sin artificios.

(Foto: Rafa Martín)