MADRID / Béatrice Martin eclipsa a Christophe Coin en las Sonatas para viola da gamba y clave de Bach

Madrid. Fundación Juan March. 05-X-2024. Christophe Coin, viola da gamba. Béatrice Martin, clave. Sonatas para viola da gamba y clave de J.S. Bach.
Christophe Coin es un veteranísimo del historicismo musical. Tras la sombra del difunto Anner Bijlsma, fue el violonchelista barroco por excelencia durante los años 80 y 90. A pesar de su nacionalidad francesa, realizó numerosos proyectos en el Reino Unido, con una colaboración bien documentada con Christopher Hogwood. También Italia presenció alguno de sus proyectos más emblemáticos, como su frustrada integral de los conciertos para violonchelo de Vivaldi para la Edición Vivaldi (Naïve), que no pasó del tercer volumen. Nunca ha sido, a pesar de su buen oficio, la viola da gamba el instrumento en que mejor se desempeñó y hoy, con las nuevas hornadas de jóvenes que han mamado el autenticismo desde su infancia, no parece que sea el espectro donde se sitúe mejor.
Béatrice Martin, por su parte, es un músico soberbio, uno de los grandes clavecinistas del último cuarto de siglo. Sin embargo, es el ganador del Concurso Internacional de Clave de Brujas que, con diferencia, menor proyección ha tenido, sea en concierto o en disco. Incomprensiblemente, porque aúna una técnica de solidez roqueña y una sensibilidad musical de primera.
Las tres Sonatas para viola da gamba y clave de Bach no se cuentan entre lo más popular, ni entre lo más lucido de la producción del cantor. Y no es por culpa de la música, que es estupenda, sino por la escritura de la parte de viola. Se ha dicho muchas veces –y, como es frecuente, no deja de ser una verdad a medias– que Bach componía “en abstracto”, sin tener en cuenta el instrumento o la voz destinataria. Sabemos que hay ejemplos por doquier que así lo atestiguan, pasajes literalmente imposibles de ejecutar por un ser humano. En otras ocasiones, este aserto se refiere más bien a la indiferencia de Bach por las posibilidades de un instrumento en particular (algo que jamás podría imputarse a Telemann, como bien resaltó con orgullo). Lo mismo podía componer una pieza para flauta, violín o trompeta. Algo de esto hay en las Sonatas para viola da gamba y clave; por eso la sombra de la transcripción aletea sobre estas partituras, ya que la parte de viola no emplea ninguno de los recursos propios del instrumento: no es una escritura idiomática. Y eso perjudica al ejecutante, que se enfrenta a una música que no le permite extraer del medio sus posibilidades expresivas.
Coin, quien rindió muy bien, quedó eclipsado por una Martin que brilló de forma esplendorosa gracias tanto a sus magníficas cualidades musicales como a una parte, la de clave, lucidísima. Recordemos que aquí Bach sitúa al clave a la par que la viola, como hiciera en las Sonatas para violín y clave. Son auténticos tríos en los que la mano derecha del clave tiene encomendada una parte temáticamente igual de relevante que la viola, siendo la mano izquierda la encargada del bajo acompañante. Y, claro, Bach escribe modélicamente para el teclado. Martin estuvo soberbia a lo largo de las tres piezas compartidas, con una limpieza, un fraseo y una expresividad maravillosas. Como interludio ofreció tres piezas para clave solo de Bach (la Sinfonía en sol menor, BWV 797, el Preludio y fuga en do menor, BWV 847 y la Fantasía en do menor, BWV 906) hechos con una brillantez poco común. La naturalidad se unió al virtuosismo en el preludio, con una exposición y desarrollo de la fuga modélicos y una fantasía en la que hizo gala del dominio de los registros del clave y del stylus phantasticus.
Coin, como ha quedado dicho, estuvo realmente bien, pero era inevitable que quedase a la sombra del clave por las razones indicadas. Se sacó la espina, sin embargo, en un soberbio Adagio en re menor de Carl Friedrich Abel, presentado como interludio, obra en la que pudo –porque así lo dispuso el compositor, célebre intérprete del bajo de viola– hacer uso de los talentos musicales de la viola: múltiples cuerdas, resonancia, silencios, polifonía… se pudo saborear una interpretación a la altura de las posibilidades técnicas y musicales (armónicas, contrapuntísticas, estéticas…) del instrumento, algo que Bacho no permite.
Como siempre, excelente rendimiento de la copia de Ruckers-Taskin debida a Keith Hill prestado para la ocasión por Yago Mahúgo. Y, de obligado reconocimiento, magnífica la acústica de la sala de la Fundación Juan March: de gran limpieza y presencia, pero nada seca. Prefecta, podría decirse.
Javier Sarría Pueyo
(fotos: Archivo Fundación Juan March)


