MADRID / Brillante Stravinsky de Orozco-Estrada con la Sinfónica SWR

Madrid. Auditorio Nacional. 14-II-2024. Ciclo La Filarmónica. Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart. Director: Andrés Orozco-Estrada. Obras de Beethoven y Stravinsky.
Volvía al ciclo de La Filarmónica la Sinfónica SWR de Stuttgart, formación que nace en el año 2016 por la fusión de la Sinfónica de la Radio de la SWR de Stuttgart y la Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo. La historia de las formaciones originales, sin embargo, se remonta al periodo de la inmediata posguerra, y por una u otra han desfilado como titulares ilustres maestros. La nómina incluye a Rosbaud, Gielen, Cambreling o Roth en Baden-Baden y nada menos que a Celibidache, Prêtre o Marriner en Stuttgart. Entre las batutas invitadas la lista no es menos importante: Herbert Blomstedt, David Zinman, Kent Nagano, Eliahu Inbal o Jakub Hrůša, entre otros.
Desde la temporada 2018/19 el director titular ha sido el grecorruso Teodor Currentzis, y con él hemos podido ver a la formación germana hace un par de años, en un sensacional concierto en el que Antoine Tamestit deslumbró en el Concierto para viola de Widmann y el controvertido director hizo lo propio con una intensa Quinta de Shostakovich. En 2020, apenas unos días antes de que la pandemia diera al traste con todo, pudimos escuchar a orquesta y director un sensacional concierto con Muerte y transfiguración de Strauss y la Primera sinfonía de Mahler. Currentzis, actualmente en plena tormenta contra él por la ligazón de su orquesta historicista, MusicAeterna, con bancos de la Rusia de Putin, está a punto de finalizar su titularidad, y será sustituido a partir de 2025 (aunque hay quien dice que posiblemente antes) por el francés François Xavier Roth.
Para la presente visita de la formación germana el director invitado era el colombiano Andrés Orozco-Estrada (Medellín, 1977), a quien también hemos podido disfrutar en este ciclo, en 2020 con la Sinfónica de la Radio de Frankfurt (un estupendo concierto en el que brillaron especialmente las dos obras de Richard Strauss: Don Juan y la Suite de El caballero de la rosa) y en 2022 con la Sinfónica de Viena, en un monográfico Beethoven que mostró también un magnífico nivel.
El programa del concierto que se comenta, último de la gira que ha llevado a la orquesta por Gerona, Barcelona, Murcia y Valencia, se centraba en dos obras que, desde estéticas bien distantes, se acercan a la naturaleza: la Pastoral de Beethoven y La consagración de la primavera de Stravinsky. Ninguna de las dos necesita, a estas alturas, presentación.
Se acercó Orozco-Estrada a la sinfonía beethoveniana con una plantilla relativamente nutrida de cuerda (12/10/8/6/6, con la curiosidad de dividir la sección de contrabajos a derecha e izquierda, tres a cada lado) y, al contrario de lo que solía hacer en Frankfurt (donde fue titular) sin trompetas ni trompas naturales (en su grabación con esta orquesta, disponible en YouTube, las emplea). Si limitó considerablemente el vibrato de la cuerda, eso sí, y se inclinó por tempi de considerable, pero no desatada vivacidad.
Es Orozco-Estrada maestro de criterio claro, mando firme y decidido y muy hábil constructor de los edificios sinfónicos, para los que el discurso es fluido, intenso, expuesto con absoluta nitidez y clara diferenciación de planos, cuidada belleza de sonido y perfecto manejo de la agógica. Atento igualmente a los detalles, sean estos matices, reguladores, acentos o inflexiones, y también al diálogo, perfectamente dibujado, entre las diferentes secciones de la orquesta.
Con estos mimbres, su acercamiento al Allegro ma non troppo inicial tuvo envidiable ligereza, animación y luminosidad, respondiendo perfectamente a la alegría contenida en el subtítulo del movimiento. Animado también el Andante molto moto (así figura en la edición más utilizada actualmente, la de Jonathan del Mar), muy bien cantado y con un delicioso diálogo en el final de oboe, clarinete y flauta evocando a la codorniz, el cuco y ruiseñor, respectivamente. Tuvo también ligereza y alegría, faltaría más, el tercer tiempo, indicado Allegro, aunque aquí se produjo lo que, para el firmante, resultó más controvertido de la velada.
En un momento de este movimiento (concretamente compases 161-64, Beethoven prescribe sempre più stretto, seguido de un episodio de indudable sabor de danza rústica, indicado a tempo – allegro, pero para el que acelera la indicación de metrónomo. El maestro colombiano respetó escrupulosamente ambas indicaciones, pero tuvo la idea, que el firmante no termina de entender, de acompañar los primeros compases de este episodio con sonoras patadas sobre el podio en la parte fuerte del compás. Lo hizo en las dos ocasiones en que se repite este episodio, por lo que más que pensar en que fue fruto del entusiasmo del momento, hay que pensar que fue una suerte de percusión extra sobreañadida (que tampoco aparece en su mencionada grabación de Frankfurt) de forma intencionada. Francamente, creo que tal adición sobraba, y que si Beethoven (que, si algo era, era atrevido) hubiera querido añadir rusticidad al episodio, lo hubiera hecho sin dudarlo.
Intensa, muy viva, arrolladora la tempestad ilustrada en el cuarto movimiento, y jubilosa, exultante, siempre muy animada, la interpretación del canto pastoral final. La sinfónica de la SWR es una orquesta notable, que no llega al nivel excepcional de las mejores formaciones germanas, pero si demuestra ser una agrupación de calidad, con una cuerda que luce envidiable cohesión y empaste antes que deslumbrante brillantez en su sonido, una madera estupenda (sobresalientes solistas de flauta, oboe y clarinete; estos dos últimos realmente magníficos) y unos metales muy correctos (aunque en la sinfonía las trompas tuvieron algún momento más inseguro). Respondió con indudable entrega y compromiso a la intensa demanda de su director, y bien puede decirse que la interpretación resultó de muy notable belleza e intensidad, aunque al firmante le cuesta digerir ese zapateado extra en el tercer tiempo.

La Consagración es una partitura tan deslumbrante (hoy, porque uno entiende que cuando se estrenó en 1913 el rotundo atrevimiento de su escritura dejara a más de uno en shock) como endiablada y magistral. Deslumbrante en su intensidad, colorido, maestría de orquestación, endiablada para orquesta y maestro, sometidos a un continuo laberinto de ritmos, acentos intensos pero colocados de forma cambiante, y magistral, entre otras muchas cosas, porque parece increíble que Stravinsky consiga una transparencia como la alcanzada con una orquesta tan masiva.
Obra que es también, sin duda, un festín para un maestro de mando tan seguro y rítmicamente tan preciso como el del colombiano. Los ingredientes estaban servidos para que la interpretación fuera de altura, y sin duda lo fue. Muy libre el fraseo inicial del fagot, respondiendo bien a la indicación Lento, tempo rubato, y estupenda la respuesta inmediata de clarinetes y corno inglés. Siempre preciso en su dibujo del ritmo, el colombiano expuso con acierto la Danza de los adolescentes y consiguió extraordinaria intensidad en el Presto del Juego del Rapto, como también en la tremenda, frenética traducción del Juego de las tribus rivales. Apabullante también la Danza de la tierra que concluye la primera parte del ballet. Apropiadamente inquietante, casi siniestra, con misterio, la introducción de la segunda parte, en la que brillaron las trompetas con sordina, muy bien matizadas. Tremendos también momentos como la Glorificación de la elegida o la estremecedora Danza del sacrificio final.
La orquesta respondió con brillantez a la intensa, fogosa y clara demanda de su director. Lucieron todos los solistas de madera, unos metales rotundos, incluyendo unas trompas más afortunadas que en la sinfonía beethoveniana. Poderosísima y muy precisa sección de percusión, y cuerda compacta, ágil y bien cohesionada. El éxito, como cabía esperar tras el alto voltaje de la lectura escuchada, fue muy grande. Tras reconocer con calidez su contribución a todos los solistas y secciones de la orquesta, Orozco-Estrada explicó a la audiencia que iban a ofrecer una propina y que rogaba al público que contuviera unos segundos el aplauso al final de la misma. La propina ofrecida fue la conocida Nimrod, novena de las Variaciones Enigma de Elgar, una música profundamente emotiva que llegó en una interpretación muy correcta, en la que creo, pudo haber más contención del timbal en el tramo final.
Concierto, en todo caso, muy notable en el que el maestro colombiano, dejando aparte el asunto comentado en Beethoven, confirmó su gran clase, al frente de una orquesta de muy apreciable nivel e indiscutible entrega.
Rafael Ortega Basagoiti
(foto: Rafa Martín)


